Ecuador. domingo 17 de diciembre de 2017
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Brasil 2014, las cifras incómodas

Víctor Cabezas
Quito, Ecuador

Pocos ejemplos tenemos en la humanidad de una fiesta que logre generar un furor colectivo, un sentimiento de pertenencia y felicidad instantánea; pocos ejemplos hay de un evento capaz de mover multitudes hacia los gritos y la algarabía, pocos sucesos tienen la fuerza para revelar masivamente la debilidad del ser humano por el ánimo de victoria, honor y defensa de su identidad.

Víctor Cabezas

Víctor Cabezas
Quito, Ecuador


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Pocos ejemplos tenemos en la humanidad de una fiesta que logre generar un furor colectivo, un sentimiento de pertenencia y felicidad instantánea; pocos ejemplos hay de un evento capaz de mover multitudes hacia los gritos y la algarabía, pocos sucesos tienen la fuerza para revelar masivamente la debilidad del ser humano por el ánimo de victoria, honor y defensa de su identidad. El Mundial de Fútbol se ha convertido en una peregrinación necesaria para la moral y el sentimiento de pertenencia del ser humano, se ha convertido en un rasgo de identidad colectiva. Sin duda presenciamos un “mega evento” con comodidades y lujos que se encargan de dibujar un oasis en el desierto sobre el cual se puede vivir un “nirvana” instantáneo, el “réquiem para un sueño” escrito en tono de gol .

Pero desafortunadamente la realidad es mucho más cruda, más fuerte y más antagónica que el furor colectivo fruto de la fiesta del balón. Brasil es uno de los países más desiguales del mundo, donde un privilegiado 10% concentra más del 40% de la riqueza total del país. Esta inocultable e incomodísima realidad social se ha contrastado vergonzosamente con las opulentas cifras que se han desembolsado para la fiesta del fútbol; la preparación logística que ha ejecutado Brasil este certamen ha generado un total de inversión cercano a los 11.520 millones de dólares.

Rio de Janeiro se ha convertido en una ciudad capital para la realización de eventos en Sudamérica, para el presente Mundial se han invertido 400 millones de dólares en la readecuación de la catedral del fútbol brasileño, el Estadio Maracaná. Al lado del estadio se erigen a paso apresurado los nuevos y gigantescos parqueaderos, para lo cual más de 600 familias que han sido expulsadas de sus hogares, justo a su lado transitan las góndolas del nuevo teleférico construido para que los turistas hagan sightseen de la ciudad, para esto se han retirado 150 familias de la Fabela de Providencia. Los desplazamientos humanos en razón de las construcciones mundialistas reflejan una dolorosa realidad social, 200 mil brasileños han sido desplazados por motivos de seguridad e infraestructura. Lo que es peor, las cifras nos dicen que ninguna de esas familias desplazadas para la construcción de una obra pública podrán beneficiarse directamente del Mundial ninguna podrá entrar a los lujosos estadios, ni acompañar a la verdeamarela en un partido, la entrada costaría lo que en promedio ganan al mes.

Las bellas playas de Fortaleza, en el Estado de Ceará han sido comparadas con el paraíso. Anualmente los turistas copan una creciente industria turística y hoy el Estadio de Castelao se perfila como uno de los escenarios futbolísticos más modernos a nivel mundial. Sin embargo ni los goles, ni los gritos que acontecerán en el Castelao podrán silenciar una vergonzosa realidad; se invirtieron 150 millones de dólares en su remodelación, esta cifra es aproximadamente la misma que el Estado ha invertido en escuelas en los últimos 10 años. En esta misma ciudad, así como en las otras ciudades sede, se han registrado numerosas denuncias de ONG’s y Organizaciones de la Sociedad Civil en relación a la creciente ola de desapariciones y asesinatos a indigentes y niños de la calle, en una aparente campaña de “limpieza social” con el objeto de mostrar un inexistente e ilusorio Brasil celestial; estas denuncias han sido invisibilizadas ante la captura mediática que ha tenido el carnaval del gol en Brasil.

Cuando llega el medio tiempo de cada partido, los canales de televisión transmiten un demo donde se observa a un niño de tez morena –en apariencia humilde- pateando un balón, con ojos esperanzadores y llenos de júbilo. Es muy triste saber que ese niño, estadísticamente, jamás podrá acceder a uno de los lujosos estadios construidos para el Mundial. Aunque la FIFA trate de ocultar los vicios estructurales del evento haciendo una producción televisiva que aparente pluralidad, accesibilidad y democratización en la fiesta del gol, la realidad es que el Mundial es uno de los tantos focos de desigualdad en el planeta.

Con este breve análisis no pretendo –ni lograré jamás- persuadirlos de ver el fútbol con otros ojos; es el deporte más bello y emocionante, el Mundial es el evento más esperado, una verdadera fiesta de la humanidad. Pero todo aquello no quita ese incómodo tinte de injusticia social que se esconde tras los lujosos estadios, los aeropuertos y el oasis paradisiaco que la FIFA pretende, y lo que es peor, consigue dibujar cada cuatro años cuando llega la añorada algarabía del gol.