Ecuador. viernes 15 de diciembre de 2017
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Luces y sombras

Juan Jacobo Velasco
Mánchester, Reino Unido

La victoria en el Giro de Italia del colombiano Nairo Quintana, el primer latinoamericano en vestir el mallot “rossa” en el podio itálico, debe ser de los hechos cuya brillantez destaca en un deporte opacado por ese monstruo de mil cabezas que es el doping.

Juan Jacobo Velasco
Mánchester, Reino Unido


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La victoria en el Giro de Italia del colombiano Nairo Quintana, el primer latinoamericano en vestir el mallot “rossa” en el podio itálico, debe ser de los hechos cuya brillantez destaca en un deporte opacado por ese monstruo de mil cabezas que es el doping. Lo del “King-tana” es particularmente llamativo, porque gana la competencia con apenas 24 años, sin haber participado previamente en esta competencia durísima y sumamente técnica, tras un accidente y un cuadro febril en plena brega, en lo que supone una progresión espectacular desde su segundo puesto en el tour de France del año pasado.

Lo más llamativo fue que a Quintana le tocó liderar un equipo por primera vez. De naturaleza sencilla, su temperamento no parecía cuajar en esas estructuras hipercompetitivas en que se convirtieron los equipos del ciclismo, aupadas por la sombra que produjo ese ángel caído que es Lance Amstrong. El tejano introdujo, junto al ahora famoso esquema de sofisticado dopaje, un control milimétrico y casi obsesivo de cada una de las maniobras de los equipos con los que llegó a conquistar, de manera fraudulenta, siete “Grandes Boucles”. Las dudas sobre el dopaje siempre flotarán en el ambiente, pero la impronta que condiciona la exigencia y el control de los equipos y que llegó para quedarse en el ciclismo, presupone un tipo de liderazgo particularmente incisivo.

Por eso la presencia del colombiano es un aire de frescura. Sin pretensiones y con un bajo perfil, marca su presencia a base de unas condiciones innatas excepcionales que le permiten destacarse tanto en los escarpados ascensos como en las pruebas de velocidad. El suyo es un liderazgo netamente inspiracional y de un profesionalismo, que por su temprana edad, se agradece por la luz que emana. Ojalá con Quintana haya quedado para quedarse una renovación tan necesaria como urgente en un exigente y hermoso deporte, marcado a fuego por la sospecha y las decepciones.

De sospechas y decepciones tienen, y mucho, las denuncias sobre los supuestos sobornos que habría realizado Qatar para hacerse con la sede del Mundial de Fútbol de 2022. Más allá de las documentadas pruebas que ponen en evidencia un sistemático y jugoso esquema de compra de voluntades de los delegados que votaron a favor del país asiático, lo cierto es que la lógica mínima, amparada en la decisión de la comisión técnica de la FIFA, y la ausencia de historia futbolística de ese ignoto país, abonaban demasiadas sospechas y la sensación de que el olor nauseabundo que hace rato se instaló en el ente rector del fútbol, puede llegar a cotas sin precedentes.

Y es que hasta parece resultar normal observar y confirmar que el juego de intereses que genera abundantes tajadas sin recibo, es el patrón consustancial de la organización del fútbol a nivel global. De eso sabemos en la región. La investigación que por obtención fraudulenta de comisiones en la televisación del fútbol obligó a la renuncia del sempiterno jefe de la Conmebol, el paraguayo Nicolás Leoz, y al fin de cualquier conexión con el deporte del ex cabeza de la FIFA, Joao Havelange y de su ex yerno, Ricardo Teixeira, ex presidente de la Confederación Brasileña de Fútbol, son solo la punta de un iceberg de corrupción cuyo espesor y profundidad resultan incalculables.

Lo curioso es que estas y otras muchas denuncias y la comprobación de las mismas apuntan a innumerables cabezas y, en consecuencia, a ninguna en especial. El problema es tan sistemático y arraigado que la gente prefiere taparse la nariz con tal de continuar viendo los partidos. Cuando estamos a las puertas de la Copa Mundial de Brasil, junto con las reflexiones internas en ese país, cabe hacer otras en torno a cómo funciona la FIFA y si los países –sus dirigencias, equipos e hinchas-, por más motivados que están por participar y jugar en la máxima cita deportiva, deben bloquear su sentido del olfato ante un olor que, en la cabeza, llega a limite inaguantables.

A la postre, se necesita enfrentar a eso que está podrido porque tarde o temprano, nos envolverá irremediablemente a todos.