Ecuador. miércoles 13 de diciembre de 2017
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Fantasmas de sangre

Hernán Pérez Loose
Guayaquil, Ecuador

La decisión del presidente Vladimir Putin de anexar Crimea a Rusia, su muletilla de que el resto de Ucrania debe seguir el mismo destino, la escalada de tensiones bélicas en la frontera de ambas naciones y la saturación del discurso nacionalista por parte del Kremlin, ha despertado en Ucrania y, en general, en Europa del Este fantasmas de un pasado que parecía enterrado para siempre.

Hernán Pérez Loose
Guayaquil, Ecuador


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La decisión del presidente Vladimir Putin de anexar Crimea a Rusia, su muletilla de que el resto de Ucrania debe seguir el mismo destino, la escalada de tensiones bélicas en la frontera de ambas naciones y la saturación del discurso nacionalista por parte del Kremlin, ha despertado en Ucrania y, en general, en Europa del Este fantasmas de un pasado que parecía enterrado para siempre. Los fantasmas de la expansión y dominación rusa. Tiempos llenos de irracional brutalidad y ferocidad que al parecer han interrumpido el sueño de millones de europeos. En su obra Tierras de sangre. Europa entre Hitler y Stalin (Edit. Galaxia Gutenberg, 2011), el historiador Timothy Snyder documenta con un admirable rigor académico los horrores que debieron soportar esos pueblos bajo los planes de colectivización agrícola impuestos por Stalin.

Uno de los episodios más trágicos tuvo lugar en la Ucrania soviética entre 1932 y 1933. Durante esos años, el gobierno soviético creó artificialmente una hambruna de inmensas proporciones que provocó la muerte de alrededor de 3,3 millones de personas. El origen de semejante crimen fue la política soviética de fijarles a los agricultores ciertas cuotas, generalmente bien altas, de producción de granos, y en el evento de que esos niveles no eran alcanzados, Moscú procedía a sancionarlos confiscándoles todos sus productos agrícolas. Con la ayuda de activistas comunistas locales, las fuerzas de seguridad soviéticas irrumpieron en los mencionados años en las fincas del este de Ucrania para buscar minuciosamente todo alimento y herramienta de cultivo que pudiesen existir, y llevárselos consigo. Los pueblos castigados fueron luego aislados, bloqueándoles toda vía de comunicación. La muerte por hambruna fue degradante.

Tal como consta en los informes enviados a Moscú por las autoridades locales, los campesinos luego de comerse a los roedores y mascotas domésticas terminaron matándose entre sí para alimentarse, haciéndolo primero con los más débiles como niños y ancianos. Con el correr del tiempo los sobrevivientes morían por inanición, enloquecidos y reducidos a vivir como animales. Cuando los soviéticos enviaron campesinos rusos para repoblar las zonas, no fue fácil eliminar los olores nauseabundos que salían de ellas. Otro hecho trágico ocurrió en 1940 cuando más de 21 mil polacos prisioneros fueron ejecutados una vez que los nazis debieron abandonar Polonia. Muchos eran oficiales del Ejército polaco que habían sido apresados por los alemanes y otros eran científicos y profesionales que habían sido obligados a trabajar para los nazis. Stalin ordenó que fueran asesinados uno por uno, una operación que tomó varios días.

Aquellos que quieren justificar el reclamo de Putin de retomar control sobre Ucrania y otras naciones vecinas con el argumento de que toda esa geografía fue siempre parte de Rusia, olvidan que en realidad fueron sociedades esclavizadas por un sistema inhumano, colectivista y brutalmente violento. Hace veinticinco años por estos días todas esas naciones lograron liberarse de la dominación soviética. La mayor parte de ellas forma ahora parte de la Unión Europea y del tratado de la OTAN. Algo que Putin considera como una gran derrota.

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* Publicado originalmente en el diario El Universo.