Ecuador. martes 12 de diciembre de 2017
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Miércoles santo

Bernardo Tobar
Quito, Ecuador

La literatura, fruto y testimonio de la sociedad de cada tiempo, se ha complicado. El relativismo ha despojado de referencias esenciales también al universo de la estética, donde anida la verdad, la belleza de la simplicidad. Un trazo, un gesto, una línea, unas pocas palabras enlazadas por el duende que atisbó Lorca bastaban para darle magia a la lectura, ese hechizo que trasciende el argumento, que baila sobre la tinta, que se desnuda de su prenda semántica, e invita, seduce, inspira.

Bernardo Tobar
Quito, Ecuador


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La literatura, fruto y testimonio de la sociedad de cada tiempo, se ha complicado. El relativismo ha despojado de referencias esenciales también al universo de la estética, donde anida la verdad, la belleza de la simplicidad. Un trazo, un gesto, una línea, unas pocas palabras enlazadas por el duende que atisbó Lorca bastaban para darle magia a la lectura, ese hechizo que trasciende el argumento, que baila sobre la tinta, que se desnuda de su prenda semántica, e invita, seduce, inspira.

Aconsejaba Margaret George en las “Memorias de Cleopatra”, por boca de su imaginaria Jeosheba, una profesional en las artes de alcoba,  sobre cómo conquistar al César haciendo lo que casi todas practican y muy pocas dominan: “Todo el mundo sabe caminar, pero muy pocas personas son dignas de ser contempladas cuando caminan.”   He ahí, resumida en una frase, una iluminación que incontables obras sobre el mismo tema no han alcanzado a describir en gruesos volúmenes, ni desgranando las 50 capas de gray. La belleza de la simplicidad.

Al igual que un conductor incierto de su destino y perdido en las calles de una gran ciudad, muchos autores contemporáneos nos llevan por laberintos, entramados confusos, guiones crípticos y circulares, abundantes en crónica roja, rosada y ofertas alternativas, como las que con la naturalidad de un vendedor de seguros se anuncian en las ciudades cosmopolitas a los turistas ávidos de sacarse una foto bajo cada luminaria y cada símbolo de postal. Muchos libros parecen inspirados en este itinerario insustancial, abigarrado, que disimula la falta de brillo estético con la ambigüedad de sus personajes y el enredo estructural. “Nulla ethica sine aesthetica”.

Contra esta tendencia, agradecí que cayera delante mío en la Barra de Juan la primera novela de Íñigo Salvador, Miércoles Santo, que no pude separar de mis manos hasta voltear la última página. Salvador revive el Quito franciscano de 1765 con rigor histórico, en un relato en el que convergen y se contraponen los rituales católicos y los dogmas de fe con las ideas del renacimiento francés, donde los cuestionamientos al poder de la Corona Española sobre los territorios americanos son el móvil de un crimen que sirve de columna a la narración. Sus principales personajes dejan patente el estado de las tensiones sociales y la dinámica entre mestizos y peninsulares, ayudando a entender no solamente cómo y por qué germinó la semilla de la independencia, sino también ciertas taras coloniales que arrastramos hasta nuestros días.

De lenguaje impecable y fluido, salpicado de costumbrismo e ilustrativas referencias académicas que retratan el estado de las ideas poco antes de la Rebelión de los Estancos, con un guión que discurre limpio, a la manera tradicional, en la progresión lineal de un clásico policial, Miércoles Santo es una novela fresca y refrescante, sin artificios de forma ni estructura, y su personaje central, el mestizo Nuño Olmos, un firme candidato a construir una saga que continúe revelándonos el Quito donde se fraguó la independencia, alentado por el firme paso con que Íñigo Salvador ha cumplido su primera incursión en la novela.