Ecuador. sábado 16 de diciembre de 2017
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La profecía de la memoria

Joaquín Hernández Alvarado
Guayaquil, Ecuador

José María Pérez Gay murió el domingo pasado en México, D.F. Una amiga lo recuerda en sus seminarios que dictaba en la UNAM y en las conversaciones informales como hombre de un profundo sentido del humor, irónico. Poco se ha reflexionado sobre la estrategia de supervivencia que supone la ironía en los tiempos en que el poder se vuelve totalitario, aplastante, ortodoxo, fastuoso, casi asfixiante y por lo mismo circense, enfatuado, al efecto escénico y por lo mismo a la esquizofrenia como necesidad. “En cualquier época, la oferta de paraísos ha sido siempre menor que la demanda de nuestras necesidades. Esta diferencia, se debe, en primer lugar, a nuestro propósito de vencer a la muerte, de convertirnos en habitantes de la eternidad, o, por lo menos, en seres entregados a una dicha sin límites; en segundo lugar, al reclamo cada vez más sonoro de las diferentes culturas ávidas de incluir paraísos en su historia. Esta confusión histórica ha revelado, sin duda, solo una cosa: ningún paraíso terrenal se ha instaurado en la Tierra, ninguno ha logrado erradicar el mal del mundo…”

Joaquín Hernández Alvarado
Guayaquil, Ecuador


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José María Pérez Gay murió el domingo pasado en México, D.F. Una amiga lo recuerda en sus seminarios que dictaba en la UNAM y en las conversaciones informales como hombre de un profundo sentido del humor, irónico. Poco se ha reflexionado sobre la estrategia de supervivencia que supone la ironía en los tiempos en que el poder se vuelve totalitario, aplastante, ortodoxo, fastuoso, casi asfixiante y por lo mismo circense, enfatuado, al efecto escénico y por lo mismo a la esquizofrenia como necesidad. “En cualquier época, la oferta de paraísos ha sido siempre menor que la demanda de nuestras necesidades. Esta diferencia, se debe, en primer lugar, a nuestro propósito de vencer a la muerte, de convertirnos en habitantes de la eternidad, o, por lo menos, en seres entregados a una dicha sin límites; en segundo lugar, al reclamo cada vez más sonoro de las diferentes culturas ávidas de incluir paraísos en su historia. Esta confusión histórica ha revelado, sin duda, solo una cosa: ningún paraíso terrenal se ha instaurado en la Tierra, ninguno ha logrado erradicar el mal del mundo…”

Mucho se ha hablado de la “devoción” hacia la cultura alemana de Pérez Gay, de su ingenuidad de querer ver y escuchar a Heidegger en persona, de su viaje a los 21 años para ir a estudiar a la Universidad Libre de Berlín sin saber casi alemán, de su intensidad y obsesión por traducir a Thomas Mann, Franz Kafka, Walter Benjamin, Joseph Roth o Elias Canetti entre otros. Pocos han relacionado esta devoción con la parábola de la condición humana que implicó la cultura alemana desde finales del siglo XIX hasta mediados del XX: la relación insondable entre vida y muerte, entre creación y catástrofe, entre belleza y mentira. Y como eco de fondo, la promesa mefistofélica mil veces renovada del ¡nunca morirás!, ¡serás siempre joven!.

Pérez Gay vivió los altibajos de la guerra fría en el mejor observatorio del mundo: en Berlín. Pero en la universidad donde estudiaba coincidían jóvenes de todos los países latinoamericanos a quienes unía el zeitgeist de los años 60: la inminencia de la revolución, el grado cero desde el que la vida humana iba a iniciarse. En su grandiosa novela “Tu nombre en el silencio”, Pérez Gay cuenta de los avatares de tres jóvenes estudiantes, un mexicano, un colombiano y un brasileño que se transforman en los días cálidos previos a las revoluciones estudiantes europeas del 68 y que regresan a sus países a tratar de encontrar las claves de su vida.

“Cuídate colombiano, no hay Numancia que valga la pena” le dice el mexicano Cardona a su amigo y ex compañero de la universidad berlinesa, el colombiano Alonso Vélez cuando se despiden en el aeropuerto de Managua en julio de 1986 en los días en que Ronald Reagan prácticamente declaraba la guerra contra el gobierno sandinista en el poder. Vélez se aferra a los delirios de la izquierda de los sesenta. Cardona le advierte: el sentido de la historia no está en ninguna parte. De mayo de 1968 algo había que aprender: “Creíamos que el mundo era nuevo, porque nosotros éramos nuevos en el mundo”.

* El texto de Joaquín Hernández ha sido publicado originalmente en el diario HOY.