Ecuador. miércoles 13 de diciembre de 2017
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Perder la cabeza

María Fernanda Egas
Miami, Estados Unidos

Parecía que Quito, la capital del Ecuador, no había terminado de caer en cuenta de que había sido proclamada la Capital de la Revolución Ciudadana. Hasta este domingo 23 de febrero, en el que las elecciones seccionales han marcado el comienzo del fin de esta revolución que se queda sin su capital, y sin las ciudades principales del Ecuador.

María Fernanda Egas
Miami, Estados Unidos


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Parecía que Quito, la capital del Ecuador, no había terminado de caer en cuenta de que había sido proclamada la Capital de la Revolución Ciudadana. Hasta este domingo 23 de febrero, en el que las elecciones seccionales han marcado el comienzo del fin de esta revolución que se queda sin su capital, y sin las ciudades principales del Ecuador.

Los errores cometidos por el propio Rafael Correa le han permitido cosechar el fruto de siete años de abusos, recientemente celebrados por todo lo alto. Quito se ha negado a ser la capital de un proyecto que había decidido disminuirla, porque valga recordarle al presidente que Quito es Luz de América y la capital de todos los ecuatorianos.

La pérdida de poder representativo del partido de Rafael Correa en todos los rincones del país es el éxito del verdadero poder ciudadano: el que no optó por el nulo, el que dejó al fraude sin chance, el que dijo no a un proyecto extranjero, diseñado por el Foro de Sao Paulo y su artífice Fidel Castro, quien ha logrado aglutinar a la izquierda mundial para implantar su modelo y escoger los presidentes que lo ejecutan en cada país y que provean oxígeno al comunismo cubano.

Si bien la fortaleza del Foro es su organización, su guerra mediática y por sobre todas las cosas, esa unión férrea entre sus líderes ante las amenazas a su proyecto regional, esta vez Ecuador logró lo que no esperaban los que creyeron haber conseguido la división del país: un sólido respaldo al cambio de este sistema fallido, improductivo y violador de los derechos humanos.

Si las relaciones entre Correa y personajes de la categoría de Ahmedineyad y Lukashenko despertaron suspicacias, fue su respaldo, a nombre de todo el Ecuador, a los crímenes de Nicolás Maduro en Venezuela lo que lo puso en evidencia. Las protestas estudiantiles iniciadas a mediados de febrero han mostrado en todo su esplendor lo que es capaz de hacer la política castrista para no perder el poder de los petrodólares: terror y violencia contra la población civil a cargo de la policía y de milicias armadas por el gobierno.

¿En realidad cree el presidente que los ecuatorianos podemos apoyar un régimen que masacra y viola a sus propios estudiantes con un fusil? ¿Por un minuto pensó que la conveniencia de estar de lado del partido de gobierno y sus beneficios sociales y económicos, podría convertirse en respaldo a un régimen que dispara y mata a nuestros hermanos latinoamericanos? No, señor, el Ecuador no es eso. Y la complicidad con los crímenes que ocurren en Venezuela solo sirvió para darle, a las puertas de las elecciones, la estocada final a los candidatos del oficialismo.

Hace apenas un año, el presidente obtuvo la reelección postergando el  anuncio de si daría o no luz verde para la explotación del petróleo del Yasuní-ITT. Al anunciar su pretensión extractivista, y poner en peligro de extinción a los pueblos en aislamiento voluntario, las protestas sociales fueron reprimidas con un gran despliegue de fuerza pública. El gobierno podría haber calculado que hacer el anuncio antes de las elecciones afectaría su reelección, pero no le importó que la represión mostrara su verdadera esencia.

Hoy, que el gobierno ha perdido el invicto, está claro que el odio como factor de lucha ya no cala más en el Ecuador, y su discurso del cambio del orden mundial ya no impresiona a la comunidad internacional donde ha evidenciado su doble estándar. Hay que esperar que no pierda la cabeza y que entienda que lo mejor que puede hacer por el país y por sí mismo, es dejar la casa en orden.