Ecuador. sábado 16 de diciembre de 2017
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El contreras

Bernardo Tobar
Quito, Ecuador

Hay varios criterios para clasificar por sus opuestos a las personas dentro de grupos, familias, sociedades o países. Siempre hay optimistas y pesimitas, ganadores y derrotados, espirituales y materialistas, los de derechas y los de izquierdas, los que ejecutan y los que se contentan con soñar, los creativos y los críticos. Una categoría de la que se habla poco es la que distingue a los que proponen de los que se oponen, a los que toman riesgos frente a los que se acomodan en el statu quo, a los que inventan un camino o por lo menos se deciden por uno -el que fuere- frente a los contreras.

Bernardo Tobar
Quito, Ecuador


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Hay varios criterios para clasificar por sus opuestos a las personas dentro de grupos, familias, sociedades o países. Siempre hay optimistas y pesimitas, ganadores y derrotados, espirituales y materialistas, los de derechas y los de izquierdas, los que ejecutan y los que se contentan con soñar, los creativos y los críticos. Una categoría de la que se habla poco es la que distingue a los que proponen de los que se oponen, a los que toman riesgos frente a los que se acomodan en el statu quo, a los que inventan un camino o por lo menos se deciden por uno -el que fuere- frente a los contreras. En esta categoría se diferencian en suma, quienes palpan anticipadamente el resultado positivo que imaginan y lo impulsan por sobre los riesgos que supone, frente a quienes permanecen inmóviles o siguen la inercia de la mayoría por miedo a lo desconocido, al fracaso que presuponen sistemáticamente, a cometer errores.

El paradigma del ‘contreras’ es poderoso y difícil de erradicar de la cultura, como toda forma parasitaria de pensamiento. Se instala en edad temprana a pesar de las mejores intenciones paternas, no hagas, no digas, cállate, cuidado te caes -o te pierdes-, así no se hace, ¡cuándo será que aprendes!, son las frases formativas comunes, que aseguran que el crío no se ensucie, no se caiga y no llore comprobando por sí mismo las contingencias de aventurarse más allá de los límites. Pero son frases que también atrofian la natural inclinación infantil a explorar, la alegría de imaginar un mundo de fantasía que importa mucho más que la realidad circundante, el instinto desconfigurado para asimilar las fronteras, los límites y los dogmas que tan artificiosamente se empiezan a imponer con el paso de los años.

Así van los niños transformándose en adultos programados para sentirse cómodos haciendo lo que todo el mundo hace -que es la razón por la cual todo el mundo hace lo que hace, por comodidad-, para moverse en la medianía, para no hacer ruido, para resentirse frente al que se atreve a levantar la cabeza sobre la rasante colectiva, frente al que propone algo, al que traspasa las fronteras. Un ‘contreras’ en maduración progresiva e imparable; los vemos y escuchamos todo el tiempo: así se ha hecho siempre, conmigo no cuentes, no va a funcionar, el éxito es para el vecino, no se puede, no … Es un sistema de creencias socialmente extendido basado en la negación.

Las universidades tienen que hacer un esfuerzo extremo para extirpar el paradigma, pues nada más contraproducente para abrir la mente a verdades desconocidas que la psicología del ‘contreras’, que siempre preferirá el refugio de las verdades absolutas. De hecho si algo describe y resume la esencia de la universidad es la búsqueda, la exploración, la aceptación de que en el universo nada está dicho de manera definitiva y todo está todavía por descubrir. Ni más ni menos que la predisposición original de ese niño que fue perdiendo la fantasía y las alas en el camino, atrofiando su gusto por el riesgo y acomodándose a que alguien más cargue con el error de las decisiones mal tomadas, sin entender que no hay error más costoso que la decisión que no se toma.