Ecuador. lunes 18 de diciembre de 2017
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Ciencia y revolución

Juan Jacobo Velasco
Mánchester, Reino Unido

Cuando se comienza a estudiar la historia de la evolución científica en detalle, saltan a la vista dos modelos que han estado muy presentes en el debate filosófico de este proceso. Por una parte, la mirada que se enfoca en lo eminentemente racional, que se aprecia tanto en la postura positivista del Círculo de Viena, como en la aproximación complementaria de Popper, en que el desarrollo científico tiene un proceso inductivo basado en los datos, que luego se analizan para determinar la falsedad o no falsedad de las teorías en aras de una aproximación “a la verdad”. Subyace la creencia de que la ciencia tiene un mecanismo propio de mejoramiento que es totalmente independiente del contexto.

Juan Jacobo Velasco
Mánchester, Reino Unido


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Cuando se comienza a estudiar la historia de la evolución científica en detalle, saltan a la vista dos modelos que han estado muy presentes en el debate filosófico de este proceso. Por una parte, la mirada que se enfoca en lo eminentemente racional, que se aprecia tanto en la postura positivista del Círculo de Viena, como en la aproximación complementaria de Popper, en que el desarrollo científico tiene un proceso inductivo basado en los datos, que luego se analizan para determinar la falsedad o no falsedad de las teorías en aras de una aproximación “a la verdad”. Subyace la creencia de que la ciencia tiene un mecanismo propio de mejoramiento que es totalmente independiente del contexto.

Esta idea fue rebatida durante la segunda mitad del siglo XX, con una visión más arraigada en los aspectos sociales que determinan cómo los modelos (o paradigmas) científicos establecen una mirada que guía el camino de la comunidad científica. Este enfoque analiza cómo dicha comunidad está conformada, cuales son las “verdades” con las cuales los científicos trabajan y cómo, llegado el momento, las anomalías que refutan las verdades se reformulan como un nuevo modelo, impulsado por un “revolucionario” (Darwin, Newton, Einstein), que, con una visión distinta, logra una mejor explicación de la naturaleza, que el modelo anterior no podía resolver bien.

El norteamericano Thomas Kuhn fue quien inspiró esta visión a partir de su libro La estructura de las revoluciones científicas (1962) y tuvo mucho éxito tanto por el periodo en que publicó su texto (revolución cultural) como por lo provocativo de su enfoque. A diferencia de la visión imperante, a través de un estudio histórico detallado observa que el desarrollo científico sí es afectado por los patrones culturales y sociales con los que se conforman las comunidades científicas. Tal como Marx, Kuhn llega a la conclusión que el cambio científico se da a través de un proceso revolucionario de acumulación de conocimiento que, de pronto, gatilla un paradigma nuevo. El norteamericano apunta a que la lucha entre el paradigma nuevo y el viejo es política en el sentido de que los dos procuran ganar adeptos, imponiéndose el sistema más persuasivo. La noción de que este proceso revolucionario implica una mejora se basa en que se produce dentro del marco establecido por el paradigma vigente.

Así, Kuhn puso de relieve la importancia de la sociología de la ciencia, impactando tanto la manera como se concibe el desarrollo científico, como la forma en que se orientan las políticas públicas. No obstante, la discusión que inició abrió una pregunta clave: ¿cómo saber que el cambio es para mejor? Es el mismo problema que plantea el análisis histórico de las revoluciones de todo tipo. Y es la misma pregunta que me surge pensando en nuestra propia revolución, con un paradigma, un revolucionario y una verdad-persona que no admite contradictores. Y, menos, revoluciones científicas.