Ecuador. martes 12 de diciembre de 2017
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Unas lágrimas por Gabo

Marlon Puertas
Guayaquil, Ecuador

La primera vez que traicioné a mi padre lo hice inconscientemente y, muy probablemente, por su propia culpa. Él me había escrito una dedicatoria en un ejemplar de su libro de poemas “De un tiempo a esta parte”,  que más sonaba a una orden que la sangre obligaba a cumplir: quería que ese sea el primer libro que lea en mi vida. Era 1977 y yo tenía tres años, así que para ese momento, decidí ocuparme a otros menesteres, y dejé la literatura para otro rato.

Marlon Puertas
Guayaquil, Ecuador


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La primera vez que traicioné a mi padre lo hice inconscientemente y, muy probablemente, por su propia culpa. Él me había escrito una dedicatoria en un ejemplar de su libro de poemas “De un tiempo a esta parte”,  que más sonaba a una orden que la sangre obligaba a cumplir: quería que ese sea el primer libro que lea en mi vida. Era 1977 y yo tenía tres años, así que para ese momento, decidí ocuparme a otros menesteres, y dejé la literatura para otro rato.

Luego vinieron los relatos de mi padre, un buen narrador. Era mejor todavía los viernes, cuando con cervezas encima, su buen genio afloraba al mismo tiempo que sus ganas de hablar. Fue entonces que escuché, de su boca, hablar de un sujeto llamado Aureliano Buendía, un nombre que me sonaba chistoso pero imponente a la vez. Para mi padre era su héroe. Luego contaba que había un lugar en el mundo que se llama Macondo, que según él, era igualito a Loja, en donde la gente era semejante en cuanto a la ingenuidad, que cualquier extraño notaba apenas ponía un pie allá en el sur.

Tan ingenuos como cuando llegaron a Macondo los charlatanes con su bloque de hielo. Así vinieron las innumerables comparaciones de los personajes ficticios con los amigos reales de la infancia que mi padre tuvo en Loja. Para todos tenía su equivalente. Él mismo se sentía uno más, el protagonista, Aureliano Buendía. Y yo me sentía orgulloso, a los seis años, de saber que mi padre era un ser importante, igualito al que describía los viernes en sus relatos. Y cuando viajábamos a Loja me sentía en Macondo, en una tierra mágica y lejana, con buen clima y mejor gente, un lugar al que mi memoria ha guardado sus mejores espacios para cuidar como un tesoro esos bellos recuerdos de la infancia.

A los ocho años, le pedí el libro con el que fue tan feliz. Supe que se llamaba Cien años de Soledad, y ese mismo año, 1982, su autor ganó el premio Nobel de Literatura, asunto al que no le di la mínima importancia, como era de esperarse en un novel lector.  Me topé con esto: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Y aunque confieso que no entendía mucho que digamos, al libro lo terminé de leer con la misma determinación con la que ahora termino de leer cualquier cosa, porque esa es mi regla de honor frente a un papel escrito.

Fue mi primer libro y no lo fue el de mi padre, dedicado y todo. A mi padre no es que le importó demasiado el desplante, porque nunca me lo ha reclamado, como tampoco me ha reclamado el porqué, siendo él un buen poeta, nunca heredé el gusto por los versos.

Lo demás ya lo saben. Resulta que el autor de todo esto ha sido Gabriel García Márquez, quien además fue periodista. Reportero de la calle y bohemio. Y nosotros, apenas sus fieles seguidores, sobre todo en lo bohemios, que nos daba las credenciales necesarias para sentirnos un poquito como él.