Ecuador. lunes 11 de diciembre de 2017
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Pretextos imperiales

Joaquín Hernández Alvarado
Guayaquil, Ecuador

La estrategia rusa la describe precisamente el historiador francés Alain Besancon en “Le Monde” en su artículo “<l’aide fraternelle=””> de la Russie” a propósito de lo que está sucediendo en Ucrania en estos días: “Era esperado. Cuando Rusia quiere tomar el control de una nación vecina emplea un método experimentado. Ella escoge, enciende y organiza un partido ruso en esa nación. Proclama que ese partido es oprimido. Entonces envía soldados para darle una “ayuda fraternal” (bratskiaia pomosh) y liberarlo”.

Joaquín Hernández Alvarado
Guayaquil, Ecuador


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La estrategia rusa la describe precisamente el historiador francés Alain Besancon en “Le Monde” en su artículo “<l’aide fraternelle=””> de la Russie” a propósito de lo que está sucediendo en Ucrania en estos días: “Era esperado. Cuando Rusia quiere tomar el control de una nación vecina emplea un método experimentado. Ella escoge, enciende y organiza un partido ruso en esa nación. Proclama que ese partido es oprimido. Entonces envía soldados para darle una “ayuda fraternal” (bratskiaia pomosh) y liberarlo”.

Así lo hizo en Polonia en el siglo XVIII para sostener las “libertades polacas” contra la opresión del catolicismo. Así también invadió Hungría en nombre de la Santa Alianza en 1848 y del “Socialismo real” en 1956. Igual Mongolia Exterior, Georgia, Armenia, añade Besancon. Y Checoeslovaquia en 1968 adonde tres jóvenes escritores latinoamericanos viajaron para conocer lo que sucedía y solidarizarse, a través de un entonces desconocido escritor en Occidente,  Milan Kundera, con las luchas del pueblo checo. Todavía se vivía el idilio de la intelectualidad latinoamericana con la Revolución Cubana que no tardaría en saltar en pedazos ante la constatación de que el poder totalitario arrambla con las libertades de expresión, no importa el signo ideológico con el que se arrope.

Hoy, la “ayuda fraternal” está lista para Crimea frente a un Occidente que recuerda mucho – no se trata por cierto de un enjuiciamiento moral sino de un simple dejá vu, una especie de vuelta a ver de un documental histórico en negro y blanco, -de las vacilaciones y las excusas diplomáticas de un Daladier y de un Chamberlein frente a la toma de los Sudetes en 1938.

Besancon descubre, -como explicación de esta larga historia de intervenciones fraternales, – la vocación imperial de Rusia. “Rusia”—señala—“nunca ha sido una nación”. Nunca ha tenido una frontera porque se concibe precisamente como imperio. “Una suerte de iglesia”. ¿Cómo puede pensarse en poner límites geográficos a la expansión del cristianismo ortodoxo, el proletariado universal o la fraternidad del espíritu ruso? Los franceses, recuerda Besancon, siempre se han sentido atraídos paradójicamente, por el sabor religioso indudablemente, pero también  universal secular de esta vocación imperial.

El viejo Hegel advertía que la Historia Universal no era un lugar de felicidad para los individuos sino para los grandes conceptos universales. Por ello, la tarea del pensamiento occidental contemporáneo es actualmente recuperar, defender lo concreto, no los grandes conceptos universales que son manipulables para justificar crímenes y violaciones a los derechos humanos.

La exitosa intervención en apoyo del régimen sirio, el soporte a Irán son pruebas de esta vocación imperial que vuelve a resurgir después del derrumbe de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Ucrania puede ser la próxima carta que permita reafirmarla por una cesión diplomática de Occidente. O el escenario de una guerra de corta intensidad con pronóstico reservado.