Ecuador. lunes 11 de diciembre de 2017
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La religión y la Ciencia, ¿Antípodas del pensamiento humano?

Víctor Cabezas
Quito, Ecuador

La religión y la ciencia han librado una batalla campal durante mucho tiempo, una batalla de ideas que ha sido, en cierta medida, la continuación del largo y añejo diálogo entre el materialismo y el idealismo.

Víctor Cabezas

Víctor Cabezas
Quito, Ecuador


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La religión y la ciencia han librado una batalla campal durante mucho tiempo, una batalla de ideas que ha sido, en cierta medida, la continuación del largo y añejo diálogo entre el materialismo y el idealismo. Hace poco tiempo tuve la oportunidad de escuchar una discusión entre un pastor evangélico y un físico nuclear, discutían el origen del universo; el pastor alegaba que fue Dios el creador de todo cuanto conocemos hoy, él  propicio las condiciones adecuadas para el desarrollo de la vida tal y como la conocemos hoy en día. El físico ríe con el aire de superioridad y jocosidad que evocan las ciencias exactas, reía y postulaba el anacronismo de la idea del pastor, su imposibilidad para ser verificada y el absurdo que representa generar una creencia en base a lo dictaminado por un libro escrito hace miles de años; un libro del cual no existen evidencias que demuestren que sea representante de una verdad histórica, un libro que es un simple testimonio. El físico reía y explicaba muy brevemente el proceso de formación del universo a partir del Big Bang, el pastor observaba y buscaba la respuesta en su libro, el físico objetaba y promocionaba números y gráficos que develaban su convicción inequívoca de que se encontraba en lo cierto.

La discusión seguía y lejos de creer que me hallaba frente a las antípodas del pensamiento humano, sentí que me encontraba frente a un fondo de discusión común, frente a una identidad de contenido volitivo, los argumentos del pastor y del físico deseaban algo en común.

La verdad no puede estar a nombre de alguien, pero quien logra hacerse del discurso social que promulga la titularidad de la verdad, logra la más elevada manifestación de poder.  Tanto la religión como la ciencia buscan, a través de sus propios mecanismos, un fin común pero indecible, la adjudicación de la verdad, ergo, el poder.

Si por un lado la religión ha perdido toda validez en la prueba presentada para defender sus argumentos -toda ella recae en una  fantasía humana muy cercana a la mitomanía- la ciencia busca diligenciar  sus pruebas en evidencia empírica; esta prueba se caracteriza por representar una realidad material  asequible a través del método científico y con la virtud de ser comprobable.  Pensemos por un momento en la gravedad -una de las cuatro interacciones fundamentales- la observamos a cada instante, somos su presa, es casi imbatible. Sin perjuicio de aquello, a pesar de que distinguimos esta fuerza y la sentimos, tendríamos que ser físicos con un gran nivel académico para poder entenderla en esencia; es decir, lo que explica la ciencia, en gran medida, solo puede ser entendido por especialistas en la materia. Al ciudadano común se delega la carga de aceptarlo y seguir el discurso social de validez, veracidad e infalibilidad que los procesos técnicos como la física ostentan.

Cuando observamos el universo de aparatos, mecanismos, redes y complejidades tecnológicas a nuestro alrededor es imposible no pensar en que hoy en día el ser humano es un ente de profunda confianza en el sistema y en la atribución de infalibilidad que la ciencia, con justa causa y razón, se ha adjudicado. La mayoría de nosotros subimos a un avión sin entender en lo más mínimo su funcionamiento, legamos nuestra vida a la confianza de que los Ingenieros Aeronáuticos y el talento humano detrás de ese avión sean consistentes con los estándares de  confidencialidad que la sociedad les ha legado; vamos al médico, nos entrega una receta y la tomamos sin poseer la menor idea de los químicos y reacciones contenidos en el medicamento, lo tomamos en ciega confianza al sistema, dejamos nuestra vida a merced de aquel.

La validez de la ciencia recae en su carácter empírico, su capacidad de ser comprobado por medios racionales pero, ¿qué sucede cuando la comprensión de tales medios es tan compleja que solo puede ser entendida por un marginal grupo de la sociedad?  ¿es esta una condición que lega el manejo de la “verdad” a quienes tienen para si los recursos técnicos para entenderla? ¿Epistemológicamente, es viable saber sin comprender en esencia? Saber que existe la evolución pero ignorar por completo sus procesos esenciales ¿nos relega a la posición del beato que ilusivamente observa el dictamen de un libro como mandato divino? Más allá de los juegos de la verdad y el poder ¿en que medida la realidad es cognoscible para el ser humano?