Ecuador. sábado 16 de diciembre de 2017
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Una palabra. No una palabrota

Jesús Ruiz Nestosa
Salamanca, España

Con la historia de que el castellano es una lengua dinámica, se quiere justificar con molesta insistencia espantosos “estilicidios” inventando palabras que no existen, como la que acabo de escribir: “estilicidio”, como el hecho de matar a alguien, en este caso algo, sin que concurran circunstancias de alevosía o ensañamiento. Pues sí, no me he ensañado con el idioma, sino simplemente describir como se ensañan con él y se quiere esconder así una supina ignorancia.

Jesús Ruiz Nestosa
Salamanca, España


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Con la historia de que el castellano es una lengua dinámica, se quiere justificar con molesta insistencia espantosos “estilicidios” inventando palabras que no existen, como la que acabo de escribir: “estilicidio”, como el hecho de matar a alguien, en este caso algo, sin que concurran circunstancias de alevosía o ensañamiento. Pues sí, no me he ensañado con el idioma, sino simplemente describir como se ensañan con él y se quiere esconder así una supina ignorancia.

Claro que el castellano es una lengua dinámica, como lo son todas las que se hablan en este momento alrededor del mundo, desde el inglés hasta lo que hablan los bosquimanos. Pero ello no quiere decir que deban soportar, todas ellas, incluido el castellano, el primer disparate que se nos ocurre. Entonces acusamos a la Real Academia de dictatorial porque no incluye en el diccionario de mañana la palabra que inventamos hoy. ¿Se acuerda alguien, hoy, de la palabra “petitero”? Y estoy seguro de que si no hubiese sido por la canción de Maneco Galeano hoy nadie sabría lo que significa “chuchi”. Así de dinámico es el lenguaje que hablamos cotidianamente.

Se acaba de celebrar en Panamá el VI Congreso Internacional de la Lengua Española, en la que participaron más de doscientos especialistas en el tema para hablar sobre lo que pasa y, sobre todo, lo que puede pasar con esta lengua que es hablada hoy por 500 millones de personas. Como una manera de adherirse a la reunión, el diario español “El País” pidió a 20 escritores del mundo hispanoparlante, incluidos los Estados Unidos, que dieran el pie “para crear un Atlas sonoro de las palabras más autóctonas del español”. En su edición del domingo se dieron a conocer tales palabras. Las propuestas, a mi juicio, algunas fueron decepcionantes y otras estimulantes. Entre estas últimas, la de Paraguay. El escritor paraguayo José Pérez Reyes, a quien lamento no conocer, propuso la palabra “curuvica”, y la explicó así: “De origen guaraní con sufijo español, se trata del pequeñísimo fragmento resultante de la trituración de algún material sólido. Como un párrafo desprendido de una obra. Viene al caso porque los escritores, por ejemplo, juntamos palabras como curuvicas y de esa suma de restos sale un texto”.

Una clase magistral a la que solo le añadiría el valor casi onomatopéyico de la palabra que, pronunciándola de manera entrecortada, “cu-ru-vi-ca” quien la pronuncia parece estar reproduciendo los minúsculos trozos de vidrio al romperse un vaso.

Ecuador, a través de Gabriela Alemán, recupera una palabra relacionada con nuestra niñez, cuando nos ocupaban a comprar algo al almacén de la esquina y el almacenero nos daba un caramelo de “yapa”. Un concepto que, lastimosamente, se ha perdido. La escritora lo dice: “Algo adicional, un regalo. Cuando tenía 10 años, en todas las panaderías de Quito se daba una yapa a los clientes”. Al sacerdote y musicólogo jesuita Clemente McNaspy, cuando estuvo en Paraguay, le llamó la atención esta palabra, ya que en algunos pueblos de la Louisiana (EE.UU.) existía una palabra muy parecida: “gnape” (léase “ñap”), con el mismo significado.

Y entre las decepciones: un poeta tan extraordinario como el argentino Juan Gelman propuso la palabra “boludo”. ¿Será que en esta Argentina de los Kirchner y los Boudou la cultura que se produce está contenida en la palabra “boludo”? Aquí en España sonará extraña su acepción explicada por Gelman, ya que Boluda es un apellido muy conocido. Aunque por esta deriva también se fue María Eugenia Ramos, de Honduras, que propuso la palabra “pija”, de la que brinda una larguísima explicación y su uso como sustantivo, como verbo y como adjetivo. Cosa que aquí también sonará curiosa, ya que esta palabra carece de cualquier connotación sexual y se la usa para calificar a alguien “chuchi” o “culí”. Un “tío pijo” es aquel que siempre va vestido a la moda y con ropa de marca, que va muy atildado y cuida de su aspecto exterior. Pero el idioma es dinámico; algunos lo enriquecen y otros simplemente lo asesinan.

* El texto de Jesús Ruiz Nestosa ha sido publicado originalmente en ABC Color, de Paraguay.