Ecuador. viernes 15 de diciembre de 2017
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Bancafobia

Gonzalo Orellana
Londres, Reino Unido

Lo reconozco, acabo de inventar la palabra, pues no existe en la larga lista de fobias descritas por la psiquiatría tal patología como la fobia a los bancos. Sin embargo mirando la actitud del actual gobierno ecuatoriano, quizás habría que pensar en incluirla, y aún más importante, en cómo tratarla.

Gonzalo Orellana
Londres, Reino Unido


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Lo reconozco, acabo de inventar la palabra, pues no existe en la larga lista de fobias descritas por la psiquiatría tal patología como la fobia a los bancos. Sin embargo mirando la actitud del actual gobierno ecuatoriano, quizás habría que pensar en incluirla, y aún más importante, en cómo tratarla.

Desde el inicio de su gobierno, Rafael Correa ha identificado a la banca como su enemigo. Lastimosamente, no es el único político que considera a la industria financiera como el eje de todo lo malo, y lo que es aún más triste, es que una parte de la sociedad está de acuerdo con esta idea. Que segmentos de la sociedad tengan una imagen negativa de la banca es grave, pero es más grave aún que quien está llamado a supervisarla tenga dicho sesgo.

Hace casi dos años, el gobierno decidió que la banca ganaba demasiado dinero, como si el ser rentable fuera un delito. ¿Quién determinó qué es demasiado? ¿Como se calculó dicho “exceso”? O ¿Como se comparaba dicha rentabilidad con la de otros sectores de la economía? No importó, simplemente ganaban demasiado y había que corregirlo. En el camino se tomaron algunas medidas comprensibles como el que ciertos servicios fueran gratuitos para el consumidor, pero también medidas absurdas como cobrar IVA a los servicios financieros y que quien deba responder por dicho impuesto sea el banco y no el consumidor.

Con el nuevo código monetario y financiero, el gobierno pretende corregir algunos de los “malos comportamientos” de la banca privada, como es prestar a plazos cortos y enfocarse en segmentos de negocio rentables pero a opinión del gobierno, poco útiles para el crecimiento del país. El problema de este código es que el gobierno ataca las consecuencias y no se fija en las causas del comportamiento de los bancos. Por ejemplo, la acusación de que la banca privada presta a plazos muy cortos es parcialmente cierta, pero el problema de fondo es que la banca privada no tiene opciones de financiamiento a largo plazo; la mayoría de sus fondos provienen de los depósitos, que son a la vista o como máximo a plazos de entre 1 y 3 años. Un banco que tiene obligaciones con plazos menores a 3 años no puede prestar a plazos de 10 o 15 años. Una solución a este problema está en desarrollar el mercado de bonos local, en el que los bancos podrían tomar prestado a plazos largo y prestar a esos mismos plazos. Otra solución podría ser que los bancos recurran al mercado internacional donde hay suficientes inversores que invierten al largo plazo; ahora que Ecuador volvió al mercado de capitales esta opción es más realista.

El gobierno también ha acusado de conservadurismo a los bancos, de enfocar sus préstamos en el segmento de créditos de consumo o tarjetas de crédito. Una vez más el gobierno no se equivoca del todo, pero es incapaz de ver la causa. En un entorno en que no existe un prestamista de última instancia, como era el Banco Central antes de la dolarización, es absolutamente normal que los bancos opten por el conservadurismo. La dolarización no cambió únicamente la moneda con la que trabaja la banca, sino que también implantó una política de prudencia pues los bancos saben que en caso de tener problemas, están solos. La intención del gobierno de utilizar el Fondo de Liquidez para otra cosa que no sea servir como último recurso en caso de presentarse problemas, sólo va a forzar a que exista más prudencia por parte de los bancos, un claro ejemplo de que el remedio es peor que la enfermedad.

La banca ecuatoriana a lo largo de la última década ha dado pasos importantes en términos de solvencia, gestión, tecnología y rentabilidad, ¡sí rentabilidad! aquella palabra que tanto disgusta al gobierno. Y, aunque es cierto que hay aspectos por mejorar: costos operacionales muy altos, los plazos a los que presta son demasiado cortos y debe continuar bancarizando a los ecuatorianos que todavía no lo están, la realidad es que los continuos ataques al sector por parte del gobierno son equivocados y peligrosos. No se me ocurre ningún otro país en el que las máximas autoridades económicas califiquen a las instituciones financieras de “vampiros” o de “jugar a la lotería con el dinero de los depositantes”.

De la misma forma en que un médico realiza exámenes para determinar porque un paciente tiene fiebre, antes de actuar, el gobierno debería analizar el entorno y las condiciones en que opera la banca antes de tomar medidas. La industria financiera ecuatoriana tiene margen de mejora y todos queremos una banca que colabore con el desarrollo del país, pero las medidas incluidas en el Código Monetario lejos de contribuir a hacerlo, plantean riesgos importantes. El gobierno acertadamente señala que no hay nada más dañino que tener instituciones financieras no reguladas, pues debería saber que la mala regulación es casi igual de peligrosa.