Ecuador. domingo 10 de diciembre de 2017
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Cristina Kirchner contra el mundo

Carlos Alberto Montaner
Miami, Estados Unidos

Cristina Fernández no es muy popular en el vecindario latinoamericano. Todavía reverbera el comentario de José Mujica, presidente de los uruguayos, ante un micrófono supuestamente apagado:«Esta vieja es peor que el tuerto». Y luego la acusó de terca. El tuerto, claro, era el difunto Néstor Kirchner, el exmarido en vías de beatificación política por esa extraña costumbre peronista de embalsamar moral y físicamente a los caudillos. (Argentina debe ser el país donde resulta más improbable la posibilidad de «descansar en paz», pese a la milonga que asegura que «morirse es una costumbre que suele tener la gente»).

Carlos Alberto Montaner
Miami, Estados Unidos


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Cristina Fernández no es muy popular en el vecindario latinoamericano. Todavía reverbera el comentario de José Mujica, presidente de los uruguayos, ante un micrófono supuestamente apagado:«Esta vieja es peor que el tuerto». Y luego la acusó de terca.

El tuerto, claro, era el difunto Néstor Kirchner, el exmarido en vías de beatificación política por esa extraña costumbre peronista de embalsamar moral y físicamente a los caudillos. (Argentina debe ser el país donde resulta más improbable la posibilidad de «descansar en paz», pese a la milonga que asegura que «morirse es una costumbre que suele tener la gente»).

Mujica luego trató de arreglar la cosa afirmando que la terquedad es una virtud en un país tan difícil como Argentina, pero para que le perdonaran su indiscreción acabó insultando a 44 millones de vecinos.

La esquiva

Dilma Rousseff tampoco la quiere. Hablan poco y parece que la brasileña la esquiva. Anuncian reuniones que luego se cancelan. Es posible que sea una cuestión de Estado, dado el proteccionismo argentino abominado por los empresarios brasileños –como sugiere el profesor Guillermo Lousteau, presidente del Instituto Interamericano por la Democracia–, pero acaso se trate de un rechazo a la personalidad de CFK.

Dilma es una señora más bien tímida, poco dada a los espectáculos mediáticos, mientras la otra dama tiene algo de mascarón de proa, más preocupada por las normales arrugas de un rostro de 60 años, que por la inflación y el desabastecimiento que comienzan a hundir la economía, como suele ocurrir en ese pobre-gran país periódicamente.

La clase política paraguaya, colorados y liberales (el 80% de los electores), también la detesta, con la excepción de Fernando Lugo, el prolífico expresidente y exobispo, justamente llamado «padre de la patria» por sus conterráneos. No le perdonan las presiones y ataques cuando el Parlamento destituyó a Lugo y el país fue expulsado de Mercosur.

Con los chilenos ocurre otro tanto, aunque Sebastián Piñera y la derecha que gobierna son demasiado educados para tener un choque público. No la quieren, pero no lo manifiestan. Son diplomáticamente amables, que es la versión aceptada de la hipocresía.

En general, los chilenos, incluidos los de la Concertación de centro izquierda, no tienen buena opinión del comportamiento de la clase política peronista, además de que existe una secreta rivalidad por encabezar a los latinoamericanos en el terreno económico. Tradicionalmente, pese a los errores y horrores de la conducción política argentina, la economía de ese país arrojaba el PIB per cápita más alto de la región. Parece que los chilenos han desbancado a Buenos Aires y eso los llena de orgullo e incrementa el menosprecio a los vecinos.

Sí la quieren

¿Quiénes quieren a Cristina y su gobierno en América Latina? En general, el vistoso zoológico del Socialismo del Siglo XXI.

El vecino Evo Morales la ama y a ella le hace mucha gracia el boliviano, tan simpático, tan peludo, siempre con la hoja de coca a flor de labio, como si despertara en su corazón un intenso interés antropológico.

Algo parecido a lo que ocurría con el pintoresco Hugo Chávez. Fue su amigo del alma. Le encantaba el venezolano que gobernó cantando y diciendo cosas sorprendentes y entretenidas, como que el capitalismo y el imperialismo acabaron con la vida en Marte, o que el Pentágono provocó el terremoto de Haití con un arma secreta para apoderarse del pequeño país.

Cristina acudió a La Habana y a Caracas a despedirlo con una devoción casi religiosa, aunque la engañaron y le dijeron que se estaba recuperando, cuando el pobre hombre ensayaba el último acto de su curiosa vida.

Es verdad que Hugo, descuidadamente, hasta que se descubrió, le mandaba maletas llenas de petrodólares para que se reeligiera, y también es cierto que el estilo de Chávez, un caribeño profesional, no casaba muy bien con la elegancia porteña, pero la Casa Rosada bien vale una coima.

Con Washington, en cambio, sus relaciones nunca han sido buenas. Los norteamericanos nunca han entendido a los peronistas, salvo el periodo en que gobernó Menem y ensayaron lo que la cancillería argentina llamaba, peligrosamente, «relaciones carnales».

La verdad es que la Casa Blanca no puede ver al gobierno de Cristina Fernández como una nación prooccidental comprometida con la democracia. Lo impiden las turbias relaciones con Irán y el deliberado olvido de la masacre de la AMIA, cuando unos terroristas al servicio de Teherán realizaron en Buenos Aires el atentado más cruel de la historia de América Latina contra una entidad judía de beneficencia.

Murieron 86 personas, 300 resultaran heridas y el edificio quedó destruido. Cristina Fernández ha tratado de exculpar a los criminales, pese al aluvión de pruebas contra Irán. Eso no se lo perdonan ni los judíos argentinos ni el Estado de Israel.

Digámoslo rápido: la señora no tiene buenos amigos. Ella se ha buscado ese rechazo.

FIRMAS PRESS