Ecuador. domingo 17 de diciembre de 2017
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Jefes o líderes

Bernardo Tobar
Quito, Ecuador

El jefe está en las antípodas del líder: aquél imparte órdenes, exhibe rango, escalafón, un poder basado en estatuto y diploma, uniforme o medalla que compruebe su estatus; éste, el líder, no precisa de jerarquías, su autoridad no nace de códigos escritos y en lugar de órdenes marca objetivos, señala destinos. El jefe pone límites y las consecuencias para quienes los desbordan; inseguro por naturaleza, prefiere no andar por caminos inexplorados; perfeccionista, está acostumbrado al elogio merced a los logros de su gente; encuentra culpables en los demás, desconfía hasta de su sombra y tiende a elegir mediocres para su entorno, por aquello de que entre ciegos el tuerto es rey. Su espacio es el conflicto, generalmente desatado por la crítica, que la recibe como desafío a su autoridad.

Bernardo Tobar
Quito, Ecuador


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El jefe está en las antípodas del líder: aquél imparte órdenes, exhibe rango, escalafón, un poder basado en estatuto y diploma, uniforme o medalla que compruebe su estatus; éste, el líder, no precisa de jerarquías, su autoridad no nace de códigos escritos y en lugar de órdenes marca objetivos, señala destinos. El jefe pone límites y las consecuencias para quienes los desbordan; inseguro por naturaleza, prefiere no andar por caminos inexplorados; perfeccionista, está acostumbrado al elogio merced a los logros de su gente; encuentra culpables en los demás, desconfía hasta de su sombra y tiende a elegir mediocres para su entorno, por aquello de que entre ciegos el tuerto es rey. Su espacio es el conflicto, generalmente desatado por la crítica, que la recibe como desafío a su autoridad. El jefe, generalmente izquierdo de cerebro –psicológicamente hablando-, tiende a ser escéptico, descreído.

El líder enseña a su equipo que no hay más barreras que las que hemos inventado en nuestro cerebro; en lugar de límites muestra el horizonte y estimula a pensar y actuar fuera de la caja; no pide a los demás que se ganen su confianza, pues la entrega con generosidad desde el inicio y elige un equipo con potencial de superarlo, por aquello de que trabajando con tortugas no es posible elevarse como las águilas. Le atrae el cambio, desbaratar paradigmas, especialmente cuando implica aventurarse por donde nadie más ha caminado; no acepta la palabra problema pues siempre descubre la oportunidad que supone; no busca la perfección –que además no existe- sino más bien la diferenciación; acepta pronto sus errores y carga hasta con las culpas de otros y antes que el brillo personal le interesa realzar a su equipo.

Su espacio no es el conflicto, pues no concibe una victoria que no beneficie de algún modo a todos los sujetos en discordia; lo suyo es la edificación, potenciar lo mejor de los mejores. En tanto al jefe le gusta ser servido, la misión del líder es servir; dotado de gran sensibilidad, aprecia fácilmente los signos sobrenaturales.

Cuidado con la tentación de identificarnos o asociar a alguien con uno de estos caracteres, pues todos llevamos dentro el germen de ambos y en no pocas ocasiones nos dejamos dominar por el jefecillo vanidoso que se agazapa en el subconsciente.

Hoy, que celebramos el nacimiento de Jesucristo, el mayor líder de la Humanidad –hecho histórico aun para quienes elijan desechar la fe-, los padres tienen la oportunidad de transmitir a sus hijos, especialmente a los pequeños que todavía no han sido encajonados en moldes limitantes, uno de los dones más valiosos: la cultura del líder, que no es necesariamente el primero en la clase, ni el que más diplomas colecciona o mayor apego a las normas exhibe, sino el que ve oportunidades donde otros ven obstáculos, el que toma riesgos cuando los padres no los saturamos de miedos, el que es capaz de descubrir lo bueno en los demás y admitir sus errores –si cesa el chismorreo adulto y se dejan de barrer las imperfecciones bajo la alfombra de las conveniencias sociales-, y de hacerlo por amor, con alegría.

Este regalo seguramente les durará toda la vida.