Ecuador. martes 12 de diciembre de 2017
  • Seguir en Facebook
  • Seguir en Twitter
  • Seguir en Google+
  • Seguir en YouTube
  • Seguir en Instagram
  • Seguir en LinkedIn

Sobre Ben Bradlee, la revista Veja y el periodismo de siempre

Carlos Jijón
Guayaquil, Ecuador

Creo que fue Diego Araujo quien una navidad me regaló, hace unos veinte años, “A good life”, el libro autobiográfico de Ben Bradlee.

Carlos Jijón
Guayaquil, Ecuador


Publicidad

Creo que fue Diego Araujo quien una navidad me regaló, hace unos veinte años, “A good life”, el libro autobiográfico de Ben Bradlee, el hombre que había sido el director de The Washington Post durante los gloriosos días de Watergate, y de cuya muerte me he enterado la semana pasada de la manera como nos enteramos ahora de la mayoría de la noticias de este mundo: a través del Twitter.

“A good life” fue para mi en esa época una especie de biblia del periodismo (la vida del  hombre que había publicado los Papeles del Pentágono y que había ordenado a una reportera del diario que dirigía a que devuelva el Premio Pulitzer porque había descubierto que no lo merecía). Recuerdo que estuve totalmente de acuerdo cuando leí en alguna reseña que la obra se había convertido en todo un libro de estilo, y no he podido dejar de pensar en ello, y de cuanto ha cambiado el mundo desde que Richard Nixon, el trigésimo séptimo Presidente de los Estados Unidos, tuvo que renunciar, abrumado por la vergüenza, porque dos reporteros de un periódico descubrieron la trama de una red de mentiras urdidas para ocultar que el presidente de la democracia más poderosa del mundo espiaba a sus opositores.

En Chekpoint Charlie, que muchos años del siglo XX fue el punto más álgido del Muro de Berlín, ahora unos actores vestidos con uniformes militares estadounidenses posan con los turistas, junto a una falsa caseta de migración, en el mismo lugar en que durante casi tres décadas dos visiones del mundo se enfrentaron, a ratos con tanques frente a frente. La Unión Soviética ya ni siquiera existe, y su lugar ha sido ocupado por un gobierno autoritario dominado por una élite corrupta que se reelige en las urnas a la usanza de otras democracias latinoamericanas.

Rusia no es ya el principal contradictor ideológico de Occidente, que como lo predijo Francis Fukuyama, hace más de veinte años, ha identificado como principal amenaza al islamismo radical que en los últimos meses ha instalado un califato en los dominios del antiguo Sha de Irán y al que combate en una guerra de muchos frentes.

Los presidentes ya no renuncian porque la prensa haya descubierto que hubieran mentido. En Brasil, el fin de semana pasado, la revista Veja, que hace veinte años provocó la caída del presidente Fernando Collor de Melo con sus denuncias de corrupción, fue atacada por un centenar de partidarios de la presidenta Dilma Rousseff, después que revelara que tanto la mandataria que al día siguiente fue reelegida, como su mentor, el expresidente Lula da Silva, estaban al tanto del esquema de corrupción en Petrobras.

El martes, un dirigente del partido de Dilma y Lula, ha anunciado ya una ley de medios. Todavía no escucho a ningún líder democrático del continente condenar el ataque contra Veja, de la misma manera que nadie se toma la molestia de protestar por la prisión de Leopoldo López en una cárcel militar de Caracas.

Cuba parece un ejemplo de democracia hasta para el Presidente Juan Manuel Santos. El diario Hoy, en el que yo trabajaba cuando Diego Araujo me regaló la autobiografia de Ben Bradlee, ya no existe. Y ese periodismo que lideró The Washington Post ante Richard Nixon, el de Veja frente a Collor de Melo, el del diario HOY en tiempos de Febres Cordero y Abdalá Bucaram, va evolucionando ante la nueva ideología dominante en Occidente, donde la democracia no parece ser ya un valor esencial, y transformándose ante la aparición de nuevas plataformas y tecnologías que permiten que probablemente hoy usted me esté leyendo en su teléfono móvil.

¿Cómo hubiera sido el periodismo de Ben Bradlee en los tiempos del portal web? ¿Cómo se ejerce el periodismo cuando no se vive en una democracia, o cuando esta es solo una forma? Quizás de la misma manera de siempre. Porque en el fondo, esa búsqueda infatigable de la verdad, esa experiencia vital de querer viajar a un lugar del que la mayoría está huyendo, solo para contar a los demás lo que está pasando, ese periodismo universal, a va ser siempre el mismo.