Ecuador. lunes 11 de diciembre de 2017
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Homo no sapiens

Bernardo Tobar Carrión
Quito, Ecuador

Luego de algún artículo sobre la maternidad light, dedicado a las mujeres de gimnasio, silicona y dieta regeneris, me impedía el balance dejar más tiempo sin elogiar los esfuerzos de muchos padres por estar cada vez más saludables, lucir más jóvenes y poder mirarse nuevamente la punta de los pies, que habían quedado ocultos bajo las acumulaciones adiposas de la región media, inevitable sucedáneo de una vida sin emociones y de tantos domingos de fútbol y cerveza. Me inspiró además un tipo al que no veía muchos años, que por entonces ya acusaba prematura calvicie, que me saludó hace poco luciendo melena y nueva esposa. Es que pasado ese umbral psicológico y temporal a partir del cual el hombre empieza a sentir que ha hecho poco y que no le queda mucho tiempo –lo contrario del joven que funge de exitoso y fantasea haber logrado mucho, tener toda la vida por delante-, parece que la obsesión por lo nuevo ya no tiene límites y lo mismo se estrenan coches que esposas, propias o ajenas, o implantes.

Bernardo Tobar Carrión
Quito, Ecuador


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Luego de algún artículo sobre la maternidad light, dedicado a las mujeres de gimnasio, silicona y dieta regeneris, me impedía el balance dejar más tiempo sin elogiar los esfuerzos de muchos padres por estar cada vez más saludables, lucir más jóvenes y poder mirarse nuevamente la punta de los pies, que habían quedado ocultos bajo las acumulaciones adiposas de la región media, inevitable sucedáneo de una vida sin emociones y de tantos domingos de fútbol y cerveza. Me inspiró además un tipo al que no veía muchos años, que por entonces ya acusaba prematura calvicie, que me saludó hace poco luciendo melena y nueva esposa. Es que pasado ese umbral psicológico y temporal a partir del cual el hombre empieza a sentir que ha hecho poco y que no le queda mucho tiempo –lo contrario del joven que funge de exitoso y fantasea haber logrado mucho, tener toda la vida por delante-, parece que la obsesión por lo nuevo ya no tiene límites y lo mismo se estrenan coches que esposas, propias o ajenas, o implantes.

Tal cual, implantes, que los cirujanos plásticos tienen clientes de uno y otro sexo, al igual que los manicuristas, estilistas y tocólogos, porque eso de eliminar arrugas, templar papadas, levantar alguna zona deprimida o echar el exceso de grasa a punta de bisturí, no es solamente cosa de señoritas o de hombres que quieren serlo, sino también de machos muy verticales y a la moda, deportistas advenedizos si hace falta. En el vestir parece imponerse en crecientes círculos la sutil confusión de papeles, con mujeres luciendo corbata, pelo corto y mirada de adolescente rebelde, con ojos hundidos, maquillaje de muerto viviente y cuerpos en huesos –y llaman “diseñadores” a los responsables de semejante crimen estético, putos promotores de la anorexia-, y hombres con pantalones apretados y camisas escotadas a lo Sandro.

Son padres sin ataduras o con vínculos coyunturales, con un vanguardista –léase nulo- sentido del compromiso, término que espanta a nuestra valiente y generosa sociedad adulta, de cuyo ejemplo maman los críos de hoy. Luego nos sorprendemos que la nueva camada arroje menos esposos y más iconoclastas en plan alternativo, aunque no podemos quejarnos de tanto quinceañero simpático, adelantado y prudente, como lo demuestran los preservativos en la billetera. Padres muy bacanes, liberados y al día, y también a la noche, porque sería muy egoísta, con tanta experiencia a cuestas y la pinta reempacada de universitario, privar de compañía tan promisoria a los tugurios nocturnos, mundos de sombras con presas y depredadores, donde pueden sentirse nuevamente conquistadores o al menos imaginarse que lo son, aunque con el peso del otoño y ya sin el estímulo del amor, infalible afrodisíaco, hayan de recurrir a los segundos y fálicos usos de las píldoras para la hipertensión. En el plano de los resultados y para evitar la especulación inútil, habrá que dejar a las mujeres opinar si los hombres con pretensión de galanes reestrenados les provocan más risa y conmiseración que cosquilleos húmedos en la bisectriz.