Ecuador. martes 12 de diciembre de 2017
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La pelea es peleando

Fabricio Villamar J.
Quito, Ecuador

Supongo que muy poco debe haber sorprendido a los ecuatorianos el anuncio del Presidente de respaldar la reforma constitucional que permita la reelección indefinida de todos los cargos de elección popular.

Fabricio Villamar J.
Quito, Ecuador


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Supongo que muy poco debe haber sorprendido a los ecuatorianos el anuncio del Presidente de respaldar la reforma constitucional que permita la reelección indefinida de todos los cargos de elección popular. Se veía venir no sólo por el ambiente, o la superioridad numérica de sus adeptos en la asamblea, o la necesidad de dar una respuesta política que salve decorosamente la derrota que sufrió el oficialismo el 23F, o por la necesidad de mantener tranquilos a futuro a los estómagos agradecidos públicos o privados, o incluso para aquellos ingenuos  que todavía creen en “el proyecto”.

Tampoco causó sorpresa que hayan descalificado las firmas de los Yasunidos, ni causa sorpresa que el Consejo Electoral se demore tres meses en anunciar resultados de una elección cuando en Colombia lo hacen en menos de tres horas, ni causa sorpresa que por el abuso de recursos públicos a un ex ministro se lo sancione con tres meses de prisión, ni causa sorpresa que todo el aparataje de represión y justicia persiga a tres ciudadanos para que el querellante reciba una indemnización tan  jugosa como la que obtuvo de un banco de la capital. No, nada de eso causa sorpresa.

No sorprenderá tampoco, que los directivos de las escuálidas organizaciones políticas registradas se opongan al ánimo de reelección. No sólo no sorprenderá, sino que además carecerá de credibilidad, pues son éstos los que están en lista de espera a ver cuándo pueden ocupar el mismo sillón, el mismo poder, la misma fuerza pública, los mismos recursos naturales. Tampoco tendrán credibilidad los que causaron esto. Los que le dieron discurso y ropaje de izquierda, los que se identificaron con el discurso de las manos limpias, mentes lúcidas y corazones ardientes, los que pensaron en que no era época de cambios sino cambio de época, los que en la consulta para la aprobación de esta Constitución,  con ojos llorosos decían ¡si y mil veces sí!

Dudo que algún asambleísta del oficialismo reniegue la orden de Carondelet, so pena de ser puesto en cuarentena, sacado de listas en las apetitosas reelecciones, excluido de las migajas de la mesa del poder, la familia perdería los puestos o los contratos, les tocaría vivir como a los demás, eso sería impensable!. También dudo que la mayoría de los no oficialistas, una vez perdida la cruenta batalla legislativa, sigan creyendo en la alternabilidad como esencia de la democracia. Asumo que intentarán ellos también volver a ser elegidos.

Defender la alternabilidad requiere de entereza cívica y rigor ético, valores escasos en el cambio de época precitado.

El proceso de reforma constitucional para posibilitar la reelección indefinida requeriría consulta popular pero la sabrán evitar pues para eso nuestros representantes en la Asamblea nos dirán que ellos, voz del pueblo, voz de Dios, son los llamados a decidir,  y si Usted opina diferente, guárdese sus opiniones. Sólo puede opinar el que gana elecciones ¿le quedó claro?

Pero la pelea es peleando, no conozco otra forma.

Le apuesto a los médicos, ellos hicieron retroceder los abusos del poder. Le apuesto a los estudiantes universitarios, ellos son la vanguardia de la razón. Le apuesto a los caricaturistas, ellos se burlan del Poder del gran señor con tanta elegancia que son capaces de sacarlo de quicio. Le apuesto a los teatreros populares. Ellos tienen más credibilidad que las sabatinas, le apuesto a todos aquellos que en algún momento de éstos siete años fue perseguido o denigrado por el que pretende hacerse reelegir. Estoy seguro que la Educación para la democracia le ganará a la propaganda gubernamental.

Ésta forma de gobierno no cederá el control por la quiebra fiscal, por la sanción internacional o por la crítica cáustica de los analistas.

El correísmo sólo puede ser sepultado bajo una montaña de votos. Uno de esos, el mío.