Ecuador. martes 12 de diciembre de 2017
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Promiscuidad normativa

Bernardo Tobar
Quito, Ecuador

En América Latina hay afición extrema por las normas, al menos por crearlas, que no por cumplirlas. Es un círculo vicioso, pues mientras más reglas se interponen entre la vocación natural del ser humano –la libertad- y la posibilidad de traducirla en hechos, mayor la frecuencia con que se las quebrantan.

Bernardo Tobar
Quito, Ecuador


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En América Latina hay afición extrema por las normas, al menos por crearlas, que no por cumplirlas. Es un círculo vicioso, pues mientras más reglas se interponen entre la vocación natural del ser humano –la libertad- y la posibilidad de traducirla en hechos, mayor la frecuencia con que se las quebrantan.

En Ecuador abundan las leyes. Desde siempre –monarquía del Tahuantinsuyo, pasando por interminables cédulas, decretos y venias coloniales hasta la letra chiquita con que los encomenderos sometieron a los campesinos- parece haber una fascinación colectiva por regularlo todo, como si existieran a medias –o no existieran- las situaciones que no encuentran tipología normativa ad-hoc. El caso más patológico está en la vieja Constitución, la de 2008, que ya ronda el promedio histórico de caducidad y anuncia reforma inminente, en la que ellas, presidentas, vicepresidentas, todos, todas y los demás, merecieron vocativo diferenciado.

Es un caso de estudio, con la afirmación del femenino y de los géneros neutros u optativos, por aquello de que el sexo y sus anatómicas herramientas y funciones ya no son necesariamente parte del paquete natural sino elección caprichosa del portador.  No hacía falta tanta casuística convertida en narrativa legal ni tan vulgar estropicio del idioma para defender, si tal era el propósito, la libertad de cada cual para hacer lo que le venga en gana con la entrepierna.

Más éxito y eficiencia en la defensa de los derechos de los individuos y las minorías tienen las legislaciones liberales, entendidas como afirmación contundente de la libertad y referencia mínima a sus manifestaciones, que las que intentan regular a detalle la casuística, por dos razones fundamentales.

Primero por técnica, pues el detalle legal tiende a dejar fuera lo que de otro modo cabría dentro del concepto general; y, segundo y más importante, por filosofía, porque la promiscuidad legislativa termina invadiendo espacios de elección personalísima: tan objetable, por ejemplo, sería la imposición legal de un credo en particular como lo fue la consagración del Ecuador al Sumak Kawsay, que en esencia es un modelo cuasi-religioso de vida colectiva, con la naturaleza como deidad superior.

Esto no es un tema de mayorías o ideologías, sino de respeto a las elecciones personales. Pero como la naturaleza está de moda, nos la impusieron los mismos que se rasgaban vestiduras por el Estado Confesional de García Moreno.

Tenemos, entonces, una revolución cultural pendiente. La de eliminar una  tendencia anacrónica a convertir todo en materia de norma y permiso oficial y pretender cambiar la cultura desde las leyes, cuando nada cambia en éstas si no se transforma aquélla en primer lugar. ¿Por qué, si no, el ecuatoriano promedio, tanto el que omite el paso cebra como el transgresor de semáforos en rojo, necesitado de chapas acostados a pesar de la prisión con que una norma estúpida sanciona la velocidad, estafador de colas en las que irrumpe, rápido con la bocina y lento para circular por el carril izquierdo, por qué, repito, se vuelve fiel cumplidor de normas que apenas conoce tan solo aterrizar en un país que percibe más respetuoso de la ley?