Ecuador. martes 12 de diciembre de 2017
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El lastre de la naturaleza

Bernardo Tobar Carrión
Quito, Ecuador

Alemania no tiene cacao, pero es uno de los principales exportadores de chocolate y derivados de esta materia prima. En Seattle no hay plantas de café, pero es la base de Starbucks, la compañía que ha hecho de las tiendas de café un éxito mundial. Porque en el costo de una taza de café en un local “de marca” apenas 1% paga el grano, 4%, la logística –puntos más o menos-; lo demás compensa la experiencia generada en torno a intangibles, a ideas que no crecen en los árboles ni se extraen del subsuelo.

Bernardo Tobar Carrión
Quito, Ecuador


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Alemania no tiene cacao, pero es uno de los principales exportadores de chocolate y derivados de esta materia prima. En Seattle no hay plantas de café, pero es la base de Starbucks, la compañía que ha hecho de las tiendas de café un éxito mundial. Porque en el costo de una taza de café en un local “de marca” apenas 1% paga el grano, 4%, la logística –puntos más o menos-; lo demás compensa la experiencia generada en torno a intangibles, a ideas que no crecen en los árboles ni se extraen del subsuelo.

Lo mismo puede decirse del hierro y otros minerales y materias primas respecto del precio final de un iPad fabricado en China, pero cuyo beneficio se queda en su mayor parte en Silicon Valley; o de un vehículo japonés, de un reloj suizo o de un plato de sushi en Nueva York hecho con atún ecuatoriano y soya argentina. Los primeros seguirán siendo, con independencia del volumen del PIB, los países con espíritu emprendedor y educación de tanta calidad que la exportan –porque si la tienen, dominarán la alta gama en la cadena de agregación de valor-; y las sociedades más pobres continuarán siendo, a pesar de los precios históricos de ciertas materias primas, las que apuestan por estas.

En alguna ocasión comenté que un norteamericano que maneja una tienda-taller de venta de sombreros con base en Chicago, compra personalmente en Cuenca y Montecristi tejido de paja –el mejor del mundo según su opinión-, para darle forma y acabados en su taller y vender al público un producto entre 10 y 30 veces el precio del tejido. Los sombreros están tan bien terminados y responden a un estudio tan prolijo de su diseño como ícono de época -donde radica la propuesta de valor empresarial-, que transforma un tejido “genérico” en un producto de propósito específico. Productores de películas históricas y taquilleras tocan a sus artistas con productos de esta tienda de Illinois. Algo parecido sucede con la hoja de tabaco ecuatoriana, que se emplea en la capa externa y más aromática de varios de los cigarros más caros de la marca Davidoff.

La riqueza no está en las dádivas de la naturaleza; está en la capacidad de generar ideas para el bienestar de las personas y en el liderazgo y en la gestión necesarios para transformarlas en realidades. Es una combinación de actitud, de estado mental, y de conocimiento, cualidades que estadísticamente florecen más en regiones privadas de recursos, por efecto de la ley natural de las compensaciones. No es que la abundancia de patrimonio natural sea una maldición por el destino que le de un gobierno a los recursos, aspecto que es apenas consecuencia de una causa más profunda: el paradigma de dependencia que se enquista en la idiosincrasia.

El dilema Yasuní, planteado en términos de costo en patrimonio natural versus beneficio en renta petrolera no ha hecho más que profundizar este paradigma pernicioso. La naturaleza como objeto de culto resulta una proposición tan parasitaria como la dependencia petrolera: ambas tesis impiden evolucionar hacia una cultura convencida del valor del corazón y el cerebro de cada persona, antes que del patrimonio de la biodiversidad o del subsuelo.

* Publicado originalmente en el diario HOY.