Ecuador. sábado 16 de diciembre de 2017
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Brasil, una difícil lectura

Joaquín Hernández Alvarado
Guayaquil, Ecuador

Desde el análisis de Igor Gielow, director del periódico Folha de Sao Paulo, sede Brasilia, pasando por José Natanson, director de Le Monde Diplomatique, edición Cono Sur, Atilio Borón, Boaventura de Sousa Santos y Moisés Naím, para juntar una baraja de comentaristas disparejos entre sí no hay una conclusión fácil, simple, tipo autoayuda, para la lectura de los recientes acontecimientos ocurridos en Brasil y que todavía no terminan.

Joaquín Hernández Alvarado
Guayaquil, Ecuador


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Desde el análisis de Igor Gielow, director del periódico Folha de Sao Paulo, sede Brasilia, pasando por José Natanson, director de Le Monde Diplomatique, edición Cono Sur, Atilio Borón, Boaventura de Sousa Santos y Moisés Naím, para juntar una baraja de comentaristas disparejos entre sí no hay una conclusión fácil, simple, tipo autoayuda, para la lectura de los recientes acontecimientos ocurridos en Brasil y que todavía no terminan. Por ello, “la sorpresa internacional” no pudo ser mayor, como escribió el filósofo portugués de Sousa Santos. Se pueden advertir peligros eso sí, por ejemplo los riesgos para la presidenta Roussef de ser reelecta en 2014, la irrupción de nuevos actores imprevisibles en una política entendida y manejada cupularmente, la mecha apagada pero no destruida que puede volver a encenderse en pleno Mundial de Fútbol, la derrota, -quizá momentánea- del “pan y circo” como estrategia para gobernar, el retorno del “que se vayan todos” de la época del la Presidencia de Fernando Collor de Mello en 1992.

Quizá lo más constatable sea la lejanía de Brasil del resto de América del Sur. No solo cuestión de idioma ni problemas de distancia y acceso. También de diferencia de narrativas sobre la constitución de la nación, del estado y de la sociedad civil. Hasta de conocimiento de novelistas y poetas contemporáneos.

Para Moisés Naím, en El País de Madrid, lo que pasa en Brasil tiene características comunes con lo que sucede en Turquía y antes en Túnez y en Chile. Solo que esas características son negativas: ninguno de los gobiernos de los países nombrados fue capaz de prever lo que venía; las protestas no tienen líderes ni cadenas de mando; los pequeños incidentes se vuelven incontrolablemente grandes; resulta imposible pronosticar las consecuencias. Y una advertencia que se oía ya en la Europa de mayo de 1968: la prosperidad no compra estabilidad.

No por azar, Naím cita nada menos que a Samuel Huntington, un politólogo desaparecido de los rankings de intelectuales a la carte.

Pese a todo, Atilio Borón, es optimista. Lo sucedido marca un nuevo comienzo en Brasil, según analiza en Página 12 el domingo pasado, aunque ello implique la demolición de “una premisa cultivada por la derecha, y asumida también por diversas formaciones de izquierda, comenzando por el PT y siguiendo por sus aliados”. Es la premisa cínica del “pan y circo”, edulcorada con el encanto del realismo de los hechos consumados que exige ciudadanos dopados.

El programa de “Bolsa Familia” aseguraba el pan según el analista argentino; “la Copa del Mundo y su preludio la Copa Confederaciones y luego los Juegos Olímpicos”, “el circo necesario para consolidar la pasividad política de los brasileños”.

Si no se puede prever el futuro de las manifestaciones brasileñas, “su marcha puede acabar con un gobierno que claramente eligió ponerse al servicio del capital”.

En cambio, para Gielow, las concesiones del gobierno federal y de las principales ciudades son una recaída en el populismo, “apoiada por marqueteiros em pánico”.

* El texto de Joaquín Hernández ha sido publicado originalmente en el diario HOY.