Ecuador. sábado 16 de diciembre de 2017
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Los intereses creados

Miguel Ángel Cabodevilla
Pamplona, España

Leo la noticia de EL TELÉGRAFO y de inmediato pienso en la obra de Jacinto Benavente, “Los intereses creados”, que se abre con aquella conocida frase: “He aquí el tinglado de la antigua farsa…”

Miguel Ángel Cabodevilla
Pamplona, España


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Leo la noticia de EL TELÉGRAFO – 20/12/2014 (El juez Segundo de Garantías Penales decidió el sobreseimiento provisional de 17 huaoranis procesados por el ataque a familias taromenane en aislamiento voluntario del Parque Nacional Yasuní) y de inmediato pienso en la obra de Jacinto Benavente, Los intereses creados, que se abre con aquella conocida frase: He aquí el tinglado de la antigua farsa…

Ni siquiera merece la pena argumentar el insólito sobreseimiento, por razón, dice, de que no hay materialidad de la infracción. Por tanto no hay justificación del homicidio. Para nuestro libro UNA TRAGEDIA OCULTADA recogimos relatos de los protagonistas, como cualquier otro pudo hacerlo, antes de que interviniera la llamada Justicia. Todos contaban, con absoluta espontaneidad (y también alguna exageración como es habitual en gente tan asilvestrada), cómo habían matado en venganza por la muerte de Ompure y Buganey. Luego lo han dicho ante cámaras de televisión varias veces; trajeron inocentemente sus fotos/souvenir con cuerpos tiroteados; también a dos niñas secuestradas (la mayorcita de las cuales cuenta a quien quiera oírle cómo fue la matanza); etc., etc. Es cierto que las autoridades del caso tardaron, por alguna estrategia súpersecreta, ocho meses en entrar al lugar de los hechos. Sin embargo, a pesar de la limpieza que allí ejecutó el tiempo (y otras probables), aún encontraron cartuchos disparados, ollas con balazos y otros signos que reconfirmaban todo lo anterior. Da igual. Seguramente el señor juez sabe hace rato lo que tiene que hacer. A este señor le encargan investigar el atentado a las Torres Gemelas y confirma que no existe la prueba material del delito, es decir, no hay los cuerpos de las víctimas del ataque. Muy bien escogido el juez.

La Academia de la Lengua propone para farsa un significado que puede caerle muy bien a lo que estamos viendo: obra dramática desarreglada, chabacana y grotesca.

¿No les parece que se ajusta bastante bien a este simulacro de justicia que hemos soportado durante más de un año? Porque no es solo el señor juez quien está en el escenario. Me gustaría saber cuánto ha costado al Estado esta instrucción. Viajes nacionales o al extranjero, y viáticos correspondientes; helicópteros e infinitos informes bien pagados. Reuniones de la Corte Constitucional para encontrar ese fantasma delicadísimo de la interculturalidad; una Comisión Presidencial, que iba a ser urgente de la cual aún no sabemos nada de su Informe. Cruel cárcel, durante meses, a unas gentes sin entendimiento ninguno del asunto. Todo para semejante conclusión.

Recuerdo cuando llegué a Ecuador, allá por el año 1984. Alejandro Labaka me enseñó a respetar y defender a ese pueblo wao. Y tratar de entender sus conflictos internos, tan crueles y, a veces, tan promovidos desde fuera. A algunos líderes indígenas de entonces les molestaba mucho que se presentara mi obispo como “la voz de los sin voz”. Eso era cosa de ellos. Aquella voz desapareció. ¿Y dónde están ahora, para mejorarla, las voces de los líderes indígenas, de los “hermanos” waorani que callan y miran a otro lado, de los ecologistas y yasunidos, tan preocupados por una tierra de la que borran a sus dueños sin que nadie diga nada?

La conclusión de esta tragedia ha sido la misma que fue en el 2009, o el 2003, o… todas las anteriores. El Gobierno no hizo nada mal. Los grupos ocultos desaparecen, tanto y tan bien que no dejan siquiera señales que puedan ser apreciadas por la Justicia.