Ecuador. jueves 14 de diciembre de 2017
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Honoris Causa

Mauricio Maldonado
Génova, Italia

Escribo esta columna con el único fin de reclamar un derecho que asiste a más de una persona; esto es, el derecho a recibir un doctorado honoris causa.

Mauricio Maldonado
Génova, Italia


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Escribo esta columna con el único fin de reclamar un derecho que asiste a más de una persona; esto es, el derecho a recibir un doctorado honoris causa. Lo merece, por ejemplo, Pedro Delgado. La Universidad de Miami (ya que él vive en Miami desde que se fue a volver), podría otorgarle un honoris causa por sus logros en materia de elaboración de títulos y por su particular forma de torear y de recibir cornadas en haciendas incautadas.

Por otro lado, Jorge Glas podría recibir el mismo reconocimiento por su colaboración en la elaboración de una nueva y revolucionaria teoría del marco teórico. Entre otras muchas universidades, podría otorgarle este honor la Universidad de Aguascalientes, en su Campus del Rincón. Aunque, como dije, esta iniciativa podría nacer de diversas universidades, incluso la de la vida.

Asimismo, sería muy injusto no darle un honoris causa a Juan Paredes. Basta pensar en sus destacados logros en materia de celeridad procesal, además de sus contribuciones a la teoría de la lectura rápida y la digitación veloz. Para más abundar, dichos méritos se suman a sus aportes a las teorías del USB. Este reconocimiento podría venir de Yachay.

Del mismo modo, a Gastón Duzac se le podría otorgar tal reconocimiento ya que sus desarrollos en materia crediticia han significado un importante avance en la discusión de las ciencias financieras. Eso sí, cualquier universidad que decida otorgar este honor debería, en primer lugar, brindar las debidas garantías.

Este honor no podría negársele tampoco a Don Domingo Paredes. Esto se basaría en sus desarrollos en materia de diferenciación de formato A4 de otros formatos, por su revisión de la teoría de Montesquieu y por el éxito de su libro literario: “You only exhort on Saturday”. No debe olvidarse, por supuesto, su aporte en materia de revisión de firmas en recintos militares.

Por último, este honor se lo merece, más que cualquiera, Carlos Ochoa. Me parece que sus méritos en materia de control caricatural y de contenidos sexys no son parangonables con ninguna experiencia a nivel mundial. Al fin en Ecuador se realizan estas propuestas de vanguardia. Este reconocimiento, su honoris causa, podría otorgársele un Lunes o un Domingo, pero la verdad es que los Lunes son sexys y los Domingos son medio amarguetes. No digo que molestan hasta por el formato del papel. ¿O cómo era? En fin, yo propondría lunes: ¡shuc!

De cualquier modo, hay tanto honor en la revolución que cuarenta millones de honoris causa o de dólares no alcanzarían. Cualquiera que vulnere este honor debe pagar, tenga o no inmunidad. Por eso es que si bien la revolución merece reconocimientos, hay otros que no. Por ejemplo, no se puede realizar ningún reconocimiento a los de Luluncoto, tener posters del Che o cantar Quilapayún es peligroso (eso Gaby lo sabe, por eso manda a la gente a comer lo que le manda).

Igualmente, ningún reconocimiento que no sea ser desacreditados merecen los Yasunidos.

—¡Claro! ¿Quiénes son los Yasunidos? ¿Acaso han ganado elecciones?

—Bueno, quizá podrían.

—Pero en el formato adecuado, ¿o no has leído que la firma es diferente si no va en A4?

—¡Ah!

No, señores. No hay honoris causa posible para el ecologismo infantil. Tampoco hay honoris causa para Avecilla Libre o para su hija. No hay honoris causa porque simplemente no se puede. Los insultados, los que viven con miedo. No hay honor en eso, por supuesto. ¡Qué nos digan bien en dónde hay honor! Porque yo me estoy confundiendo. Que nos digan porque algunos limitaditos creemos que las carreteras son lindas, pero la libertad aún más. Será, quizás, porque somos así: limitados, infantiles, cómplices de la derecha internacional, de Magneto y de Tong-Po. Todo lo malo, todo lo no revolucionario.