Ecuador. jueves 14 de diciembre de 2017
  • Seguir en Facebook
  • Seguir en Twitter
  • Seguir en Google+
  • Seguir en YouTube
  • Seguir en Instagram
  • Seguir en LinkedIn

Juntos venceremos

Jesús Ruiz Nestosa
Salamanca, España

La voz de la mujer, acompañada nada más que de su guitarra, se levantó sobre la multitud y cantó: “We shall overcome” (“Venceremos”), y el millón de personas (algunos dicen que eran 300.000) que llenaban el “mall” de Washington, ese largo parque sobre el que se articula la ciudad, coreó la canción, repitiendo la frase, tal como es la letra original: “Venceremos algún día / y en lo profundo de mi corazón creo / que venceremos algún día”. A su lado, un hombre negro cantaba con ella, respetuosamente, y al finalizar la canción, con el convencimiento que algún día vencerían, se dirigió a la multitud y dijo simplemente: “Yo tengo un sueño”. Ella era Joan Báez. Él, Martin Luther King.

Jesús Ruiz Nestosa
Salamanca, España


Publicidad

La voz de la mujer, acompañada nada más que de su guitarra, se levantó sobre la multitud y cantó: “We shall overcome” (“Venceremos”), y el millón de personas (algunos dicen que eran 300.000) que llenaban el “mall” de Washington, ese largo parque sobre el que se articula la ciudad, coreó la canción, repitiendo la frase, tal como es la letra original: “Venceremos algún día / y en lo profundo de mi corazón creo / que venceremos algún día”. A su lado, un hombre negro cantaba con ella, respetuosamente, y al finalizar la canción, con el convencimiento que algún día vencerían, se dirigió a la multitud y dijo simplemente: “Yo tengo un sueño”. Ella era Joan Báez. Él, Martin Luther King.

El miércoles 28, se cumplirán 50 años de aquel sueño y del discurso que quizá sea el más representativo del siglo XX y el que mejor ilustra una lucha de más de dos siglos: la de los negros por obtener la completa igualdad. “Sueño –dijo– que un día esta nación se levantará para convertir en realidad el verdadero significado de su credo: ‘Mantenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas, que todos los hombres son creados iguales’ [de la Constitución de los Estados Unidos]. Sueño que un día en las rojas colinas de Georgia los hijos de antiguos esclavos y los hijos de los antiguos amos serán capaces de sentarse juntos a la mesa de la hermandad. Sueño que mis cuatro hijos pequeños vivirán un día en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel. Sueño que un día el estado de Alabama se convierta en un sitio donde los niños negros puedan unir sus manos con las de los niños blancos y caminar unidos, como hermanos y hermanas”.

Gente de todos los Estados Unidos habían acudido para escuchar el “sueño” de Martin Luther King, que era el de todos ellos. Había negros y blancos. Las fotografías de entonces recrean el momento: una mujer rubia abrazada a un joven negro; tomándose por los hombros cantan; otros llevan el ritmo con las manos: “Caminaremos tomados de la mano algún día / y en lo profundo de mi corazón creo / que venceremos algún día”.

Fue un acto cívico, un acto religioso, un acto político, o, más que un acto, una experiencia en la que en medio de un silencio solemne la gente escuchó a aquel hombre soñador que tuvo la fuerza de convocarlos y que acudieran en tal número. No era fácil. Se temían graves disturbios, por lo que se movilizaron 5.900 policías que ocuparon las calles de Washington mientras 4.000 soldados y marines, en sus cuarteles, estaban alertas para acudir si fuera necesario. Pero la muchedumbre fue de una conducta ejemplar. También Bob Dylan tenía algo que decirles: “¿Cuántos años debe existir una montaña antes de que el mar la arrase? / ¿Cuántos años debe alguna gente existir antes de que le permitan ser libre? / ¿Cuántas veces puede un hombre volver la cabeza y simular que simplemente no ve? / La respuesta, amigo, está flotando en el viento, / la respuesta está flotando en el viento”.

El hombre que alentó a Luther King a organizar aquella marcha, el presidente John F. Kennedy, no pudo ver el cumplimiento de esos sueños ya que tres meses más tarde, el 22 de noviembre, era asesinado en las calles de Dallas. Luther King, cinco años más tarde, el 4 de abril de 1968, era asesinado con un disparo en la cabeza en Memphis, Tennessee.

Pocos recuerdan que así culminaba una historia que comenzó el 1 de diciembre de 1955, cuando una mujer negra de 42 años, de Montgomery, Alabama, agotada por el trabajo, subió a un autobús y se sentó en un sitio reservado para los blancos. Como se negó a dejar el lugar, fue arrestada por la policía que le impuso una multa de 14 dólares. Se llamaba Rosa Parks y su caso llegó a oídos de un pastor negro, poco conocido, que, indignado por el hecho, resolvió llamar a un boicot al transporte público. Su nombre: Martin Luther King, y logró que 30.000 negros no utilizaran los autobuses durante 382 días, forzando de este modo a que se eliminara la segregación en tales vehículos. Hubo gente que debía caminar hasta nueve kilómetros por día. Al preguntarles cómo se sentían, respondieron: “Mis pies cansados. Pero mi alma liberada”.

Cuentan que cuando Harriette Stowe, autora de “La cabaña del tío Tom”, conoció a Lincoln, en 1862, durante la Guerra Civil, el Presidente le dijo: “Así que tú eres la pequeña mujer [medía 1,50 m] que escribió el libro que inició esta gran guerra”. Quizá ella no conocía la canción “Venceremos”, pero terminó haciéndose realidad.

* Jesús Ruiz Nestosa es periodista paraguayo. Su texto ha sido publicado originalmente en el diario ABC Color, de Paraguay.