Ecuador. lunes 18 de diciembre de 2017
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Filosofía del palo encebado

Bernardo Tobar
Quito, Ecuador

A veces dudamos de que exista tal cosa como la identidad nacional, dada la diversidad de la población ecuatoriana, las marcadas diferencias regionales y una historia que se reescribe cada tanto para volver traidores a quienes fueron héroes y viceversa. Una observación de la cotidianidad comprueba, sin embargo, que hay rasgos culturales que hacen parte del ADN patrio. Veamos algunos.

Bernardo Tobar
Quito, Ecuador


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A veces dudamos de que exista tal cosa como la identidad nacional, dada la diversidad de la población ecuatoriana, las marcadas diferencias regionales y una historia que se reescribe cada tanto para volver traidores a quienes fueron héroes y viceversa. Una observación de la cotidianidad comprueba, sin embargo, que hay rasgos culturales que hacen parte del ADN patrio. Veamos algunos.

Héroes y villanos. Santos o traidores. Hasta nos inventamos el título del mejor ecuatoriano -que hasta ahora no me explico por qué no se lo dieron a Julio Jaramillo-. No caben personas con un balance de aciertos y errores; aquí merecen un monumento o el arrastre. No solo en la historia, sino en el día a día de los espectáculos públicos, ya viene el único, el extraordinario, la incomparable, la representación cumbre del año… aunque al mes siguiente vengan otros tantos de quienes se dice exactamente lo mismo. Es la exageración publicitaria en respuesta a la psicología del comprador promedio.

Esta tendencia colectiva a la hipérbole tiene un primo hermano, el abuso del diminutivo, que estropea cuanto nombre de pila se le ponga por delante. Perdoncito, porque no es solo la deformación del nombre propio a guisa de referencia cariñosa, sino una actitud de disculpa, una reminiscencia inconsciente de los códigos coloniales, plagados de dispensas, reverencias, adulo y preámbulos fatuos, en una cadena sucesiva de vasallos y perdonavidas, en la que cada siervo tenía a su vez un grupo de inferiores frente a los cuales desquitarse ostentando alguna parcela de poder. De esa misma fuente histórica nos viene el gusto por el papeleo, los sellos oficiales, el permiso burocrático y las firmas rimbombantes. Mientras más injustificado el trámite, mayor el tiempo que toma y el tamaño de las rúbricas.

Y desde el Carchi al Macará casi todas las vías del país, incluso autovías del primer mundo recién estrenadas, están salpicadas de “chapas acostados”. Su uso es tan extendido que se han convertido en una suerte de símbolo nacional. No hay ciudad, villorrio o recinto que reboce de ecuatorianidad y carezca de uno o varios obstáculos viales, que además de ser ocasión de salto, sobresalto y asalto, se me han colado en el tintero insinuándose evidencia callejera y simple de nuestras más complejas taras culturales.

Se puede prescindir de iglesia, plaza o parque, pero jamás de la reverencia que ofrecen los pasajeros en tránsito vehicular ante la contundencia del chapa dormido. Frente al muro nos igualamos todos, frenamos todos y perdemos todos; es como un gran hueco atravesado en la vía, pero invertido, para transformarlo de trampa a tótem, de carencia a protuberancia, de olvido a recuerdo, de ausencia a presencia, de silencio a grito. El grito de un pueblo que omite la ley y la suple como le da la gana. Es el grito de un pueblo que no cree poder ir a velocidad, y está dispuesto a que nadie más lo haga, lo que da lugar a otra conducta que no se explica con la sola ignorancia de las normas de conducción: la tendencia a desplazarse con parsimonia por el carril izquierdo, estorbando a quienes quieren llevar la delantera. Expresiones viales de la filosofía del palo encebado.