Ecuador. jueves 14 de diciembre de 2017
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De cronopios y rayuelas

Jesús Ruiz Nestosa
Salamanca, España

“¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua”. Son las primeras líneas de “Rayuela”, la novela de Julio Cortázar (1914-1984) publicada en junio de 1963, vale decir, hace exactamente cincuenta años.

Jesús Ruiz Nestosa
Salamanca, España


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“¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua”. Son las primeras líneas de “Rayuela”, la novela de Julio Cortázar (1914-1984) publicada en junio de 1963, vale decir, hace exactamente cincuenta años.

Si en cambio hubiera escrito aquello de “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero…” nadie hubiera dudado que se trata de las primeras líneas del “Quijote”. ¿Por qué no recordar entonces, de memoria, el inicio de otros libros que nos han marcado la mirada del mundo que nos rodea?

Cortázar fue parte del “boom de la literatura latinoamericana”, pero creo que en realidad no lo fue nunca, ni por su espíritu, ni por su obra, ni por lo que el público esperaba. “Cien años de soledad” de García Márquez fue el pistoletazo de salida de ese “boom”, pero fue también el gesto que torció la literatura latinoamericana, la grande, la verdadera, la profunda, la innovadora. Todo eso fue “Rayuela”, la consumida por ese grupo de “cronopios”, esos seres fantásticos inventados por Cortázar, imposibles de definir pero fáciles de reconocer apenas se nos cruzan en el camino. Este juego fantástico es parte de esos malabarismos que encontramos en toda su literatura.

“Rayuela” no es una novela; es un montón de cosas, o como él mismo la definió: “Es el agujero negro de un enorme embudo, de esos por el que se van preguntas y respuestas”. En una carta de 1958 dice que está escribiendo “una antinovela” y luego corregirá: “una contranovela”. Luego agrega: “Es un resumen de muchos deseos, de muchas nociones, de muchas esperanzas y también, por qué no, de muchos fracasos”. Dividida en tres partes: “Del lado de allá”, “Del lado de acá” y “De otros lados”, ofrece la posibilidad de múltiples lecturas. La habitual: ir desde el primer capítulo al último. Luego hay sugerencias del propio autor, mezclando el orden de los capítulos e incluso saltándose algunos. Pero hasta esta propuesta es parte de ese sentido lúdico de toda su obra y la constante huida de solemnidades y prejuicios. En su libro: “La vuelta al día en 80 mundos” hay un capítulo con el diseño del mueble ideal para leer “Rayuela”, con varios cajones donde ir poniendo los capítulos y ordenándolos de acuerdo a los deseos del lector.

“Rayuela” apareció en un momento crucial como tantas otras cosas que convirtieron en crucial ese momento, como lo fue “Rayuela”. Cinco años antes del Mayo del 68; fue también la década de Woodstock, los Beatles, Vietnam, la lucha por los derechos civiles en los Estados Unidos, los Rolling Stones, Martin Luther King, Malcolm X, Janis Joplin, Bob Dylan y paro de contar no porque haya agotado la lista sino porque la lista puede terminar agotando a los demás. Era una época en que se discutía con fervor sobre el compromiso del artista con la revolución, con el cambio, con la necesidad de dinamitar la sociedad burguesa. Se escribieron miles de libros según las normas dictadas por “lo políticamente correcto” y nada cambió. Ni siquiera la mala literatura que estaban haciendo. Sin embargo, “Rayuela”, un libro en el que no existe una sola palabra, una sola insinuación, una mera sugerencia que se pudiera considerar de adoctrinamiento, logró dinamitar esa literatura “hecha con corbata y esmoquin” que aborrecía y puso el mundo patas para arriba para que comenzáramos a ver la realidad desde otro punto de vista, no el suyo, el nuestro que por eso fue concebido así este libro.

Cuentan que Cortázar fue a ver “Blow-up” (M. Antonioni, 1966) basada en su cuento “Las babas del diablo” y dijo que al terminar la película, tuvo la sensación de que por encima de la pantalla vio a un cronopio que le guiñaba un ojo. Así es como nos sentimos todavía, al releer, cincuenta años después, aquel libro que nos deslumbró cuando éramos un poco más que adolescentes.

* Jesús Ruiz Nestosa es periodista paraguayo. Su texto ha sido publicado originalmente en el diario ABC, de Paraguay.