Ecuador. sábado 16 de diciembre de 2017
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Colesterol digital

Bernardo Tobar Carrión
Quito, Ecuador

La escena de varias personas que, a pesar de compartir una mesa, atendían en silencio exclusivamente a la pantalla y mensajes de sus teléfonos celulares, me recordó por contraste una animada conversación inmortalizada en una tela de Manet, una tertulia a media luz en un boliche salida del pincel de Toulouse-Lautrec, la representación de una visita de la mano de Kingman, o los clásicos que pintaban gente expresándose, con ángeles si hacía falta conjurar la soledad. Si por siglos el objeto central del arte fue la interacción humana, hoy serían seres sin memoria ni diálogo los que poblarían los lienzos de un pintor costumbrista.

Bernardo Tobar Carrión
Quito, Ecuador


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La escena de varias personas que, a pesar de compartir una mesa, atendían en silencio exclusivamente a la pantalla y mensajes de sus teléfonos celulares, me recordó por contraste una animada conversación inmortalizada en una tela de Manet, una tertulia a media luz en un boliche salida del pincel de Toulouse-Lautrec, la representación de una visita de la mano de Kingman, o los clásicos que pintaban gente expresándose, con ángeles si hacía falta conjurar la soledad. Si por siglos el objeto central del arte fue la interacción humana, hoy serían seres sin memoria ni diálogo los que poblarían los lienzos de un pintor costumbrista.

Es que los aparatos son ahora tan inteligentes que ya no hace falta memorizar un número telefónico, al punto que muchos usuarios de un celular no recuerdan ni el suyo. Este es apenas uno de tantos instrumentos y productos de eso que llaman progreso que han provocado la atrofia neuronal. Los estudiantes ya no necesitan estudio ni preparación dialéctica para dejar a un profesor de imbécil: basta con activar los motores de búsqueda en un aparato conectado al Internet y Google se encarga del resto. Los más serios investigan en Wikipedia. Tampoco aprenden reglas de ortografía, que para eso cuentan con correctores automáticos de texto.

Esas cacas de pajarito, que la jerga de los conectados denomina con aire de modernidad tuits, se han convertido en el material favorito de lectura, disputado apenas por las revistas banales u ocasionalmente por algún best seller de factura literaria inversamente proporcional al éxito de ventas, dándole la razón a Freud en aquello de que el sexo es todo. Reflexionar es ya cosa del pasado; hoy se consume lectura de rápida ingestión, con tanta grasa y veneno intelectual como cualquier comida chatarra. Pero de la dieta espiritual no se preocupa casi nadie.

Los amigos raramente se conocen en la Barra de Juan; hoy se hacen, invitan y reúnen a través de Facebook. Los niños pasan tanto tiempo frente a una pantalla o chateando a golpe de acrónimos, monosílabos e íconos virtuales que sustituyen miradas, tonos de voz, estados de ánimo, que ya no procesan bien la vibración presencial, escabullen las conversaciones y en su aislamiento digital han saturado su cerebro con tantas imágenes e información que poco espacio queda para la imaginación. La única fantasía es el espejismo de una interacción artificiosa, privada del contacto de carne y hueso, a través de eso que lleva la inverosímil etiqueta de red … ¡social!

Esta falsedad de la conectividad –cuya utilidad comercial, política o de comunicación no discuto- ha convertido en pieza de museo a la mesa en torno a la cual se reunía la familia y los amigos verdaderos a reflexionar, a gastarse una broma o contarse una pena, a desnudar constructivamente hipocresías, a transmitir valores, a compartir con los abuelos –hoy cada vez más abandonados en asilos o casas vacías de nietos- a cuestionar dogmas, a vivir compromisos, ingredientes del crecimiento humano que no hacen parte de la dieta digital. Más bien el hombre se ha convertido en alimento de una red infernal de computadoras interconectadas, en inventario del rebaño digital.