Ecuador. jueves 14 de diciembre de 2017
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León y Rafael: hombres que amaban el poder

Miguel Molina
Quito, Ecuador

Eran cerca de las 9h50 de la mañana del 16 de enero de 1987 cuando el vicepresidente de aquel entonces, Blasco Peñaherrera, recibió una noticia que conmocionaría al país: “’¡Le han secuestrado al señor presidente!”.

Miguel Molina
Quito, Ecuador


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Eran cerca de las 9h50 de la mañana del 16 de enero de 1987 cuando el vicepresidente de aquel entonces, Blasco Peñaherrera, recibió una noticia que conmocionaría al país: “’¡Le han secuestrado al señor presidente!”. León Febres Cordero, el hombre de ego descomunal y carácter imponente que gobernaba el Ecuador se encontraba doblegado por sus raptores al interior de la Base de Taura. Todo comenzó cerca de un año antes cuando, el 8 de marzo del 86, el general de la Fuerza Aérea, Frank Vargas Pazzos, se sublevó contra el gobierno. La rebelión fue controlada y Vargas fue juzgado por la corte militar, por cuanto se encontraba detenido. Los captores de Febres Cordero exigían la liberación de Vargas y el perdón a todos los que participaron en el Taurazo.

Ese, sin duda, fue el momento más peligroso que afrontó Febres Cordero en los 4 años de su gobierno. Un instante que, inevitablemente, marcó el rumbo de su administración y de su carácter. Tantos años después de aquel suceso me he dado a la tarea de reflexionar sobre todo lo que fue el Taurazo y en las similitudes que comparte con el 30-S: el peligro institucional, el drama y nerviosismo social, los 5 muertos de Taura en 1987 y los 4 de las inmediaciones del Hospital de la Policía en el 2010. Por medio de ese contraste descubro una historia oculta: la de dos hombres que amaban el poder.

Esos dos momentos marcaron, traumáticamente, el devenir histórico de dos hombres, de dos gobiernos y de la historia del país. Las diferencias, en ese sentido, son más de orden anecdótico. Mientras Correa desafiaba, abriéndose la camisa, a que lo mataran porque, pensaba, “primero muerto que perder la vida”, Febres Cordero, lloroso y con el orgullo hecho añicos, firmaba los documentos que le exigían sus captores y exclamaba: “¿Qué más quieren que firme?”

Resulta impresionante la simetría que forman, a través de la historia política, las figuras de Correa y Febres Cordero. Las similitudes van mucho más allá de esos dos momentos peligrosos a los que ambos resistieron. Es una simetría que tiene que ver con su estilo de caudillos, su visión del derecho penal, la actitud de ambos respecto de las otras funciones del Estado, en fin, su concepción de sí mismos.

Cierto es que en los últimos años de la vida de Febres Cordero tuvieron ocasión de enfrentarse. Correa recibió los embates del ex dueño del país desde que fue ministro de economía de Alfredo Palacio. Y todo el operativo para destruir a la partidocracia y su sistema podrido era, en realidad, un combate para destronar y sustituir a su patriarca supremo: León.

Pero ahora, con la claridad que permite el tiempo, pensar que el fantasma de León se pasea por los pasillos de Carondelet sonriente y orgulloso, no es tan descabellado. El correismo es la versión posmoderna y pop del viejo estilo socialcristiano. Correa no necesitó enviar tanques a rodear a la Corte Suprema, como Febres Cordero, para imponer su voluntad sobre la función judicial. Ahora los métodos son más sofisticados y, por tanto, efectivos: el control de la justicia es a través de las leyes y del cheque en blanco que la población le dio a Correa en la Consulta Popular del 2011, para “meter la mano en la justicia”.

Y las similitudes siguen: León, cuando fue alcalde de Guayaquil, realizaba una rueda de prensa los jueves para vomitar sus órdenes a todo el territorio nacional y responder, eufóricamente, a sus opositores. Correa lo hace los sábados. Febres Cordero, neoliberal, era partidario de una economía que concebía a los mercados y capitales desde una postura ortodoxa, conservadora y prudente. Rafael Correa, si bien su discurso político está alineado con muchas de las economías colapsadas y fracasadas del continente, es conservadoramente pragmático: he allí, para corroborarlo, el acuerdo comercial con la Unión Europea, la celebración por la línea de crédito abierta en el Banco Mundial o el modelo extractivita que destrozará el Yasuní.

Durante el correismo y por iniciativa de ellos, se aprobó el nuevo Código Orgánico Integral Penal, el más socialcristiano de los cuerpos normativos. Eran ellos, los socialcristianos, quienes habían propugnado durante décadas en el Congreso la necesidad de fortalecer el poder punitivo del Estado para que delincuentes, violadores y asesinos no se paseen libres por las calles sino cumplan altísimas penas en la oscuridad de las prisiones. Jamás creyeron ni les importó la rehabilitación social. Fueron represivos y profesaron la represión como una forma o modelo de gobierno. Y ahora, incomprensiblemente, el eco de sus berrinches han sido receptados y acatados por un gobierno que dice combatirlos.

Y en esto de la represión como modelo de poder también se han sofisticado en cuanto a los procedimientos. Ahora los policías que reprimen la protesta social usan escudos, quizás en broma, que dicen: “Soy policía y también soy padre”. Pero lo cierto es que León hubiera recibido con enorme felicidad la noticia del enjuiciamiento y la prisión ordenada contra los Diez de Luluncoto, los Doce del Central Técnico (destructores de la sagrada propiedad privada) y, sobre todo, contra los tirapiedras de ese colegio que, a su criterio, era cuna de guerrilleros: los estudiantes del Mejía. Ni hablar de los dirigentes sociales perseguidos. La criminalización de la protesta social es la más socialcristiana de las políticas públicas.

Por eso resulta inconcebible ver, entre los correistas, a Mireya Cárdenas y a una inefable asambleísta peliroja, cuyo nombre prefiero no acordarme, junto al hombre duro del correismo y ex colaborador de Febres Cordero: el abogado Alexis Mera. Resulta inconcebible, sobre todo, por la desmemoria, por la incoherencia, por la enfermedad que es el poder a la hora de enceguecer a sus beneficiarios. Es lo ilógico y lo ridículo de esta historia de similitudes.

León Febres Cordero, guayaquileño, de origen no solo burgués sino oligarca, de prepotencia descomunal y autoritarismo feroz, destruyó las aspiraciones de su delfín político, Jaime Nebot, la noche que, desorbitado por la euforia, exclamó que por el PRE solamente votan prostitutas, ladrones y mariguaneros. Rafael Correa, guayaquileño, de clase media pero ahora acostumbrado a los lujos, de prepotencia descomunal y de autoritarismo incontenible, cayó en un exceso parecido, pero sofisticado, cuando amenazó a los quiteños que no votar por Augusto Barrera pondría en peligro la continuidad de la revolución. Pero la revolución ciudadana no es otra cosa que el retorno o la restauración de León o del fantasma de León, en su versión hipster y tecnocrática, en su dimensión descarnadamente conservadora y machista.

Ese estilo autoritario, de dueños y señores de hacienda, ha evolucionado en uno mucho más efectivo: de tecnócratas emocionales, chabacanos, mesiánicos y populistas. Detrás de ambos estilos el hilo de la prepotencia configura una visión del mundo. Las distancias ideológicas, es decir, la divergencias de sus discursos, pierden importancia ante lo que realmente profesan: su adoración al poder y su comprensión de la vida a través del poder. Entregados a la tarea inexorable de labrar el destino del paisito al que le han dado tanto, encontraron en el poder aquello que ha de justificar su existencia. Y esa fue su obsesión, su ceguera, su maldición. Y así han de pasar a la historia. León y Rafael: los hombres que amaban el poder.