Ecuador. martes 12 de diciembre de 2017
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El Yasuní y yo, una inmigrante

Cristina D. Vintimilla
Vancouver, Canadá

Yo vivo lejos del Ecuador. Soy una inmigrante mas. Desde hace dos semanas no duermo bien, me despierto con una ansiedad que me desvela. Solo una idea acompaña esta sintomatología: el Presidente de mi país ha decidido explotar el Yasuní.

Cristina D. Vintimilla
Vancouver, Canadá


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Yo vivo lejos del Ecuador. Soy una inmigrante mas. Desde hace dos semanas no duermo bien, me despierto con una ansiedad que me desvela. Solo una idea acompaña esta sintomatología: el Presidente de mi país ha decidido explotar el Yasuní.

¿Quién soy yo para protestar? A la final he vivido fuera del Ecuador la mayor parte de mi vida, nunca he estado en el Yasuni y muchos nos dicen, a nosotros los inmigrantes, que porque no estamos en el Ecuador no podemos opinar. Y no podemos opinar porque no conocemos y vivimos diariamente la realidad socio-política de nuestro país. Y así, de ciudadanas o ciudadanos que éramos, ahora tenemos que recatarnos a ser esas identidades llamadas “aliens”: no somos ni de aquí, ni de allá, vivimos dislocados, por lo tanto, deberíamos asumir nuestra posición de entes a-políticos.

Sin embargo, aun siendo un alien, legal eso sí, (soy académica en una universidad canadiense) yo no duermo y me invade una ansiedad masiva cada vez que me digo a mi misma: Yasuní.

¿Qué puedo hacer ante tanta impotencia? ¿Me debería limitar a usar todas las plataformas socio-virtuales: Facebook, twitter etc. y simplemente hacer un comentario, aplastar un par de teclecitas y compartir un articulo o darle un “like” a algo que otra persona puso en su muro? Y seguir adelante con mi día. ¿Es esto hacer Patria como diría el Sr. Correa? ¿Es a estos límites a los que mi ser ciudadana debería someterse? Tal vez sí, sobretodo en nuestros tiempos neoliberales donde ser un ciudadano o ciudadana modelo significa ser responsable exclusivamente de uno mismo y no quien se junta a otros (de lejos o cerca) para buscar nuevas posibilidades sociales y políticas.

En mi ser inmigrante yo no puedo salir a las calles de mi país a protestar, no puedo unirme a ustedes para formar una multitud y gritar hasta perder la voz que el Yasuní no se toca. No puedo unirme a ustedes en una marcha pública donde, como ya lo hemos hecho en el pasado, se puedan inventar nuevos rumbos. Entonces, en mis conversaciones conmigo misma, me pregunto: ¿Qué más me queda que esta impotencia? Y hasta me obligo a apaciguarme, busco la obscuridad del conformismo…pero no logro.

Algo profundamente enraizado en mi como mujer, como ecuatoriana, no me da tregua y así me hallo tratando de encontrar una vía, un desahogo para que mi voz—fuerte y profunda de mujer—pero sobretodo de ecuatoriana cuente, se una a la de ustedes y se haga oír.

Y así, en esta búsqueda, mi voz encuentra la escritura. Y eso es lo que me queda: lo que hago en mi vida, aparte de estudiar y enseñar, ósea, escribir. Me queda el poder existir políticamente a través de la escritura, el crear resistencia y llevar mi voz, mi grito, a través de estos signos, hasta allá para juntarme con ustedes, volvernos una multitud y gritar con todo nuestro ser, con toda nuestra capacidad política como ciudadanas y ciudadanos que somos que al Yasuni, a este territorio ancestral, indígena, reserva mundial de la Biósfera y protegido por nuestra constitución (artículos 407 y 57), ¡no se le toca!