Ecuador. martes 12 de diciembre de 2017
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Odiadores

Juan Jacobo Velasco
Manchester, Reino Unido

Hace una semana conversé con mi gran amigo R sobre política ecuatoriana. Cuando lo hacemos partimos por el análisis de los acontecimientos recientes, con esas lecciones que desde la contingencia remarcan la naturaleza siempre sorprendente de nuestra política local y sus sinos históricos marcados por la intensidad de los personalismos, la utilización de la fuerza y los arrebatos autoritarios. Es claro que la historia actual solo tiene precedentes que nos retrotraen a una serie de personajes pasados –García Moreno, Alfaro- y recientes –LFC-cuyos patrones de comportamiento y naturaleza parecen mezclarse y manifestarse en esa rara combinación que cobra la forma de nuestra revolución ciudadana.

Juan Jacobo Velasco
Manchester, Reino Unido


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Hace una semana conversé con mi gran amigo R sobre política ecuatoriana. Cuando lo hacemos partimos por el análisis de los acontecimientos recientes, con esas lecciones que desde la contingencia remarcan la naturaleza siempre sorprendente de nuestra política local y sus sinos históricos marcados por la intensidad de los personalismos, la utilización de la fuerza y los arrebatos autoritarios. Es claro que la historia actual solo tiene precedentes que nos retrotraen a una serie de personajes pasados –García Moreno, Alfaro- y recientes –LFC-cuyos patrones de comportamiento y naturaleza parecen mezclarse y manifestarse en esa rara combinación que cobra la forma de nuestra revolución ciudadana.

Lo que me llamó la atención fue que por primera vez R se refirió a varios periodistas como “odiadores”. El término me sorprendió por un uso que pareciera representar una idea que, de tan trillada, se grabó en el inconsciente colectivo. R me explicó que, según él, los “odiadores” son quienes no le reconocen nada al Gobierno. Y que aunque “lo intentan”, a la postre caen en un juicio que se contrapone absolutamente al poder. El argumento presupone que los periodistas, en sus análisis, necesariamente debieran partir de que nada es enteramente malo, que algo se hace bien y con las razones correctas.

Lo bueno de conversar es que uno puede pedir a la contraparte una definición más precisa. Y que esas precisiones, para cada quien, representan algo particular. Así tenemos una idea general que ha sido configurada gracias a la didáctica repetición sabatina. Lo curioso es que en el imaginario social los “odiadores” son definidos como los “otros”, que podría llamarse de oposición, pero que como está desapareciendo, solo se manifiesta en las pocas fuentes contrarias a la versión oficial, que son moteados por “no ver las cosas con balance”. Pero nada se puede decir en reversa, sobre la fuente de los juicios y calificaciones. Como si la necesidad de un análisis con balance no corriera para la fuente de poder, sobre todo cuando ese poder no tiene contrapesos y ha acaparado casi todas las manifestaciones institucionales. Unos son así “odiadores”, los otros, no. Solo aleccionan y enseñan.

Luego viene el problema de los matices y los grados. Me imagino como si se tratara de un eje que, en un extremo, tiene a los “odiadores” y, del otro, a los fanáticos a ultranza, que no pueden ver nada mal en la gestión del Gobierno. Algo así como “amadores”. Entre medio hay niveles de opinión con mayor o menor sesgo hacia los extremos. En esa extensa zona gris entre “odiadores” y “amadores” se encuentra la mayoría del país. Desafortunadamente la calificación de “odiadores” no conoce puntos medios. Todo es en blanco o negro, con esa división maniquea del conmigo o contra mí. Y así nos encontramos con una línea divisoria que aísla, que no permite un debate de dinámica balanceada, porque a la postre se arrincona y apedrea a un disentimiento cada vez más escaso y débil.