Ecuador. lunes 11 de diciembre de 2017
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Populismo y la teoría del enemigo íntimo, según Laclau

Daniel Gutiérrez Vera
Quito, Ecuador

La muerte del pensador Ernesto Laclau nos deja apesadumbrados.  Su pensamiento potente y complejo dio luces sobre múltiples temas, antiguos y nuevos, en especial los relativos a la hegemonía política y el populismo. QEPD.

Daniel Gutiérrez Vera
Quito, Ecuador


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No hay acuerdo entre los especialistas respecto a lo que se debe entender por “populismo”.  Para unos se trata de un arcaísmo que lastra la modernidad, mientras que otros piensan que refiere a una forma de acción política cuyos medios son la demagogia y el clientelismo.  No faltan quienes dudan de que el populismo sea un objeto válido de análisis vista su indeterminación conceptual.  Hay consenso, sin embargo, en cuanto a la carga peyorativa que conlleva el término y lo espurio del fenómeno que denotaría.  La notable excepción fue la de Ernesto Laclau, quien caracterizó el populismo como una vía más de “construcción de lo político”, es decir, como un medio para establecer una frontera antagónica en la sociedad por la cual “nosotros” y “ellos” quedamos enfrentados.

Una concepción de esta naturaleza proviene de lo que el jurista nazi Carl Schmitt (1888–1985) definía como el núcleo interno de lo político: la distinción entre “amigo” y “enemigo”.  Según Schmitt, esa distinción basal es el término último al que alude lo político, de manera análoga al par “bello/feo” en estética o “bueno/malo” en moral.  La consecuencia necesaria de este planteamiento es el entendimiento de la política como conflicto permanente, como “continuación de la guerra por otros medios”, según la reformulación que hiciera Michel Foucault de la máxima del prusiano Karl von Clausewitz (17801831), pensador de la guerra.

En democracia, sin embargo, el conflicto antagónico está limitado por leyes y regulaciones que transforman los antagonistas en oponentes agónicos que respetan el encuadre legal en el que se desenvuelven sus luchas.  No obstante, las prácticas políticas bordeen muchas veces el límite de lo permitido por las leyes que la reglamentan, aunque ningún agente puede porque sí “patear el tablero” sin riesgo de desencadenar una crisis que haga imposible la interacción política e instaure el caos: piénsese en la Venezuela de nuestros días.

La lucha de oponentes agonistas no se confunde en democracia con la confrontación violenta o con la imposición arbitraria.  En este contexto, la hegemonía – siempre relativa, nunca sin fisuras – en que eventualmente se salda la contienda política, no es dominación ni control; tampoco mera coacción ni “decisionismo” autoritario de la parte de un pretendido “líder”.  De hecho, la hegemonía se consolida en connivencia con aquellos sobre los cuales se ejerce; kantianamente, éstos pueden disentir en el plano público, pero en el privado están llamados a obedecer.

De acuerdo al Gramsci de los “Cuadernos de la cárcel”, que Laclau leyó armado de una potente teoría del discurso, la hegemonía se ubica en el plano de la “dirección intelectual y moral” de la sociedad, de ahí el papel preponderante de los intelectuales en su consolidación.   Si bien lo político remite a una fractura antagónica en el seno de lo social ésta no se cerraría sino de manera transitoria cuando una nueva “formación discursiva” consigue establecerse, imprimiendo una nueva dirección a la sociedad civil.  En esta línea, podríamos concluir que regímenes como los de Cristina Fernández, Correa o el del fallecido Chávez (con su patético sucesor inclusive), figurarían más bien como regímenes coercitivos y no de hegemonía propiamente dicha.  Una dictadura no es un régimen hegemónico, por mucho que ejerza el más implacable dominio sobre la sociedad; es temor y temblor.  Su naturaleza es eminentemente a-social porque la violencia que lo caracteriza no construye vínculo social alguno sino que más bien los destruye; por el contrario, la hegemonía presupone el lazo simbólico que constituye sociedad humana como tal.

El populismo reconsiderado

En su libro “La Razón Populista” (2005), Laclau intentó una revaluación teórica del populismo, tópico de especulación sin fin entre politólogos y periodistas.  Apartándose de la descripción episódica y pintoresca que es habitual en el tratamiento del tema (Abdalá comiendo guatita en Luque y Pedro Moncayo –sic-), Laclau no nos dice sin embargo qué es el populismo como para delimitarlo al fin; lo concibe como una manera de “construir lo político”, esto es, como una forma de organizar el antagonismo.

Laclau plantea que en el populismo operan acopladas dos lógicas: una establecida por la equivalencia entre sí de reivindicaciones sociales diversas que al no ser atendidas se acumulan y causan frustración en “el pueblo”; y otra conformada por las diferencias que presenta cada reivindicación específica respecto a todas las demás.  Se asume que en el populismo se impone la lógica de las equivalencias por sobre las diferencias.

La serie de equivalencias y diferencias se articula en la figura discursiva “pueblo”, “entidad” puramente nominal (mero efecto de palabra), de la cual quedan excluidos los pelucones, la partidocracia, las “bestias salvajes” de la prensa y otros tantos male-dictos que un día nos sumieron en la “larga noche neoliberal” (a decir del Presidente Correa).  El “pueblo” no son los ciudadanos, ni los grupos sociales autónomos, ni las comunidades étnicas o “raciales”, sino una chusma, los underdogs de la tradición anglo sajona, los sans-culottes franceses, una plebe que quiere ser el populus, la ralea que se asume como la nación en su esencia.

En la perspectiva de Laclau, el proceso mediante el cual se establece una cadena de equivalencias que borra particularismos y ubica a un agente en la posición de “líder”  (que en algunos casos es más bien un “amo”, un caudillo dictador, un führer, un duce), denota el establecimiento de una hegemonía cuya herramienta es el discurso.  Precisamente, el giro fundamental que nuestro autor lleva a cabo es considerar la política como una “práctica discursiva” articulada en torno a determinados “puntos focales”; en tanto “práctica”, el discurso no es solo palabras, sino que incorpora acciones y el mundo material al cual le presta sentido.

Para resumir las tesis de Laclau: en el populismo “el pueblo” -“nosotros”, los “equivalentes”- confronta al rival antagónico “ellos”, términos polarizados que dados los aires que soplan en Ecuador bien podrían remitirnos a la “revolución ciudadana” (RC, por coincidencia que no es ninguna sino propaganda subliminal) y su némesis jurada, la “prensa corrupta”.   Sin embargo, el punto central es que “ellos” -el adversario- no son exactamente quienes contrarían mis planes, quienes me privan de la satisfacción de mis necesidades, quienes me roban el goce.  Más bien se trata de un dispositivo que hace posible mi discurso y hasta mi propia existencia.  Sin la supuesta amenaza de “ellos”, “nosotros” ni siquiera existiríamos, por eso necesitamos imaginarlos como desestabilizadores, inventarlos como golpistas, figurarlos como “periodistas-que-lideran-la-oposición”, como se lo repite una y otra vez la “señora K” a Jorge Lanata. En una palabra: espectros que permiten organizar la política en tesitura de confrontación permanente.  De paso, fantaseando enemigos agazapados en la sombra se goza, como cuando asistimos a una película de terror.

¡Qué gran rédito aporta tener un “enemigo íntimo” a quien señalar como responsable del error propio!

Ceremonia de la confusión  

Hasta aquí tudo bem, diría un brasileño.  El problema se torna crítico con el salto mortal que opera Laclau al proponer el populismo como “modelo” para la acción política “radical”.   De hecho, en su teorización el populismo es casi un sinónimo de política a secas, dado el amplio alcance de la noción y la imprecisión de sus límites.  Acciones caracterizadas como de derechas, tanto como de izquierdas, caben en esta ambigua noción.  También Mussolini y Hitler tienen allí su lugar; por ello y en vista del “aire de familia” que comparten (en especial, la polarización del espacio social y la “reingeniería” institucional que proponen), algunos críticos sostienen que los “populismos concretos” en realidad encubren fascismos.

La aleación fascismo-populismo no es ninguna novedad.  Perón tuvo claras simpatías por el Eje y una de las eminencias grises de Chávez fue el connotado neo-nazi argentino Norberto Ceresole, quien publicara en 1999 el laudatorio Caudillo, Ejército, Pueblo: la Venezuela del Comandante Chávez.  Populismo y fascismo comparten la orientación pragmática y violenta desplegada en función de la acumulación expansiva del poder hasta alcanzar el control “total”.  Como piel de zapa el espacio ciudadano se reduce y pasa a ser absorbido por un Estado tentacular que se supone recupera para si el espacio público cuando en realidad lo que hace es poner lo público al servicio de un movimiento político controlado por una nomenklatura, en cuya cima se ubica el caudillo.  Obviamente, si democracia es distribución de poderes en todos los niveles, populismo y fascismo son todo lo contrario.

Dicho esto, resultaría anodino calificar de “populista” a regímenes cuyas acciones denotan un afán autoritario sin tregua ni respiro, fascismos rampantes que intentan poner cada ámbito social bajo su vigilancia.  Más aún, si ni siquiera concordamos en qué es el populismo ¿qué sentido tiene hablar de populismos de izquierda o derecha?  Tal adición ideológica es externa al tema y no contribuye en nada a aclararlo.  Abona todavía más a la confusión hablar de “neo-populismo”, no se diga de “populismo radical”.

Es evidente que el populismo no es una ideología; pero ¿podría tratarse de una práctica “anti-sistema”, como lo creía Laclau?  Difícil admitir que una señalada “populista de extrema derecha” como la francesa Marine Le Pen sea “anti-sistema”, o que su acción política constituya algo así como una “ruptura populista”.

Entusiastamente, Laclau apoyó a regímenes como los de Kirchner, Evo, Correa y el que montó Chávez en Venezuela, que caracterizó, usando la terminología de Gramsci, como “nacional-populares”.

En verdad son “nacional-populares” estos regímenes:

–       ¿incluso si nos endeudan a niveles incalculables con esos grandes agiotistas que son los bancos chinos?… mucho peores en sus prácticas financieras que los “imperialistas del FMI” o del Banco Mundial.

–       Son regímenes “nacionales” éstos que destruyen la institucionalidad vigente –mala y endeble, nadie lo discute-  sin dar otra alternativa que no sea una pseudo-institucionalidad al completo servicio del gobernante?  De él, personalmente, como si el Estado fuera su patrimonio.

–       ¿Pueden ser calificados de “populares” estos regímenes punitivos que criminalizan a movimientos sociales y ONGs que no le son afines y arrasan la incipiente sociedad civil?

–       ¿Cabe todavía denominar “populares” a gobiernos incluyentes en fachada pero en realidad excluyentes como cualquier oligarquía, cuyo concepto de  “participación ciudadana” consiste en instrumentalizar a grupos sociales para sus particulares propósitos políticos?

–       ¿Estos regímenes hiper-estatistas fortalecen la ciudadanía autónoma, o más bien hacen de los ciudadanos meros “clientes” de dádivas y bonos que los “excelentísimos” graciosamente les otorgan?

–       ¿Es “popular” un gobierno cuya razón de ser es el poder por el poder mismo?  Nadie les puede creer que luchan por un “proyecto”, por un programa político, que a cada paso se revela sinuoso y contingente.  Su opio es el poder y lo que éste arrastra en términos de enriquecimiento fácil, prebendas y beneficios para quienes lo detentan: la boliburguesía, los funcionarios K, etc.  Tal “modelo” requiere controlarlo todo, por igual la información pública que trasmiten los medios, como las comunicaciones privadas que circulan por el internet y las redes sociales.

–       En verdad ¿es “nacional-popular”  el férreo régimen de un país lumpenizado –Venezuela- donde cada 20 minutos se comete un homicidio?  Hablar de degradación política y anomía social es mejor opción para dar cuenta de lo que está ocurriendo allí.

En fin: ¿es este un modelo de “construcción de lo político” por medios populistas? No. Eso no se sostiene de ninguna manera.  Pero si lo “popular” refiere a que los gobernantes ganan elecciones (marketing y triquiñuelas mediante), vale aclarar que la legitimidad de procedimiento que éstas les conferirían no les autoriza a cualquier cosa.  De hecho, la pierden en el momento que atropellan las leyes, sin ahorrarse aquellas que se han tallado sobre medida.

Me parece insostenible que Laclau haya formulado junto a Chantal Mouffe una propuesta de “democracia radical” que subraya la contingencia e indeterminación de toda forma de organización política, y por otro apoyara la reelección sin término de Cristina Kirchner, Correa, Evo Morales y de Chávez en su momento, quienes podrían perennizarse al mando del Estado reeligiéndose sin término, como si fueran seres dotados de alguna naturaleza excepcional que los facultase para ser “gobernantes a vida”, a imagen y semejanza del sempiterno Fidel.

Coda

Es inimaginable que un pensador como Ernesto Laclau haya considerado la reivindicación de la libertad de expresión y el fortalecimiento de las instituciones, el respeto a las personas y el derecho a un sistema judicial independiente del gobierno, como superflua si se compara con los reclamos urgentes de trabajo, salud, educación, etc., que a la par formulamos los ecuatorianos como casi todos en América Latina.  Por desgracia, algunos intelectuales europeos, norteamericanos y también de nuestro ámbito, de forma irresponsable parecen sostener tal visión y de ahí que propugnen “experimentos sociales” teóricamente mal sustentados: ¿qué significa “socialismo del siglo XXI”? ¿El populismo era el “post-marxismo” de Laclau? ¿Qué es lo que puede significar el populismo como modelo normativo para la construcción de una sociedad más inclusiva?  Mucho ruido, pocas nueces.