Ecuador. lunes 18 de diciembre de 2017
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Los testigos del holocausto

Jesús Ruiz Nestosa
Salamanca, España

Debió haber sido en su apogeo que don Héctor de los Ríos puso en escena la obra dramatizada de “El Diario de Ana Frank” con él como Otto Frank, su hija Edda como Ana, y la esposa de Benjamín Barón, entonces embajador de Israel en nuestro país, como Edith Frank. Ella, no solo una gran actriz sino además con un castellano correcto pero con un marcado acento yidish, logró darle a su personaje mayor dramatismo y un marcado realismo.

Jesús Ruiz Nestosa
Salamanca, España


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Debió haber sido en su apogeo que don Héctor de los Ríos puso en escena la obra dramatizada de “El Diario de Ana Frank” con él como Otto Frank, su hija Edda como Ana, y la esposa de Benjamín Barón, entonces embajador de Israel en nuestro país, como Edith Frank. Ella, no solo una gran actriz sino además con un castellano correcto pero con un marcado acento yidish, logró darle a su personaje mayor dramatismo y un marcado realismo. Los hijos de Edda, días atrás, donaron al Museo Judío varios de los objetos que entonces se utilizaron en su puesta en escena en el Teatro Municipal y lo mismo hizo José Luis Ardissone con la obra que él dirigió en el Teatro Latino.

El libro de Ana Frank (1929-1945) se convirtió, con el tiempo, en una obra paradigmática dentro de la literatura sobre el Holocausto, dándose la paradoja de que en ella se narran los años previos al cautiverio, donde la guerra se insinúa a través de bombardeos que se producen a la distancia, y la persecución nazi a los judíos se manifiesta en este perpetuo temor vivido en el escondite de una casa de Ámsterdam. Muy poco tiempo antes de la llegada de la liberación con las tropas aliadas, Ana Frank fue llevada con toda su familia a un campo de concentración donde murió meses después de tifus, una enfermedad frecuente en aquellos campos de exterminio. Todo esto el lector lo sabrá por lecturas posteriores, no por el “Diario…” en sí mismo. Ana Frank, una adolescente que no perdió nunca su inocencia a pesar de madurar a golpes de pánico, será siempre un símbolo imborrable de lo que nunca debió haber sucedido.

Curiosamente, una obra literaria importante de escritores que vivieron en carne propia el horror de los campos de concentración y que regresaron para contarlo, no llegó a alcanzar igual difusión. A través de muchos de esos libros no solo conocemos hoy lo que significaron aquellos lugares de exterminio, sino también el peso con el que debieron cargar las víctimas, muchas de las cuales no tuvieron el vigor necesario para seguir soportándolo. Uno de ellos fue el italiano Primo Levi (Turín, 1919-1987), autor de una trilogía conmovedora: “¿Es esto un hombre?” (1947), “La tregua” (1963) y “Los ahogados y los salvados” (1986). El primero de los mencionados no encontró editor durante varios años y a pesar de haber aparecido en 1947 por primera vez no conoció la fama hasta 1959. Levi, que ofrece una visión próxima a lo que sería un cuaderno de bitácora, dominado por frecuentes periodos de profunda depresión, terminó saltando al vacío por la ventana de su departamento de Turín. A propósito de ello, Elie Wiesel escribió: “Primo Levi murió en realidad en Auschwitz cuarenta años antes”.

El poeta rumano Paul Celan (1920-1978), al que los críticos consideran el poeta más notable de habla alemana que dio el siglo XX, tampoco soportó los recuerdos de persecución y de cautiverio, o el recuerdo de su padre muerto a causa de la enfermedad y su madre muerta de un tiro en la cabeza vencida por el agotamiento de los trabajos forzados, autor de una obra poética tan extraordinaria como “Muerte en fuga” (1948) o “Giro de aliento” (1967), decidió, una noche de abril de 1970, saltar al Sena desde el puente Mirabeau.

Uno de los pocos sobrevivientes fue el español Jorge Semprún (1923-2011), que conoció los horrores del campo de concentración de Buchenwald en el que estuvo no por judío sino por comunista. Expulsado del partido por no compartir la línea oficial de pensamiento impuesta por la dirigencia, guardó silencio mucho tiempo presintiendo que enfrentarse a tales recuerdos pondría en peligro su propia vida. No es por razones poéticas que llamó a su libro: “La escritura o la vida” en el que por fin decidió, en 1994, cincuenta años después de regresar al mundo libre, enfrentarse a aquellos años para narrarlos con el pensamiento apasionado pero también contenido, tan propio de los castellanos, su descenso a los infiernos. Debido a ellos hoy podemos conocer, en una proporción mínima, es cierto, la época más brutal que debió haber vivido Europa en toda su historia.

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* El texto de Jesús Ruiz Nestosa fue publicado originalmente en el diario ABC Color, de Paraguay.