Ecuador. jueves 14 de diciembre de 2017
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Reelección y Poder Absoluto

Fabricio Villamar J.
Quito, Ecuador

Si bien la memoria política de los ecuatorianos suele ser frágil y por ello vamos tropezando cíclicamente con la misma piedra, me ha venido a la mente el recuerdo de Bucaram en su campaña para la presidencia hace 18 años cuando desde las tarimas gritaba: “¡tú me das tu voto, yo te doy una escuela! ¡Tú me das tu voto, yo te doy un hospital!”.

Fabricio Villamar J.
Quito, Ecuador


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Si bien la memoria política de los ecuatorianos suele ser frágil y por ello vamos tropezando cíclicamente con la misma piedra, me ha venido a la mente el recuerdo de Bucaram en su campaña para la presidencia hace 18 años cuando desde las tarimas gritaba: “¡tú me das tu voto, yo te doy una escuela! ¡Tú me das tu voto, yo te doy un hospital!”.

Recordé esto porque los parecidos que encuentro entre “El loco que ama” y el Pretendiente a la Reelección desnudan la práctica clientelar de la política de quienes detentan el poder, pero además la implícita anuencia que los votantes damos para que se considere que los recursos públicos se manejen como si fueran propiedad del que ganó las elecciones. Tú me das tu voto, yo te doy lo que digan las encuestas que te debo ofrecer.

La ampliación de la voluntad del Presidente a fin de que la enmienda constitucional no sólo permita la reelección sino que amplíe sus facultades y competencias, en pocas semanas más se convertirá en una campaña sostenida en los medios de comunicación, afirmando que para darnos más escuelas del milenio necesita esos cambios. Lo mismo hizo el 2011, cuando pidió que confiemos en Él y en su reforma a la Constitución en materia jurisdiccional, ofreciendo acabar con la delincuencia.

En la práctica, con la justicia en sus manos, se sancionó a los jueces que se atrevieron a fallar en contra del Estado, se ha perseguido a Cléver Jiménez, a Mery Zamora, a Alejandra Cevallos, y a todo aquel que, según los comensales de Carondelet, haya estado ligeramente relacionado con la poco creíble versión del golpe blando a la dictasuave el treinta ese.

La Constitución de Montecristi, en su artículo 264, enumera las competencias exclusivas de los gobiernos municipales, entre éstas, en el numeral 7, las de planificar, construir y mantener la infraestructura física y los equipamientos de salud y educación, así como los espacios públicos destinados al desarrollo social, cultural y deportivo, de acuerdo con la ley.

A nivel nacional, son pocos los gobiernos locales que han invertido en educación. El Municipio de Quito lo hace desde hace más de 120 años, es decir, desde antes que exista Ministerio de Educación. Anualmente se destinan más de treinta millones de dólares para mantener los establecimientos educativos y sus docentes, sin que se reciba del Estado un centavo para ésta competencia.

¿Por qué debería mantenerse en manos de los gobiernos locales la facultad de construir establecimientos educativos y de salud? Simple. Porque son los municipios los que saben hacia dónde crece su población. En Quito, la tasa de crecimiento poblacional más alta se da en Calderón, Quitumbe y las Parroquias sur orientales. Sin embargo el gobierno construyó una unidad educativa del milenio en la parte alta de Las Casas, en el centro noroccidental de la ciudad, cuando lo lógico era construir estos equipamientos cerca del lugar de residencia de los alumnos.

El ánimo concentrador del gobierno actualmente no le permite al Municipio de Quito nombrar los rectores de sus propios colegios ¡pues la rectoría de la educación le corresponde al Ministerio! Cosas de la revolución.

Si pasa la enmienda como se la plantea, los municipios no podrán construir ni escuelas ni hospitales pero el Ejecutivo sí. El Gobierno Central podrá además intervenir en canchas barriales, plazas, teatros, y todo lo que a su parecer sea espacio público, lo cual resultará rentable, no sólo electoralmente hablando.

El Presidente quiere competencias que no tenía, pero además quiere los votos que conseguiría con el uso de ésas competencias.

El objetivo es claro. No sólo es la reelección, sino el poder absoluto por tiempo indefinido.

Las similitudes con las que comencé este artículo no debieron ser con Abdalá, sino con Stalin.