Ecuador. miércoles 13 de diciembre de 2017
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En algún lugar de la mente, de cuyo nombre no puede acordarse

Por Marco Bustamante
Nueva York, Estados Unidos

“Continuaron viviendo en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero que habría de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita.

Gabriel García Marquez, ‘Cien Años de Soledad’.

Por Marco Bustamante
Nueva York, Estados Unidos


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“Continuaron viviendo en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero que habría de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita.

Gabriel García Marquez, ‘Cien Años de Soledad’.

Treinta años después, como tantos otros también, tengo claro aún el asombro por la hechicera narración de los recuerdos del coronel Aureliano Buendía frente al pelotón de fusilamiento. Impacta el arranque deCien Años de Soledad por su mérito intrínseco como construcción literaria excepcional -presente, pasado y futuro entretejidos y resueltos en una perífrasis de obligación- y por su simultáneo valor agregado como aperitivo, marcapaso y directriz del episodio oceánico que telonea. Es a no dudarlo -pese a la disensión general de Jorge Edwards sobre la novela- una de las más grandes aperturas literarias.

El Evangelio de San Juan lo logra en la esencia: “En el principio fue la Palabra”. Shakespeare con su trastocado y deslumbrante “invierno de nuestro descontento”. Dickens advierte que Londres y París a finales del siglo dieciocho viven a la par el mejor y el peor de los tiempos. “A la conjunción de un espejo y de una enciclopedia” debe Borges el descubrimiento de un país que no se encuentra. Y Vargas Llosa, “jodido” pero descontento, “mira la Avenida Tacna, sin amor”. De un tiempo a esta parte, sin embargo, sugieren su hermano, amigos y colegas -Plinio Apuleyo Mendoza, el escritor peruano Alfredo Bryce y su editora catalana Carmen Balcells- la mente de Gabriel García Márquez (junto a Cervantes y Borges la sintética trinidad del castellano) está cada vez más, por menos separados momentos, en un lugar de cuyo nombre no puede acordarse.

Entre su círculo cercano hay desacuerdos ya sobre la precisa calidad mental del escritor. No está “demente”, solo “anciano y olvidadizo”. Los neurólogos especificarían: la demencia, más que una aislada reducción de la memoria, implica la disminución adicional de destrezas lingüísticas, motoras, sensoriales y de razonamiento. Se trataría, dirían los optimistas, de un “déficit cognitivo relacionado a la edad”. Pero siete minutos con la realidad de un examen neurológico experto evalúa de forma objetiva el declive. Y para los que creen más en la superioridad de la tecnología frente a las fieles historia clínica y examinación decimonónicas, acaban de aprobar una tomografía computada funcional que complementa el diagnóstico de la insidiosa y progresiva demencia de Alzheimer a través de un reactivo inyectado que torna fosforescentes a las usualmente invisibles placas anormales en las neuronas de este tipo de cerebro senil.

Hay otros cuatro tipos mayores de demencia. El setenta y cinco por ciento son Alzheimer.

Por octogenario, por su positiva historia familiar, por los signos referidos por testigos cercanos y por el circunloquial primer tercio de su discurso en Cartagena de Indias el 2007, frente a presidentes y realeza justo en la víspera de su anunciado retiro de la vida pública, Gabriel García Márquez tiene, por lo menos, un grado moderado y progresivo de impedimento cognitivo.

La filiación garciamarquina al idioma se muestra plena en su alocución durante el Primer Congreso de la Lengua en Zacatecas en 1997:

     “Que un niño desvelado por el balido intermitente y triste de un cordero dijo: ‘Parece un faro’. Que una vivandera de La Guajira colombiana rechazó un cocimiento de toronjil porque le supo a Viernes Santo…?Cuántas veces no hemos probado nosotros un café que sabe a ventana, un pan que sabe a rincón, una cereza que sabe a beso? Son pruebas al canto de la inteligencia de una lengua que desde hace tiempo no cabe en su pellejo”.

Mas para aquel Cuarto Congreso lingüístico en Cartagena, diez años después, ciertas cadencias iniciales, entre párrafo y párrafo subsiguientes, resuenan por ratos a contrapunto recidivante:

     “Pensar que un millón de personas pudieran leer algo escrito en la soledad de mi cuarto…  con veintiocho letras del alfabeto y dos dedos como todo arsenal… Este milagro es la demostración irrefutable de que hay una cantidad enorme de personas dispuestas a leer historias en lengua castellana… (Este tiraje descomunal) es la demostración de que hay millones de lectores de textos en lengua castellana… Nunca he visto nada distinto que mis dos dedos índices golpeando… las veintiocho letras del alfabeto… No puedo hacer otra cosa que detenerme a pensar qué es lo que me ha sucedido.  Lo que veo… es hoy una descomunal muchedumbre hambrienta de lectura de textos en lengua castellana… Allí está una gigantesca cantidad de personas que han demostrado con su hábito de lectura que tienen un alma abierta para ser llenada con mensajes en castellano.”

Qué gran y encontrada trama. La edición de julio de Letras Libres, la revista literaria mexicana editada por Enrique Krauze, reproduce un “blogbiturario” del narrador y poeta Julián Herbert, acerca de un amigo de García Márquez. “Murió el 15 de Mayo… (por) una hemorragia… debido al estallamiento de una úlcera provocado por la ingestión de un analgésico”, escribe. “Habrá quien piense que esto es realismo mágico, realismo trágico,… realismo del absurdo. A mí me suena… a un último episodio narrativo contado por Carlos Fuentes..: prócer muere por culpa de una aspirina… Así se empieza o se termina una novela”.

Prolijo artesano por la atención a la paradoja (José Arcadio Buendía piensa “como una burla de su travieso destino haber buscado el mar sin encontrarlo… y haberlo encontrado entonces sin buscarlo…”). Detallista con la circularidad (la sangre de José Arcadio hijo, por el pistoletazo que lo mata, sale, atraviesa, sigue, desciende, sube, pasa, dobla la esquina, voltea, avanza, se mete y aparece en la cocina para aterrar a Úrsula, su madre y origen).

Y por supuesto, reiterativo con la nostalgia y la soledad  (el coronel Aureliano Buendía, antes de morir, escucha el estruendo del circo itinerante que vuelve a Macondo, sale a curiosear, encuentra a payasos y panderetas, al oso travestido, al elefante vehicular y al deplorable y tierno dromedario triste, “y por primera vez desde su juventud pisó conscientemente una trampa de la nostalgia… y le vio otra vez la cara a su soledad miserable”), para García Márquez este frustrante declive mental que sugiere compartir con un confundido Aureliano Babilonia en las postrimerías de la obra; en sus inicios con el fundador tatarabuelo de desembridada imaginación atado por fin a un árbol; y en la vida objetiva y genética con su madre y cercanos parientes, abarca una urdimbre de realidad ficticia y realidad real con apariencia de trágica y congruente injusticia poética. Pero poesía al fin y al cabo: paradoja, circularidad, nostalgia, soledad, herencia, deterioro y demencia. Es así como empieza y termina su novela.

                                                                                          ******

 Seis horas después del vuelo olvidable (los otros son imposibles) con una fatiga incipiente a bordo, llegamos desde Nueva York al Distrito Federal cerca de las siete de la tarde del catorce de julio. Aguardaba el tráfico atiborrado y húmedo hasta la compañía de renta de autos, que en México en verdad hacen su dinero vendiendo seguros del vehículo que alquilan a precio simbólico. Comprendo. Peatones y autobuses, motocicletas y “peseras”, metrobuses y trenes subterráneos, especies múltiples y sucedáneas de taxis y tranvías, picos, placas y policías en apariencia convencidos que el flujo inmediato se logra con silbatazos a ritmo de metralla, que incitan más, todos juntos ya, a remedar su ruido con atascados cláxones unánimes, las tentativas de control de ese proverbial festín desaforado y metastático que es el tránsito y tráfico mexicanos, son más que otra cosa, el triunfo de la esperanza sobre la experiencia.

 Noche. Aguacero. Truenos. Explosiones que retumban con el eco de prejuicios.

 -Son petardos. Aquí siempre hay celebraciones por algún santo. No se sugestione. Está de vacaciones-, condesciende el encargado.

 Conduzco bajo una lluvia horizontal.  El cielo betunado y distante se ilumina con fuegos artificiales que informan más devoción cívica que eclesiástica: es la noche del Día de la Bastilla. Continúa la jornada hacia el próximo y predecible destino. ”El camino a Acapulco”, escribe Gerald Martin, el biógrafo de García Márquez, “es uno de los más tortuosos y desafiantes en un país repleto de terroríficas curvas y zigzags”. García Márquez, famosamente, mientras viajaba a la ciudad balnearia un viernes o sábado de julio de 1965, (por la antigua y más vertiginosa carretera. La  autopista actual data de inicios de los noventa) tuvo la epifanía que da inicio a la novela.

En su primera versión, de 1982, se le ocurre la oración inicial mientras conduce. Detiene su auto y de súbito retorna con su familia a Ciudad de México y comienza la escritura. En su segunda y más probable variación, del 2002, llega a Acapulco. Pero “no tuve un momento de paz en la playa” y regresa al D.F. el martes a redactarla por los siguientes “dieciocho meses”. Martin piensa que en efecto tomó poco más de doce. Los dieciocho fueron los años que le había tomado perfeccionarla. El mal etiquetado número se repitió en el tiempo hasta la distorsión.

Avanzamos serpiginosos por el camino persistente en el apagón que dirige sin opción hacia el sur. Las estaciones de radio y los carriles insisten pero frustran por su intermitencia. Cuatrocientos kilómetros de soledad atenuada en las garitas de peaje por cobradores monosilábicos, cansados de responder la misma pregunta de los extraños de siempre.  Es la una de la mañana hace dos horas y una hora después también. “En un país repleto de terroríficas curvas y zigzags… no tuve un momento de paz”. Apareció entonces la revelación. Nos detuvo. Era brillante y suspicaz. Iluminó dudosa nuestros rostros y el interior del automóvil. Desde su pertrechada indumentaria azul, la desubicación evidente y la cafeinada y terebrante fatiga con acento ajeno lo convencieron.

 -¿Turistas a estas horas? Cuidado con el ganado, los deslaves y los narcos. Tómese una aspirina, cualquier cosa. No se detenga-. Y se mimetizó “oscuro en la solitaria noche por la sombra” de la Autopista del Sol.

 La mañana después, capturaban a un policía federal implicado en la muerte de otros tres oficiales, asesinados por corruptos compañeros durante una balacera reciente en áreas públicas del aeropuerto capitalino de ayer. Se disparaban entre sí en medio de pasajeros y tiendas libre de impuestos, en nombre de otro producto libre de impuestos también. Pero nuestro destino en el Pacífico mexicano se comportó impresionante y sobrio. “Habla bien de Acapulco”, repiten las vallas publicitarias a lo largo de la luminosa autopista de vuelta a México, por la campaña iniciada dieciocho meses atrás. “El hecho de que veas policías o militares en la calle, pues ya es en todo el país! Y dices que están trabajando y puedes decir qué malo que no estuvieran… y nos están cuidando!”, dijo entonces a la prensa algún promotor. Listo.

                                                                                            ******

México otra vez. Día. Colonia de Lomas de San Ángel Inn, al sur. Frente al teatro “Ignacio López Tarso”. Interior de un taxi. Instruyo la dirección. Ida y vuelta setenta pesos -unos seis dólares- acordamos hasta Calle de la Loma 19, el domicilio de García Márquez en 1965 donde escribió Cien Años de Soledad. Tiene en vista parcial una planta superior única y menos de una pretensión o distinción cualquiera. Es una simple muralla acromática, su numeración confundida en el fondo blanco, como su conflictiva y ejemplar sucesora en Macondo. Desde la calle angosta, hacia la parte posterior de la propiedad rectangular, con dificultad se ve el tope de la casa entre copas de árboles. No hay signos presentes de habitante alguno, excepto de uno vislumbrado, tecleando endiablado desde siempre y para siempre como alma que lleva un ángel.

 -Pero aquí no es donde vive el señor-, interrumpe el taxista amigo con mirada cómplice y pecuniaria.

 Que lo había llevado desde su casa -en este mismo auto- a jugar tenis alguna vez. Y que la propina, por espléndida -decuplicada- fue más mágica que realista, y algunas carreras después, aderezada con un ejemplar de La Hojarasca. Asentí y salió. Atravesó Acámbaro hacia Salvatierra; siguió por el Antiguo Camino Acapulco y descendió por Veracruz; subió por San Jerónimo y pasó por Periférico Sur; dobló la esquina hacia el Paseo del Pedregal; volteó en U; avanzó cien metros, se metió por Fuego y, a cuatro kilómetros del origen, arribó.

De regreso al punto de partida pactado, desde el asiento adyacente a su derecha, abrí mi billetera para terminar de saldar la cuenta del mejor y más sabio taxista mexicano. Quedaba pendiente aún el importe por la inesperada escala entre Loma y Fuego. Pero mi último dinero disponible en moneda nacional por la carrera original se lo había dado ya. Busqué aprensivo en compartimentos postergados y secretos, detrás de inútiles tarjetas de crédito y camuflados papelitos prehistóricos, archivados quién sabe cuándo por importancia dudosa con cuestionable criterio. Entre rezagados pero suficientes billetes del otro lado de la frontera, sorprendió a la vista, sincrónico, torpe, el arrinconado de cincuenta dólares, por ausencia de emergencias no desdoblado aún.

-Ese no-, aconsejó de inmediato, más honesto que entusiasta, menos mágico que realista. José Arcadio Buendía tal vez habría discrepado, pero desde hace un tiempo ya tiendo a creer en la honradez de los taxistas. Le pagué con los inevitables billetes extranjeros, ilegales y legítimos que encontré.

En honra del lúcido “colombiano trotamundos, agresivamente simpático, con una risueña cara de turco” que me enseñó a leer de verdad, me habría gustado ir, en expreso peregrinaje, a Ciudad de México, en donde vive y escribió, entre julio de 1965 y agosto de 1966 su novela perenne. Pero la anticipada visita dejó de ser solo turística al enterarme, por su columna memorial publicada en LaRepública, días antes del viaje, que no volvería a hacerlo más.