Ecuador. lunes 18 de diciembre de 2017
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Chinanízate

Juan Jacobo Velasco
Santiago de Chile, Chile

Así como el Yasunízate fue la voz de venta internacional y local del proyecto de preservación del patrimonio ecológico, una especie de credencial que nos presentaba al mundo y a nuestro pueblo como un país conservacionista e innovador, el Chinanízate pareciera ser la voz de la real politik que ha imperado tras bastidores en el proyecto de la revolución ciudadana. Si algo ha caracterizado al modelo de desarrollo de nuestro principal socio económico y financiero, ha sido la alta demanda de materias primas y recursos naturales en todo el planeta, lo que a su vez generó por una década un boom en el precio de estos commodities y una burbuja de riqueza en los países productores, como el Ecuador.

Juan Jacobo Velasco
Santiago de Chile, Chile


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Así como el Yasunízate fue la voz de venta internacional y local del proyecto de preservación del patrimonio ecológico, una especie de credencial que nos presentaba al mundo y a nuestro pueblo como un país conservacionista e innovador, el Chinanízate pareciera ser la voz de la real politik que ha imperado tras bastidores en el proyecto de la revolución ciudadana. Si algo ha caracterizado al modelo de desarrollo de nuestro principal socio económico y financiero, ha sido la alta demanda de materias primas y recursos naturales en todo el planeta, lo que a su vez generó por una década un boom en el precio de estos commodities y una burbuja de riqueza en los países productores, como el Ecuador.

La relación entre alta demanda-boom de precios-rentabilidad de yacimientos provocó una locura extractivista solo comparable con la que se observaba en Europa en el siglo XIX, aunque en esta ocasión comandada por la pujanza de la economía china. El gigante asiático no se limita a generar un efecto demanda-precio global, también quiere tomar posesión efectiva de las fuentes de recursos. Su política empezó casa adentro, con una agresiva depredación de yacimientos, fuentes de agua y suelos, provocando no solo el socavamiento de la calidad de sus ríos y llanuras, sino el triste privilegio de tener a sus principales ciudades entre las más contaminadas del orbe. Luego esa lógica se extendió por todo el planeta, formando alianzas con países institucionalmente débiles, especialmente en el África subsahariana, para extraer todo lo que fuera posible del subsuelo. Allí, las empresas chinas son los principales socios y fuentes de contaminación. Y el dinero que fluye en la doble vía (la China como inversor y mercado demandante) y la sempiterna corrupción de gobiernos de impronta dictatorial (como es el caso africano), son la norma que cubre cualquier protesta contra el efecto nocivo del extractivismo.

La China (y la Chinanización) son sinónimos de extractivismopuro, duro y radical en el siglo XXI, exactamente lo opuesto a lo que el Yasunízate decía implicar. De hecho, el publicitado aporte chino a la iniciativa Yasuní fue un cheque que por $20 mil recibiera a fines de 2010 la entonces ministra de Patrimonio, María Fernanda Espinosa, de manos del embajador chino. El hecho (a menos que en carpeta hubiera otro aporte “prometido’) dice mucho tanto de la nula capacidad de nuestro gobierno para hacer copartícipe a nuestro socio más importante de las bondades del proyecto, como del mutuo beneficio de bendecir al  Yasunízate pero apretar las manos por debajo de la mesa en vista del futuro y prometedor negocio de dar el vamos al plan B y a nuestra Chinanización definitiva.

Empero, no es tarde. La conciencia que despertó la iniciativa Yasuní está latente y germinó con potencia. Es el único freno a lo que, en la práctica, se ha tejido sutilmente y sin discusión en este gobierno: el extractivismo que nos acerca a China y nos aleja de nosotros mismos.