Ecuador. martes 12 de diciembre de 2017
  • Seguir en Facebook
  • Seguir en Twitter
  • Seguir en Google+
  • Seguir en YouTube
  • Seguir en Instagram
  • Seguir en LinkedIn

Remedio peor que la enfermedad

Bernardo Tobar
Quito, Ecuador

A menos que sea una gripe evidente, una cita al médico conduce cuando mínimo a exámenes de sangre seguidos de un cóctel farmacológico y alguna recomendación de dieta, ejercicio o reposo, según el caso. Salvo excepciones, ya no hay espacio para conocer al paciente, medirle el impulso vital además del pulso cardíaco, determinar su perfil emocional además del lipídico e identificar las raíces de trastornos que toman la forma de dolencias físicas. Así terminan tratándose a punta de píldoras síntomas periféricos antes que causas.

Bernardo Tobar
Quito, Ecuador


Publicidad

A menos que sea una gripe evidente, una cita al médico conduce cuando mínimo a exámenes de sangre seguidos de un cóctel farmacológico y alguna recomendación de dieta, ejercicio o reposo, según el caso. Salvo excepciones, ya no hay espacio para conocer al paciente, medirle el impulso vital además del pulso cardíaco, determinar su perfil emocional además del lipídico e identificar las raíces de trastornos que toman la forma de dolencias físicas. Así terminan tratándose a punta de píldoras síntomas periféricos antes que causas.

No es un problema de los médicos solamente, sino de una cultura de salud que se retroalimenta con la comodidad de los pacientes, que prefieren echar mano de una pastilla antes que, por ejemplo, cambiar de hábitos o enfrentar sus miedos, esos que dañan el riñón; o sus tristezas crónicas, las que predisponen el corazón a los infartos; los nervios que afectan la digestión, los rencores y culpas que causan impotencia o el mal genio que golpea al hígado. Es que hay una cápsula para casi todo, al extremo de que se ha inventado una para terminar un día después con la vida de un ser irresponsablemente concebido. La medicina oriental parece entender más la relación entre las emociones, las enfermedades, sus circuitos neurológicos, sus causas profundas y actuar en consecuencia, sin ayudas de boticario. Lo mismo podría decirse de la sabiduría ancestral de algunas comunidades.

Pero quizás la mayor influencia en la visión occidental de salud la ejercen quienes más se benefician de mantener a millones dependiendo de fármacos. Desde hace algún tiempo formé la sospecha –por mera intuición, he de confesar- de que los rangos de ciertos elementos en sangre considerados normales no lo son tanto como dicta el convencionalismo médico.  Habría que ser vegetariano, deportista crónico o seguir el régimen de un fraile franciscano o el de una modelo de Valentino para estar dentro de los límites de colesterol permisible, que sobrepasados alimentan una multimillonaria industria de medicamentos para reducirlos. Solo en Estados Unidos de Norteamérica más del 25% de la población consume costosos fármacos para combatir el colesterol.

En su libro afirma Dwight Lundell, un prestigioso cirujano, sobre la base de 25 años de práctica y más de 5000 operaciones de arterias, que no hay evidencia alguna de que el aumento del colesterol provoque enfermedades cardiovasculares, y que en torno a este tema la corriente médica principal ha construido un gran mito. La causa, sostiene, es un proceso arterial inflamatorio causado por azúcar, harinas,  exceso de omega-6 y de aceites vegetales, especialmente de soya y maíz, es decir de aquellos alimentos “bajos en grasa” que nos han indicado consumir por décadas. Lundell recomienda proteínas animales, volver a las recetas de la abuela y preferir el aceite de oliva o la mantequilla. A similares conclusiones llega Phillipe Even, neumólogo y profesor emérito de la Universidad de París, junto con varios médicos con tanta autoridad científica como carácter para denunciar el mito.

Así que cuando veo una prescripción médica no puedo evitar preguntarme si no será el remedio peor que la enfermedad.