Ecuador. lunes 11 de diciembre de 2017
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Eterna juventud

Bernardo Tobar
Quito, Ecuador

Vivimos bajo la ilusión de que matamos el tiempo, cuando es el tiempo el que nos mata. Transcurre otro año más, uno que suma en la infinitud del universo, uno que resta en la finitud de nuestras vidas. Es toda una curiosidad que la humanidad celebre el cambio de año, ¡hurra, somos más viejos!, proceso natural que no estaría mal festejar siempre que, si tanta alegría suscita la creciente distancia entre el nacimiento y el presente -alargamiento inversamente proporcional a la distancia que va quedando entre el presente y el más allá-, no se disfrazara la dicha existencial con todos los artilugios que ofrece la tecnología para ocultar la edad.

Bernardo Tobar
Quito, Ecuador


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Vivimos bajo la ilusión de que matamos el tiempo, cuando es el tiempo el que nos mata. Transcurre otro año más, uno que suma en la infinitud del universo, uno que resta en la finitud de nuestras vidas. Es toda una curiosidad que la humanidad celebre el cambio de año, ¡hurra, somos más viejos!, proceso natural que no estaría mal festejar siempre que, si tanta alegría suscita la creciente distancia entre el nacimiento y el presente -alargamiento inversamente proporcional a la distancia que va quedando entre el presente y el más allá-, no se disfrazara la dicha existencial con todos los artilugios que ofrece la tecnología para ocultar la edad.

Y la edad no solamente se disimula con rellenos sintéticos -u orgánicos, que el propósito es el mismo- entre las grietas de la piel, inyecciones de toxinas botulínicas para templar las arrugas o cirugías en toda regla, de esas que dejan los ojos bien abiertos, congelados como la piel del contorno, inexpresivos, mientras el maxilar forcejea por dibujar una sonrisa o batirse en carcajada, en intento frustrado por estreñimiento facial. Desafiar los procesos naturales tiene su precio, el de la indigestión emocional.

Hay otras formas de falsificar la cédula de identidad, con el beneficio añadido de pasar por saludable y ecológico, como dedicarse súbitamente a la halterofilia, volverse gimnasta, ciclista o trotador a los cuarenta y largos, sacando músculo de flaqueza -o más bien de la grasa-, sometiendo a la inveterada protuberancia abdominal, cuando no reestrenando la adolescencia, pareja alternativa incluida, preferiblemente de alto vuelo a fin de calificar como deportista de élite. Esto último se evidencia por la obsesión de medirse, pesarse y verse al espejo, anotando y difundiendo a quien quiera oírlo las últimas gestas aeróbicas para quemar y expulsar calorías como si se tratara de malos pensamientos en la época de la Inquisición.

Ni por un segundo dudo de las bondades del deporte o de los beneficios de la medicina aplicada responsablemente; simplemente observo la contradicción de quienes pretenden celebrar su cumpleaños cada vez más jóvenes, en rebeldía contra el paso del tiempo. Especialmente quienes han pasado media vida entre el dale que te pego y la sobredosis, se transforman en el umbral que separa la mocedad de la joroba en atletas expertos, modelos de austeridad etílica, consumidores obsesivos de todo lo natural, lo orgánico, lo light, lo zero, lo sin preservativos -que más bien usan para seguir quemando calorías-. Es cierto que los grandes pecadores convertidos suelen ser los religiosos más fanáticos e irreductibles, los de las primeras filas el domingo en misa: es la psicología de la compensación, la misma que seguramente anima a los primeros en cargar sus bicicletas para la aventura del fin de semana. Y como nada es gratis, todo este esfuerzo por hallar la fuente de la eterna juventud consume tiempo valioso, deja miles de páginas sin lectura, horas de conversaciones en el silencio, familiares y amigos esperando.

Muchos creen poder combatir al tiempo. Pero es siempre el tiempo el que nos pasa por encima. A ver si lo disfrutamos sin esconder las canas.

* El texto de Bernardo Tobar ha sido publicado originalmente en el diario HOY.