Ecuador. lunes 18 de diciembre de 2017
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Las sucesivas muertes de Jaime Roldós

Miguel Molina Díaz
Barcelona, España

UNO

Jaime Roldós y Martha Bucaram suben a un avión y desaparecen en el cielo latinoamericano. Las nubes y la neblina rodean las piedras de una cordillera en la que un sueño se rompe.

Miguel Molina Díaz
Barcelona, España


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UNO

Jaime Roldós y Martha Bucaram suben a un avión y desaparecen en el cielo latinoamericano. Las nubes y la neblina rodean las piedras de una cordillera en la que un sueño se rompe. Los pedazos de un avión viajan a través de la historia alimentando las dudas. El estallido sonoro y final de un presidente como metáfora de tantos otros estallidos. Una muerte constante, que sucede no en un momento sino a lo largo del tiempo, como una memoria que late.

Son las 7:30pm en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona. Es la primera vez que el documental de Manolo Sarmiento y Lisandra Rivera se presenta en Cataluña. Los asistentes somos ecuatorianos, latinoamericanos y españoles.

Las luces se apagan y empieza ‘La muerte de Jaime Roldós’, el documental que ganaría más tarde el Premio del Público del festival. A pocas cuadras de distancia, paralelamente a los DocsBarcelona, una multitud protesta alrededor de la Rambla y es reprimida por los mossos (la guardia urbana). Es la sexta noche de movilizaciones por el desalojo de Can Vies.

DOS

Es el 24 de mayo de 1981. El Estadio Olímpico Atahualpa de Quito está repleto de gente. La plana mayor del gobierno presencia la conmemoración de la Batalla de Pichincha. Es una ocasión muy especial: entre enero y febrero de ese año los ejércitos de Ecuador y Perú se enfrentaron en Paquisha.

El joven presidente que preside el acto es Jaime Roldós Aguilera. Es el peor momento de su popularidad. Para afrontar los millonarios gastos militares y la crisis de los precios del petróleo y el cacao ha tomado medidas económicas muy duras para la población. Cuando sube a la tribuna y da su discurso, que sería su último, es pifiado por las multitudes.

TRES

Me es absolutamente familiar el rostro que aparece en el documental de Sarmiento y Rivera. Lo he visto durante toda mi vida. De niño, en más de una ocasión, pregunté quién era el hombre de voz robusta, indestructible, que aparecía en la televisión diciendo: “Este Ecuador amazónico, desde siempre y hasta siempre, VIVA LA PATRIA”.

No tardaron en explicarme que se trataba de Jaime Roldós. Desde entonces escuché las versiones de varios miembros de mi familia sobre aquel 24 de mayo. La mayoría se encontraba viendo el partido de futbol entre Ecuador y Chile.

Se lo cuento a Lisandra Rivera, después de la proyección del documental, y me dice que no existen en Ecuador registros en video de ese partido. Las imágenes que salen en ‘La muerte de Jaime Roldós’ fueron adquiridas en Chile.

Me llama la atención el juego macabro que es a veces la historia. Las últimas palabras del primer presidente de la democracia ecuatoriana levantan aplausos en un estadio que, minutos antes, sucumbía a los estruendosos pifeos. ¿Una concesión final a un orador que para siempre se despide? ¿Un maestro de la oratoria que por última vez se redime y conquista al público?

Intento volver a ese instante tan significativo de nuestra historia. Todo lo que está detrás de esas últimas palabras: la conspiración del general Sorroza, el Plan Cóndor, la crisis de precios del petróleo y cacao, la desesperación de quién había parido la democracia ecuatoriana y sabía que su vida corría peligro. Y todo lo que significó, simbólicamente, ese 24 de mayo: el país atento a un partido de futbol, el avión presidencial perdiéndose en los Andes, un sueño que se frustra y el llanto que comienza.

CUATRO

Somos hijos de la democracia. Crecimos viendo las cada vez más borrosas imágenes del último discurso de Roldós. No vivimos –los de mi generación– aquel suceso, aquella tragedia, aquel partido de futbol. A Roldós lo conocimos como un recuerdo que nos heredaron y que lo alimentaban por medio de relatos e imágenes.

Nuestro país es el de los años noventa, cuando las clases en la escuela se suspendían por los paros, huelgas y por los levantamientos indígenas. El tiempo que vivimos fue otro: Sixto retrocediendo mientras gritaba “ni un paso atrás”. Bucaram jurando que “la derecha ecuatoriana será la esperma derretida en la gran llama de la pasión democrática”. Una presidenta que duró tres días. La troncha y la componenda de Alarcón. Mahuad, cerebral y caótico. Un triunvirato fugaz, que desapareció con las primeras luces del alba. Noboa y los cachos colorados. Lucio, el rectificador, el edecán, el coronel de la fetidez y la desvergüenza.

Y mientras vivíamos en ese Ecuador las palabras de un Roldós que no conocimos eran una resonancia que fulguraba en lo íntimo de nuestra memoria colectiva. Una despedida que era a la vez una ética. Una ética que era a la vez una muerte tras otra.

El 24 de mayo de 1981, en un avión que cruzaba los Andes, se produjo el aborto de la insipiente democracia ecuatoriana, tal como la soñó Roldós. Una democracia como un sueño, que se estaba gestando a pulso por hombres y mujeres libres.

CINCO

La orfandad del Ecuador es, de algún modo, una manifestación más de la soledad de América Latina de la que hablaba García Márquez. El símbolo de esa orfandad es la muerte Jaime Roldós y Martha Bucaram. Entiendo, en consecuencia, profundamente a sus hijos Martha, Diana y Santiago: algo cambió para siempre el 24 de mayo de 1981.

Somos un país huérfano. Democráticamente fallido. Fatalmente jodido. La muerte de Roldós no fue un suceso solamente, es una muerte que de algún modo nos ha sucedido a todos. Algo que nos persigue y nos obliga a medirnos permanentemente.

Si pudiéramos poner la historia del Ecuador en imágenes, indudablemente, dos serían los documentales que darían el mejor testimonio de lo que es el país: ‘Con mi corazón en Yambo’ de María Fernanda Restrepo y ‘La muerte de Jaime Roldós’ de Manolo Sarmiento y Lisandra Rivera.

Dos documentales. Dos crímenes. Dos historias que a la vez cuentan la historia de una nación, sus complicidades y sus silencios. Un mismo relato que mezcla mentiras, encubrimientos, chantajes, sangre y sumisión. Muertes que al no esclarecerse se convierten en un estado social permanente, en un corazón que late, en un sentimiento nacional que de algún modo nos determina en la dimensión más grande de la memoria y del horror.

SEIS

El hilo conductor del documental es Santiago Roldós. El heredero político del padre de la democracia ecuatoriana. El Hamlet. El huérfano.

Hace algunos meses, cuando la nefasta maquinaria que desgobierna mi país comenzó a perseguir a Martha Roldós y a Juan Carlos Calderón por pensar en una nueva posibilidad periodística en tiempos de oscuridad para el periodismo, Santiago Roldós (sentado junto a Martha) dio una rueda de prensa llena de dignidad en la que apoyaba a su hermana y afirmaba que el gobierno correísta no es heredero de los ideales de Jaime Roldós. Por el contrario, Santiago afirmó que Jaime Roldós sería hoy uno de los Diez de Luluncoto, un perseguido más, un ferviente opositor.

No me cabe duda de que Santiago tiene razón. Las mentes brillantes que se jugaron por la democracia ecuatoriana eran demócratas puros y duros. Como Abdón Calderón Muñoz, el candidato presidencial del FRA asesinado por la dictadura. Y como Jaime Roldós Aguilera. Hay que tenerlo muy claro: un demócrata puro y duro sabe que la política es un asunto peligroso y lo asume como tal. Un demócrata puro y duro es un tipo que está dispuesto a jugarse el todo por el todo por la democracia.

No me cabe duda de que Abdón Calderón Muñoz, de seguir vivo, habría puesto el grito en el cielo al enterarse de que el vicepresidente del Ecuador gasta miles de dólares del erario público para instalar un jacuzzi en su oficina, so pretexto de implementar el cambio de matriz productiva, y que el presidente lo tolere y justifique. No me cabe duda de que tanto Calderón como Roldós criticarían con vehemencia las pretensiones correístas de eternizarse en el poder, sepultando el último reducto de la democracia ecuatoriana.

No me cabe duda de que lo democráticamente correcto es luchar, criticar con vehemencia, decir las cosas  por su nombre y ser coherentes con el país. No me cabe duda de que un demócrata puro y duro debe tener el valor de enfrentarse a los gigantes, por más poder que los encubra, por más que nombren a su pusilánime sistema de sumisión con el eufemismo de revolución. No me cabe duda de que hoy en el Ecuador, como en 1979, estamos llamados a ser demócratas puros y duros, como Jaime Roldós y Calderón Muñoz. Y no me cabe duda de que en este tiempo la historia de los países la hacen y la padecen los demócratas puros y duros.

Jaime Roldós Aguilera y Abdón Calderón Muñoz. Dos muertos. Dos demócratas puros y duros. Dos presencias esquivas que como polvo cósmico yacen en la atmósfera andina, en las costas del Pacífico, en la frondosidad amazónica. Dos muertes que atraviesan dolorosamente la historia nacional. Dos fantasmas que nombran todo aquello que pudimos ser y no fuimos. Dos siluetas que dibujan la ruta de lo que seremos.