Ecuador. domingo 17 de diciembre de 2017
  • Seguir en Facebook
  • Seguir en Twitter
  • Seguir en Google+
  • Seguir en YouTube
  • Seguir en Instagram
  • Seguir en LinkedIn

“NO” a la reelección

Alberto Molina
Quito, Ecuador

“NO”, es el título de la película, del director chileno Pablo Larraín,  basada en la obra de teatro inédita “El Plebiscito”, del escritor chileno Antonio  Skármeta y su posterior novela “Los días del arco iris”. Se trata de la convocatoria a plebiscito por parte del General Augusto Pinochet, quien había llegado al poder  de Chile a través de un cruento golpe militar, en 1993. Pinochet pretendió legitimar su continuación en el poder mediante una consulta popular.

Alberto Molina

Alberto Molina
Quito, Ecuador


Publicidad

“NO”, es el título de la película, del director chileno Pablo Larraín,  basada en la obra de teatro inédita “El Plebiscito”, del escritor chileno Antonio  Skármeta y su posterior novela “Los días del arco iris”. Se trata de la convocatoria a plebiscito por parte del General Augusto Pinochet, quien había llegado al poder  de Chile a través de un cruento golpe militar, en 1993. Pinochet pretendió legitimar su continuación en el poder mediante una consulta popular.

Sin duda, el gobierno tenía completamente asegurado el triunfo; el uso de toda la logística del Estado, la propaganda incesante, las autoridades de todos los niveles en campaña por el “SI”,  por lo tanto no había el menor resquicio de un “revés”. Quienes estaban por el “NO”, es decir en contra de la continuación del régimen de facto, era una amalgama de partidos, movimientos de todo tipo, con ideologías diferentes, era difícil que se pusieran de acuerdo. Se sumaban dos factores importantes: la falta de recursos y el miedo a las represalias.

En definitiva, la película “No” es una mezcla de ficción y un retrato de la realidad de la campaña del plebiscito de 1988 que ganó el “NO” y que marcó el inicio del fin del gobierno militar de Pinochet.

Otro caso es del ex-mandatario colombiano Álvaro Uribe, quien pretendía un tercer mandato; según las encuestas, el 74% aprobaba su gestión y un 80%  manifestaba que votaría por la reelección; sin embargo, la Corte Constitucional, cumpliendo fielmente la Constitución, falló en contra de la reelección; respetando la democracia, Uribe aceptó y acató el fallo.

En Nicaragua, el Presidente Daniel Ortega, torciendo sin rubor el mandato constitucional, consiguió de la Asamblea que se apruebe la reelección indefinida. Ortega lideró la llamada Revolución Sandinista que derrocó a la dinastía Somoza, un régimen totalitario corrupto y sanguinario que pretendía perennizarse en el poder; paradoja, ahora ha renacido un totalitarismo neo-somocista con Ortega a la cabeza.

Una noticia de Corea del Norte que parece broma macabra: “El líder Kim Jong Un ganó la elección legislativa sin recibir un solo voto en contra en su distrito, aunque en la boleta no había ningún otro candidato”.

En nuestro país, el Presidente Correa, luego del 23F, manifestó: “Vemos nubarrones en el frente de la revolución ciudadana  (…)”, y “Es mi deber revisar la sincera decisión de no lanzarme a la reelección”. Con esta declaración se pretende seguir la franquicia de los regímenes de esa organización llamada Alba, del Socialismo del Siglo XXI.

Frente a todo esto, vale la pena releer el pensamiento de un estadista y verdadero demócrata como es el premio Nobel de la Paz y ex-Presidente de Costa Rica, Óscar Arias: “Hay en nuestra región gobiernos que se valen de los resultados electorales para justificar su deseo de restringir libertades individuales y perseguir a sus adversarios. Esta región, cansada de promesas huecas y palabras vacías, necesita una legión de estadistas cada vez más tolerantes, y no una legión de gobernantes cada vez más autoritarios. Es muy fácil defender los derechos de quienes piensan igual que nosotros. Defender los derechos de quienes piensan distinto, ese es el reto del verdadero demócrata. Ojalá nuestros pueblos tengan la sabiduría para elegir gobernantes a quienes no les quede grande la camisa democrática”.

En conclusión: los aspirantes y dictadores en funciones, pueden ser derrotados a través del arma democrática más poderosa que tiene el pueblo: el voto.