Ecuador. viernes 15 de diciembre de 2017
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“No hemos tenido un instante de sosiego…”

Jorge Ortiz
Quito, Ecuador

Era, es cierto, contradictorio y excesivo: en sus libros y en sus artículos, incluso en sus discursos, brotaban a raudales, sin tregua, sus lejanías y reproches al poder total. Para él, la historia de América Latina no era sino el vagar interminable de un continente entre los enconos feroces y las ambiciones sin fin de sus caudillos. “El Otoño del Patriarca” es, tal vez, la novela final sobre el poder absoluto. Y, sin embargo, no dejó nunca de ser cortesano del último dictador latinoamericano.

Jorge Ortiz
Quito, Ecuador


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Era, es cierto, contradictorio y excesivo: en sus libros y en sus artículos, incluso en sus discursos, brotaban a raudales, sin tregua, sus lejanías y reproches al poder total. Para él, la historia de América Latina no era sino el vagar interminable de un continente entre los enconos feroces y las ambiciones sin fin de sus caudillos. “El Otoño del Patriarca” es, tal vez, la novela final sobre el poder absoluto. Y, sin embargo, no dejó nunca de ser cortesano del último dictador latinoamericano. Contradictorio y excesivo. Pero, ¿cómo no recordarle, por siempre y para siempre, como ese escritor prolijo y fascinante, de ritmo perfecto e idioma impecable, que dominaba como nadie el arte de contar, con el que creó unas historias deslumbrantes y unos personajes perturbadores que serán su legado y su recuerdo eternos?

Si, Gabriel García Márquez fue un fabulador magnifico, inalcanzable, que escribió unos libros asombrosos y abismales hasta que su memoria se extravió en los laberintos sin salida de la vejez. El mundo, claro, lo llenó de premios, honores y reconocimientos, porque, además de su pluma fina y de su imaginación sin barreras, García Márquez fue un autor que se hizo querer. Quienes lo conocieron decían que había algo en él, en su calidez caribeña y en su personalidad abrumadora, que transmitía simpatía y afabilidad. Incluso quienes se sintieron traicionados por sus posiciones políticas anacrónicas reconocieron siempre en él a un ser humano intenso y vital, que contagiaba energía y ganas de vivir.

Su pertenencia a este continente fue profunda y definitiva. A América Latina la describió como “esta patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda”, donde todos, “poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada, hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación”. Reconocía, sin embargo, que entre caudillos y tiranos, entre demagogos y embusteros, “no hemos tenido un segundo de sosiego…”.

Y García Márquez fue, con sus novelas y sus cuentos, con ese realismo mágico al que elevó a alturas imponentes, el gran cronista de esta América sin sosiego. Cronista, sí, porque él fue, ante todo, periodista, ese empeño al que llegó a describir como “el mejor oficio del mundo” y del que extrajo muchas de sus habilidades para el relato fértil y fluido que impregnó todas sus obras y que hizo de él ese autor sobresaliente que pudo, como nadie, contar algo en cada frase que escribió.

Esta frase es de él, y no hace falta agregarla nada: “ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte…”.