Ecuador. martes 12 de diciembre de 2017
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El teatro de mi sueño

Juan Jacobo Velasco
Manchester, Reino Unido

Muchas veces nos preguntamos qué haríamos con un millón de dólares.

Juan Jacobo Velasco
Manchester, Reino Unido


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Muchas veces nos preguntamos qué haríamos con un millón de dólares. O si fuéramos gerentes de una empresa grande, alcaldes o presidentes. O si tuviéramos nuestro propio y rentable negocio, un libro best-seller o una película ganadora del Oscar. En fin, fantaseamos con muchísimos escenarios, nos ponemos en la posición de quienes adquieren relevancia por lo que hacen, piensan o emprenden, y nos decimos “qué suerte, cómo quisiera estar en su lugar”. El problema es que nada de eso se logra sin esfuerzo. Sin  neuronas, voluntad y perseverancia. Y sin algo de suerte, también.

La gracia está en forjarse el destino. Como decía Einstein, “1% de inspiración y 99% de transpiración”. La suerte uno se la hace, a cada instante, en cada pequeño esfuerzo, con una dirección. Los campeones construyen su camino a través del entrenamiento y la determinación por ganar cada partido. Los líderes ídem, en su senda por convertirse en referentes. Hay momentos en los que la suerte juega su papel. Pero la balanza tiende a inclinarse tercamente hacia quien se lo merece y se lo gana a pulso.

No obstante, la suerte puede jugar un papel inesperado, para bien y para mal. Ninguno de los pasajeros del vuelo de Malaysia Airlines iba a presentir su trágico destino. Ni los ganadores del lotto podrían explicar qué los hizo merecedores del millonario premio. En esos momentos, literal y simbólicamente, el azar juega su número, en eso que el teatro antiguo denominaba “deus ex machina”: el destino se presenta con un desenlace imprevisible para el que está en un momento y lugar determinados.

En eso pensaba cuando me dirigía al estadio del Manchester United, invitado por un amigo, para ver gratis el partido de cuartos de final entre los diablos rojos y el Bayern Múnich. Apenas minutos antes estaba regresando a casa, pensando en dirigirme a un bar, buscar mesa y esperar a Juan José, sin más objetivo que disfrutar de las pantallas que nos iban a regalar ese encuentro y el del Barcelona contra el Atlético de Madrid.

El “deus ex machina” tomó la forma de un amigo de mi amigo que le facilitó unas entradas y, en cosa de minutos, el escenario se transformó en los caminos que conducen al estadio del Manchester United, conocido como el “teatro de los sueños”, mostrándose en la vida que cobran esos ríos de gente en que se convierten las calles aledañas a ese mítico campo de juego, y en los bares y restoranes que rodean al estadio y no hacen más que recordar la historia del equipo inglés más ganador. Era pellizcarse y pensar que uno estaba viviendo, inesperada e inmerecidamente, un sueño hecho realidad.

Los equipos hicieron lo suyo para reforzar la gracia de un destino feliz. En principio se trataba de la versión siglo XXI del encuentro entre David y Goliat, en sus versiones inglesa y teutona. Sí, es verdad que entre estos conjuntos existe una rivalidad que trasciende lo futbolístico y se liga indefectiblemente a la Historia, con mayúscula, que se escribió desgarradora en las dos grandes guerras. Y que, futbolísticamente, tuvo momentos tan dramáticos como la final de la Champions League de 1999, definida en los últimos tres minutos del encuentro con dos goles para el Manchester United.

Pero la realidad actual de los equipos no puede ser más dispareja. Los de Baviera son los campeones europeos vigentes,  acaban de ganar la liga alemana 7 fechas antes del final y juegan una versión germana del tiki-tiki del Barca, gracias a la mano estratégica de Josep Guardiola. Algunos incluso especulan que los bávaros están en camino de convertirse en el mejor equipo de la historia. Los ingleses, en cambio, han vivido la peor temporada en dos décadas, justo en el año en que Alex Ferguson decidió jubilar como director técnico. La versión de los “reds” del reemplazante de Ferguson, David Moyes, es un equipo desangelado, que trata pero no puede y que depende de la inspiración de su estrella, Wayne Rooney. El resultado es un opaco séptimo lugar en el campeonato inglés y la segura fuga de muchos de sus jugadores, decepcionados del camino que ha tomado el equipo.

Esos antecedentes se mostraron en la dinámica del partido. Luego de un comienzo en donde el Manchester fue puro pundonor, la fuerza mecánica del Bayern impuso el tono del match. El sino de la tenencia del balón a la que juegan los equipos de Guardiola comenzó a adormecer a los locales, que en buena parte del primer tiempo se convirtieron en meros espectadores. Lo curioso fue que en esa primera mitad los ingleses inventaron las dos mejores opciones de gol. Algo que seguramente contribuyó a reforzar el espíritu combativo que demostraron en el segundo tiempo. Tras el descanso, los diablos rojos se plantaron en el campo con otra actitud, quizás atizados por una historia enorme –sobrecoge ver las hermosas fotos de los momentos culminantes del equipo y las esculturas de sus figuras históricas-, y un público que no los dejó de alentar. David anotó una pedrada en Goliat con un cabeceo de Vidic que gatilló un grito-estallido que se sintió en toda la ciudad. Pero el gigante alemán hizo valer sus pergaminos, empatando con una jugada rápida, precisa y estilizada, como el fútbol que está empecinado en jugar.

Al final, el empate dejó contentos a todos. Y abierta la ilusión de un resultado, que no por improbable, deja de ser factible para el Manchester United. Puedo dar fe que el destino da regalos en la forma de sueños hechos realidad. En teatros y momentos inesperados, pero siempre bienvenidos.