Ecuador. martes 12 de diciembre de 2017
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Cosas extraordinarias

Bernardo Tobar
Quito, Ecuador

Leoncio y Tristón, inolvidables personajes de fábula infantil, representaban las dos caras opuestas de la actitud frente al dilema humano: el primero caminaba erguido, jovial, veía al vaso lleno, la oportunidad, y saboreaba de antemano los beneficios de las aventuras que estaba a punto de emprender; el otro ni siquiera percibía el vaso, se vaticinaba toda suerte de infortunios y andaba jorobado bajo el peso de su fracaso hipotético. Leoncio la pasaba en grande, sacando siempre algo de provecho, mientras que Tristón, afianzado en sus sombrías predicciones, terminaba siempre echándole la culpa a su mala suerte.

Bernardo Tobar
Quito, Ecuador


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Leoncio y Tristón, inolvidables personajes de fábula infantil, representaban las dos caras opuestas de la actitud frente al dilema humano: el primero caminaba erguido, jovial, veía al vaso lleno, la oportunidad, y saboreaba de antemano los beneficios de las aventuras que estaba a punto de emprender; el otro ni siquiera percibía el vaso, se vaticinaba toda suerte de infortunios y andaba jorobado bajo el peso de su fracaso hipotético. Leoncio la pasaba en grande, sacando siempre algo de provecho, mientras que Tristón, afianzado en sus sombrías predicciones, terminaba siempre echándole la culpa a su mala suerte.

El resultado, positivo o negativo, no era azar o simple coincidencia con el estado mental de cada protagonista de aquella fábula, sino consecuencia causal, como lo saben los psicólogos y lo han demostrado a lo largo del tiempo los deportistas de élite, los montañistas, los prodigios de la ejecución musical o cualquier ser humano que, ya por fe en su potencial o forzado por las condiciones extremas que amenazan su supervivencia, realiza hazañas, conquista metas impensables, logra objetivos fuera del alcance del común de los mortales. Lo extraordinario en tales personas, sin embargo, no está, como suele creerse, en algún talento natural, en alguna habilidad innata, sino en decisión y método. ¿Cómo, si no, compuso Beethoven luego de perder el oído, o llegó Demóstenes a ser el mejor orador de su época a pesar de los problemas de locución que hacían la burla de sus primeras audiencias o, ya en nuestros días, deslumbra Nicholas McCarthy en sus conciertos de piano con una sola mano?

A nuestro alrededor vemos, con los grados y matices de la complejidad humana, repetirse esta historia todos los días. Gente decidida y confiada que alcanza consistentemente sus objetivos, y gente temerosa, dubitativa, que ve obstáculos y enemigos en todo lado, y fracasa en consecuencia. No es mera coincidencia la relación, estadísticamente demostrable, entre el estado mental de las personas y los resultados que obtienen. En el mundo del deporte, los negocios, la cultura, la familia, no hay persona que alcance consistentemente sus objetivos que no esté convencida de su propia capacidad y de la certeza del éxito, estado psicológico que libera sus mejores recursos y herramientas. Y a la inversa, quienes dudan o se niegan el derecho a fijarse metas elevadas, difícilmente logran otra cosa que un desempeño pobre, que suelen atribuir a obstáculos y fuerzas externas, antes que a sus propios miedos y pensamientos limitantes.

¿Es la educación, el conocimiento académico, el antídoto de este veneno cultural? Aunque indispensable para otros propósitos, el miedo a la libertad, el temor al error, la cortedad de metas, la ignorancia respecto del potencial individual, tienen más que ver con los estilos familiares, con la manera que tienen los padres de conducirse frente a los desafíos de la vida, con su sentido de trascendencia, con la labor que cumplen haciendo crecer en sus hijos el señorío que deben ejercer sobre su propio destino, de modo contrarrestar un entorno cultural que privilegia lo colectivo y la medianía sobre la superación personal.

* El texto de Bernardo Tobar ha sido publicado originalmente en el diario HOY.