Ecuador. lunes 11 de diciembre de 2017
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Tragedia en rojo

Juan Jacobo Velasco
Mánchester, Reino Unido

En mi opinión, existen dos tipos de tragedias: las que se esperan con antelación y las que llegan de súbito. Las diferencian las probabilidades, los plazos y la consecuente predisposición que nos permite aceptarlas, con grados distintos, o no. Alguien incluso diría que cuando se conocen con el tiempo justo ni siquiera son tragedias. Se lloran  de a poco y luego se asumen. La pena en cómodas cuotas pareciera saber mejor.

Juan Jacobo Velasco
Mánchester, Reino Unido


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En mi opinión, existen dos tipos de tragedias: las que se esperan con antelación y las que llegan de súbito. Las diferencian las probabilidades, los plazos y la consecuente predisposición que nos permite aceptarlas, con grados distintos, o no. Alguien incluso diría que cuando se conocen con el tiempo justo ni siquiera son tragedias. Se lloran  de a poco y luego se asumen. La pena en cómodas cuotas pareciera saber mejor.

La tragedia también es relativa. Para un multimillonario perder dos millones de dólares, si bien no es una noticia que alegra, se puede asumir relativamente bien. Las muertes ídem. Las pérdidas familiares dependen de la cercanía más profunda. El sentido de tragedia de no ver más a los progenitores, a los hijos, y al séquito de parientes, depende de la historia personal de cada quien y de un sistema de creencias que nos permite confiar –o no hacerlo- en un destino pos mortem determinado.

El punto es qué tan preparados estamos para asumir cambios bruscos que impliquen periodos signados por un destino menos luminoso o vívido. O simplemente distinto. Los cambios de este tipo descolocan y se convierten en un llamado a repensar. Vienen empapados de angustia, de frustración y de redefinición. Se llevan en la piel del alma como un tatuaje de significado insondable.

De esto justamente ha tenido la temporada del Manchester United. Con la salida de David Moyes del banquillo de los “reds”, se decanta la frustración vivida tras la partida de Alex Ferguson, el exitoso director técnico de los diablos rojos entre 1986 y 2013. Ferguson dejó al club de sus amores, el más ganador de Inglaterra, convertido en campeón el año pasado, para cerrar el ciclo más extenso y redituable del equipo de fútbol más rentable del orbe.

Los fanáticos del Man U. se habían acostumbrado a ganar, a disfrutar buen fútbol y a ser protagonistas.  La apuesta con Moyes apuntaba a más de lo mismo. Su paso por el Everton, club que dirigió durante once temporadas, había brindado una imagen estructurada, muy similar a la que los diablos rojos buscaban para reemplazar a Ferguson. Pero los hechos mostraron una faceta totalmente distinta. La paciencia que una fanaticada leal prodigaba a Moyes, y que se repetía en cada encuentro como un mantra gracias a cantos ad-hoc que juraban “alinearse a muerte” con el director técnico, se volatilizó cuando el destino en cada uno de los torneos en que participaron los diablos rojos tenía el mismo denominador común: mediocridad, desorientación y falta de espíritu ganador.

La sensación de cuesta abajo solo aumentaba el vértigo y la desilusión de la hinchada. Sobre todo cuando el buen juego de sus rivales de ciudad (el Manchester City) e históricos (el Liverpool) decantó en sendas derrotas por 3-0 en el mismísimo Old Trafford. El estrepitoso 4-1 en Múnich, que supuso la eliminación de la Champions a manos del Bayern, y la caída por 2-0 ante el Everton este fin de semana, y que implica despedirse de las citas continentales la próxima temporada, no hacen más que confirmar, en los resultados, el desastroso y trágico presente del Manchester United.

La tragedia se instaló en el ánimo del equipo y su gente. La salida de Moyes refuerza la necesidad que ronda en la naturaleza humana de buscar chivos expiatorios y un borra y va de nuevo que permita recuperar el espíritu y los buenos momentos vividos. Pero como nos muestran incluso los equipos organizados, la demanda de victorias puede generar un vértigo imposible de sostener,  provocando un mareo y unas caídas que se viven con muchísima pena. Y sin atisbo de gloria.