Ecuador. domingo 17 de diciembre de 2017
  • Seguir en Facebook
  • Seguir en Twitter
  • Seguir en Google+
  • Seguir en YouTube
  • Seguir en Instagram
  • Seguir en LinkedIn

La libertad en el Arte

Maríasol Pons Cruz
Guayaquil, Ecuador

La “movida cultural” en Guayaquil demuestra un espíritu de exploración y crecimiento disponible para todos.

Maríasol Pons Cruz
Guayaquil, Ecuador


Publicidad

La “movida cultural” en Guayaquil demuestra un espíritu de exploración y crecimiento disponible para todos. Habiendo vivido mucho tiempo en el exterior me encuentro redescubriendo esta ciudad donde nací y que quiero profundamente.

En los últimos meses he tenido la oportunidad de visitar varias exposiciones en el Museo Municipal. Pude ver la obra “Habitación 42” (Memoria olvidada), un monólogo espeluznante por la carga histórica de la trama y por la increíble actuación de Alejandro Fajardo. Así también acudí a ver Cirkopolis (Cirque Eloize), una mezcla de danza, teatro y circo que presenta una ciudad industrial súper gris cuyo sistema elimina la individualidad de sus miembros. Ellos se rebelan contra el sistema y sus límites exagerados a través del color y acrobacias, generando así, un sin fin de reflexiones acerca del tipo de vida que construimos en función del sistema donde nos dejamos enmarcar.

El Microteatro en el barrio Miraflores me pareció un espacio cálido de obras cortas –de 15 minutos cada una para un público pequeño- que se presentan simultáneamente en distintos espacios. La obra Vis a Vis dirigida por Jaime Tamariz me dejó emocionalmente impactada por un par de días. En otra obra corta, un hombre vestido de mujer representaba brillantemente a una dama bastante trastornada cuyo desasosiego me conmovió confusamente y algo que dijo se me quedó en la mente: “donde hay tres sobran dos y falta uno”.

La obra dirigida por Luisa Cuesta –Crímenes de Humor y Horror- me hizo reír a carcajadas así como callar del espanto porque logra espacios de humor entre las historias horrorosas de gente normal que comete crímenes pavorosos. Así también, acudí al bar Barricaña en su miércoles de teatro a ver un monólogo que hacía mi amiga Verónica Ycaza, entre otras piezas que presentaba el grupo La Casa Clandestina. Ella presentaba, disfrazada de hombre, las reflexiones de un hombre mayor acerca de la actitud victimizada que tienen ciertas personas frente a la vida en el sentido de quejarse y no hacer nada al respecto del acontecer en su contexto. Gritando profirió: “¡Habrá que enfrentarse al mundo!” y eso desató en mí una visión cristalina de cómo esta actriz es una persona valiente que se expone a los juicios más antipáticos con tal de transmitir un mundo de ideas y sentimientos, porque eso es lo que le gusta y lo que ella escoge ser.

Recomiendo todo lo que he mencionado aún cuando algunas ya no están disponibles. Quisiera poder hablar más sobre las obras pero no soy crítica de arte y menciono solamente parte de las obras a las que asistido, como simple espectadora que soy, por límite de espacio y con el fin de incorporarlas en una reflexión ulterior.

Los movimientos culturales demuestran la necesidad y la destreza de sus miembros de expresarse, de transmitir y de ser sensibles. Detrás de las representaciones existen un infinito de exploraciones que van desde las reflexiones más profundas acerca de la vida o la historia así como la ironía en una comedia o las notas melancólicas de un violín. Los artistas comparten generosamente su sensibilidad y los espectadores respondemos con risas, lágrimas o silenciosas reflexiones. Es fundamental vislumbrar que, a demás de presentarnos sus destrezas, los espectáculos culturales son un fiel reflejo de lo que pasa en una sociedad. Una sociedad que crea, es una sociedad que avanza.

Encuentro en estos espacios una bocanada de aire que me refresca y me aparta del contexto asfixiante del noticiero, de los controles, de los juicios de moral de las mentes inquisidoras y de las malas vibras en general. En estos espacios, se respira libertad, aquí se discrepa o coincide con respeto. No se trata de imponer gustos ni ideas sino de que cada cual rescate de lo que ve, algo que le guste y que quiera llevarse al baúl de su mente. Se trata de que la gente se divierta, se entretenga, aporte con su presencia y que, a su vez, genere ideas. Vivir esa experiencia me hace reconectar con mi ser y me lleva a recordar lo bien que se siente vivir en libertad. Léase libertad como la capacidad de escoger y tolerar partiendo de la premisa de que mi derecho termina donde comienza el del otro y que, en general, todos somos buenas personas y la excepción es quien no lo es.

Agradezco a quienes crean espacios como los que he mencionado así como a quienes apoyan a sus creadores pues enriquecen a quienes participamos de ellos y son un aporte grandioso a la sociedad en general. Ellos promueven cultura ya sea en una obra de teatro, es un concierto de música clásica, en un show flamenco transmitido en un cine, en un ballet clásico, en la impresión de un libro, en una exposición de cuadros, etc. y esa cultura es motor de crecimiento colectivo.

Me encanta mi ciudad con su espíritu de libertad. ¿Qué tal si vivimos un poco más de esta realidad en nuestra cotidianeidad, practicando la libertad, la creatividad, el respeto y la generosidad en un marco de tolerancia y empatía aún cuando ello signifique ir contra la marea? Pues entonces, habrá que enfrentarse al mundo tal y cual somos; sin ser víctimas de nadie sino dueños de nuestros pensamientos y sentimientos. Haciendo conciencia que la sala del teatro donde nos tocó el rol siempre tiene audiencia.