Ecuador. jueves 14 de diciembre de 2017
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Autodeterminación o soberanía

Hernán Pérez Loose
Guayaquil, Ecuador

Los últimos eventos en Ucrania y la crisis que ellos han desatado a nivel internacional han puesto en conflicto dos principios de derecho internacional que históricamente no han coexistido fácilmente uno junto al otro. Por un lado, el derecho de los pueblos a constituir el gobierno de su preferencia, o a su autodeterminación como se hizo conocido durante la etapa de descolonización que siguió al fin de la Segunda Guerra Mundial, y, por el otro, el tradicional principio de respeto a la soberanía nacional de los estados, y en consecuencia a su integridad territorial, principio cuyo linaje se remonta a la Paz de Westfalia en 1648.

Hernán Pérez Loose
Guayaquil, Ecuador


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Los últimos eventos en Ucrania y la crisis que ellos han desatado a nivel internacional han puesto en conflicto dos principios de derecho internacional que históricamente no han coexistido fácilmente uno junto al otro. Por un lado, el derecho de los pueblos a constituir el gobierno de su preferencia, o a su autodeterminación como se hizo conocido durante la etapa de descolonización que siguió al fin de la Segunda Guerra Mundial, y, por el otro, el tradicional principio de respeto a la soberanía nacional de los estados, y en consecuencia a su integridad territorial, principio cuyo linaje se remonta a la Paz de Westfalia en 1648.

El gobierno ruso ha enarbolado la bandera de la autodeterminación. Su lógica es sencilla. Los pueblos tienen el derecho a determinar libremente el estado en el que deseen vivir. Si una mayoría de quienes viven en la Península de Crimea han resuelto convocar a un plebiscito para decidir si desean continuar formando parte del estado de Ucrania, o si desean anexarse a Rusia, ese es un derecho que debe ser respetado. Y si el resultado de la consulta es que la mayoría opta por la secesión de Ucrania, y la anexión a Rusia, dicha decisión debe ser aceptada tanto por el gobierno ucraniano como por terceras naciones. El principio de autodeterminación de los pueblos despliega aquí toda su legitimidad.

Del otro lado de la orilla, las cosas se ven diferente. Cierto es que los habitantes de la Península de Crimea en su mayoría son de origen ruso, y que la presencia cultural rusa en dicha región es innegable, pero no menos cierto es que en 1954 la entonces Unión Soviética cedió dicha Península a Ucrania, que a la sazón era una de sus repúblicas. Una situación que no cambió tras la disolución de la Unión Soviética.

En reconocimiento de las peculiaridades étnicas y culturales de Crimea, ella goza de un estatuto especial de autonomía, pero siempre del Estado ucraniano. Y bajo su constitución el anunciado plebiscito es ilegal, así como las acciones conducentes a su separación.

Moscú viene utilizando el caso de Kosovo como precedente. Con el apoyo de Washington y algunos países europeos –y bajo protesta rusa–, una mayoría albanesa optó por independizarse de Serbia luego de una guerra atroz en medio de la disolución de la ex-Yugoslavia. Un proceso de independencia que culminó en el 2008 con la formación de la hoy república de Kosovo. Moscú olvida, sin embargo, que en ese caso la población albanesa que vivía en Serbia fue víctima de una de las peores carnicerías étnicas en la historia reciente. Y es probablemente este factor, el uso de la fuerza, el que no debe perderse de vista.

En ningún momento los habitantes de origen ruso asentados en Crimea han sido víctimas de persecución por parte del gobierno de Kiev. Todo lo contrario. Por ello, la presencia de militares rusos a lo largo y ancho de la Península es inaceptable, y menos aún su anexión con o sin plebiscito.