Ecuador. domingo 17 de diciembre de 2017
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La Haya, ¿adiós al pasado?

Joaquín Hernández Alvarado
Guayaquil, Ecuador

Resulta difícil establecer, a pocas horas de haberse conocido el fallo de la Corte Internacional de Justicia de la Haya sobre el diferendo limítrofe existente entre Perú y Chile, las consecuencias políticas del mismo a mediano y largo plazo. Como nunca existen varios mundos: el de los juristas y expertos, el de los diferentes líderes políticos, empresariales, gremiales de ambos países, el de la gente común y corriente aunque no es lo mismo vivir en Lima que en Tacna o en Santiago que en Arica.

Joaquín Hernández Alvarado
Guayaquil, Ecuador


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Resulta difícil establecer, a pocas horas de haberse conocido el fallo de la Corte Internacional de Justicia de la Haya sobre el diferendo limítrofe existente entre Perú y Chile, las consecuencias políticas del mismo a mediano y largo plazo. Como nunca existen varios mundos: el de los juristas y expertos, el de los diferentes líderes políticos, empresariales, gremiales de ambos países, el de la gente común y corriente aunque no es lo mismo vivir en Lima que en Tacna o en Santiago que en Arica.

Ciertamente, durante los últimos días, prevaleció un clima de moderada ansiedad y de expectación que no ha sido desmentido, por lo menos en las horas siguientes de redacción de este artículo, al conocerse los resultados. Si así continua, pese a las inevitables excepciones que se irán presentando, se podría concluir que una época de nacionalismos o de intereses que se expresaban en nacionalismos que culminaban en enfrentamientos bélicos está por cerrarse.

Las secuelas de la guerra del Pacífico librada en el siglo XIX entre Chile, Perú y Boliviadejaron abierta una herida no solo jurídica o política sino cultural entre los ciudadanos de estos países. Esta herida empezó a cerrarse lentamente a partir de los años noventa del siglo pasado cuando la migración de empresas y de ciudadanos entre los dos países hizo que las malas furias de los nacionalismos a ultranza fueran cediendo ante una lógica diferente que enfatizaba las coincidencias culturales y las necesidades comunes de supervivencia. Hoy en día escuchar el acento chileno en las calles de Lima o ver ciudadanos peruanos estudiando en las instituciones chilenas de educación superior por poner un par de ejemplos aislados, no es excepcional. Es lo corriente. Lo interesante es que en ambos casos, tanto chilenos como peruanos no se sientan hostilizados por la nacionalidad a la que pertenecen.

Algo bueno ha cambiado entonces. Hubiera sido imposible décadas atrás – por ejemplo la de los sesenta o setenta del siglo pasado—asistir a un escenario como el que hoy presenciamos, en donde los gobiernos de los dos países evitan declaraciones intempestivas, se ponen a raya las posibles declaraciones agresivas y se controla todo lenguaje que pueda encender la atmósfera. En donde, como muestra definitiva, los diferentes líderes políticos acuerdan no pronunciarse antes del presidente de la república.

¿Ha culminado así la época de los nacionalismos ultramontanos? ¿Comenzamos a vivir una nueva época precisamente ahora que recordamos los cien años de la espantosa conflagración que se llamó la “Gran Guerra” y que pulverizó precisamente en nombre de los nacionalismos las esperanzas de una civilización europea donde se podía viajar sin pasaporte y sin hostilidad de un país a otro? ¿La Europa en que soñaron Proust y Rilke deja paso a otra, la de un César Vallejo y de un Nicanor Parra donde el ejercicio diario del vivir abre paso a la tolerancia y al diálogo? Si Perú y Chile se asocian, ¿qué nuevas y grandes expectativas se abren para sus ciudadanos?

* El texto de Joaquín Hernández ha sido publicado originalmente en el diario HOY.