Ecuador. viernes 15 de diciembre de 2017
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Amigos de barrio

Juan Jacobo Velasco
Santiago de Chile, Chile

El que ha vivido en un barrio y ha construido amistades allí, sabe que estas se cimientan en la sencillez y la cercanía, condiciones que funcionan como un código genético que se comparte hasta la tumba. La gente se conoce por sus nombres o apodos, se saluda con un afecto especial y refiere con un cariño a prueba de balas a ese lugar común que retrotrae a la infancia y a la adolescencia, edades en las que no existe política, religión, clase social, ni raza que separe. El otro, el amigo de barrio, es un igual. A veces, la vida y eventos inesperados nos permiten descubrir que ese otro es muy distinto en su esencia e historia. Y que los caminos recorridos en la adultez bifurcan los senderos hasta límites insospechados. Pero las primeras palabras y los mismos gestos de antes, devuelven en cada reencuentro ese ángel inconfundible del barrio. Y el milagro se reinstala con su frescura eterna y con la tranquilidad de poder hablar sin poses y con una liviandad siempre bienvenida.

Juan Jacobo Velasco
Santiago de Chile, Chile


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El que ha vivido en un barrio y ha construido amistades allí, sabe que estas se cimientan en la sencillez y la cercanía, condiciones que funcionan como un código genético que se comparte hasta la tumba. La gente se conoce por sus nombres o apodos, se saluda con un afecto especial y refiere con un cariño a prueba de balas a ese lugar común que retrotrae a la infancia y a la adolescencia, edades en las que no existe política, religión, clase social, ni raza que separe. El otro, el amigo de barrio, es un igual. A veces, la vida y eventos inesperados nos permiten descubrir que ese otro es muy distinto en su esencia e historia. Y que los caminos recorridos en la adultez bifurcan los senderos hasta límites insospechados. Pero las primeras palabras y los mismos gestos de antes, devuelven en cada reencuentro ese ángel inconfundible del barrio. Y el milagro se reinstala con su frescura eterna y con la tranquilidad de poder hablar sin poses y con una liviandad siempre bienvenida.

Fue con esa lógica que José Mujica y el Papa Francisco se reunieron este fin de semana. Como dos viejos amigos de un barrio rioplatense. Dos personas que, desde historias y opciones de vida totalmente opuestas –la del líder social, ateo y preso político en dictadura, el uruguayo, la del religioso y obispo, el argentino-, en sus funciones como Presidente de Uruguay y líder del catolicismo, sobrecogen por esa llaneza con que abordan sus tareas y por el ejemplo de vida que cuestiona al poder, incluso ejerciéndolo, cuando ambos han renunciado expresamente a las pompas que les ofrecieran los cargos que han desempeñado. Ni qué decir que los dos comparten una opción preferente por los más pobres que se materializa en su propia sencillez. Ambos abordan, desde miradas y aproximaciones diferentes, la idea de la amistad y la vida de barrio: un espacio común muy latinoamericano que, creo, engloba la idea de igualdad y fraternidad que subyace en el valor compartido por Mujica y el Papa de la justicia social.

La esencia del encuentro y la manera como fue catalogado, me parece valiosa porque ilustra que los objetivos deben tener un correlato con el estilo de vida, y que el barrio, como espacio de encuentro, es el mismo para todos pero se pisa con calzados distintos. Lo que le da forma a la convivencia es el respeto al otro, el reconocimiento de que cada quien es un igual –en su acepción de ser humano desde la mirada secular, o de hijo de Dios desde el catolicismo-, y que prevalece la autorregulación que impide que alguien discrimine o –peor- quiera imponer las reglas del juego al resto. Mujica y el Papa nos regalan un ejemplo de vida que desde su sencillez cotidiana y desde las ideas entendibles para todos nos permiten creer que es posible un mundo distinto, más solidario, justo y abierto. Como en la idea comunitaria del barrio, en donde, a pesar de nuestras diferencias, prevalece la igualdad de la llaneza y la cercanía como un valor inextinguible.

* El texto de Juan Jacobo Velasco ha sido publicado originalmente en el diario HOY.