Ecuador. viernes 15 de diciembre de 2017
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El curioso caso de Pedro y Gastón

Marlon Puertas
Guayaquil, Ecuador

La justicia que llega tarde no es justicia, me había dicho un profesor cuando estudiaba Derecho. Parece que ese profesor no le dio clases al fiscal Galo Chiriboga.

Marlon Puertas
Guayaquil, Ecuador


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La justicia que llega tarde no es justicia, me había dicho un profesor cuando estudiaba Derecho. Parece que ese profesor no le dio clases al fiscal Galo Chiriboga, que más de dos años después, ha pedido la prisión del primo Pedro, su cuñado Pancho y el argentino Gastón, por el regalo que este último recibió, de parte del banco Cofiec, de $800.000.

Tanto que se dijo sobre este tema. Uno de los que más habló, por supuesto, fue Rafael. A favor de su primo Pedro dijo de todo: que era un patriota, un hombre honesto, un chico bueno, que se había sacrificado dejando su casita en Miami para venir a sufrir al Ecuador. Del regalito a Duzac, se escandalizó porque se pretendía vincular a Pedro. “¿Cómo es posible que por un préstamo irregular se quiera vincular al presidente del fideicomiso?”, preguntaba alarmado al grupo de ingenuos que le rindieron sentido homenaje al entonces calumniado y perseguido. Era 2012.

El martes, Rafael solo dijo que la justicia haga lo que tenga que hacer, respecto a Pedro y Gastón. El problema es que ha pasado mucho tiempo y la justicia, a estas alturas, es poco lo que puede hacer. Al menos en los casos de Pedro y Gastón, ambos a buen recaudo en Miami y Buenos Aires, respectivamente. Todavía recordamos con gracia cuando Pedro voló hasta su casa en la Florida y los mal pensados dijimos que no regresaría. “Solo se fue a la boda de su hijo, ya regresa”, nos aseguró Rafael, otra vez inmiscuido en el embrollo. No fue así y lo sabíamos nosotros, acostumbrados a ver que la impunidad siempre tiene la tendencia de acompañar a los que transpiran poder.

Ahora sí, demasiado tarde, el presidente deja que la justicia haga lo que tenga que hacer. Pero eso debió decirlo –y cumplirlo- desde el inicio, cuando estalló el escándalo. La justicia, hablo de las Cortes por si lo dudan, tiembla de miedo cada vez que el presidente se refiere a un caso en particular. Miedo de actuar, miedo de procesar a cualquiera que el mismísimo Rafael haya defendido en una de sus sabatinas. Miedo de investigar al receptor de homenajes al que acuden representantes del poder político supremo del Ecuador.

Años después y cuando el primo Pedro ha caído en desgracia, la justicia se envalentona. Lo procesa, lo acusa, ordena su prisión, con la misma firmeza con la que sentencia a Cléver Jiménez. Es tan burdo el cambio de actitud, que hasta dan ganas de defender al achacado.  La fiscalía, finalmente, ha encontrado los elementos de convicción que la conducen a pensar que Pedro Delgado Campaña sí tuvo responsabilidad en la entrega –regalito le digo yo- de un crédito del banco Cofiec a Gastón Duzac, que a estas alturas ya no debe tener en sus bolsillos ni para el viejo metro de Buenos Aires.

El curioso caso de Pedro y Gastón pasará a la posteridad porque representa la típica forma en que la justicia se mueve cuando alguno de los involucrados tiene un padrino. Quedará en la memoria porque rasga la vestidura de la supuesta independencia, a una función del Estado que está hecha a la medida de su mentor.