Ecuador. lunes 18 de diciembre de 2017
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La ignorancia como guía ante lo desconocido

Alvaro Alemán
Quito, Ecuador

Recientes revelaciones sobre el programa de tortura de la CIA señalan que el mismo fue creado, supervisado e implementado por dos psicólogos clínicos certificados—James Mitchell y Bruce Jessen—y que recibieron millones de dólares por su participación.

Álvaro Alemán

Alvaro Alemán
Quito, Ecuador


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Recientes revelaciones sobre el programa de tortura de la CIA señalan que el mismo fue creado, supervisado e implementado por dos psicólogos clínicos certificados—James Mitchell y Bruce Jessen—y que recibieron millones de dólares por su participación. Estos profesionales utilizaron su conocimiento del funcionamiento de la mente para inducir “indefensión aprendida”, “debilidad, dependencia y terror”, con el objetivo de destruir las defensas mentales de los detenidos para así lograr “inteligencia factible” e “información de amenazas críticas”. Los psicólogos demostraron ser de vital importancia al programa de tortura por una razón adicional: la oficina legal del departamento de justicia determinó que la presencia de psicólogos que monitorearan el estado y la condición de los prisioneros torturados protegía a los mandos mayores de la CIA y de la administración de responsabilidad y posible enjuiciamiento a futuro.

El escándalo sigue generando información, entre ella, observamos que los profesionales participantes no solo pidieron y recibieron compensación por ser sujetos de responsabilidad legal sino que también pidieron indemnización por violaciones al código de ética de su propio gremio (que podía retirar sus licencias). Las principales organizaciones de médicos, psiquiatras y enfermeras de los EEUU determinaron que sus obligaciones éticas impedían que sus miembros participen en interrogaciones de esta naturaleza; no así la APA o asociación americana de psicología. En el reciente libro de James Risen se señala que directivos de APA, la asociación de psicólogos más numerosa del mundo, conspiró con psicólogos de seguridad nacional de la CIA, el Pentágono y la Casa Blanca para adaptar el código ético de APA para cumplir con los requerimientos de los interrogadores-psicólogos.

Ante la enorme presión de las revelaciones de Risen, APA ha accedido a una investigación independiente que, en los siguientes meses ofrecerá algo de luz sobre la extraordinaria colusión entre el gremio y los organismos oficiales de contra insurgencia de los EEUU.

La alianza entre una disciplina académica y la dominación no es por otro lado extravagante. La filosofía nace de la preocupación sobre el potencial armamentista de la retórica, su capacidad destructiva, en los diálogos de Platón. El nacimiento histórico de la antropología la sitúa firmemente de la mano de la expansión colonial británica, la física y la química engendran su propia responsabilidad culposa ante el desarrollo de armas de destrucción masiva. No existe una disciplina o área del conocimiento exenta de transgresiones y/o conflictos de interés; el componente aplicado de las ciencias (duras y suaves por igual) observa un frágil equilibrio entre un despliegue constructivo y otro lesivo a la condición humana.

Y todo esto se suele archivar durante la celebración entusiasta de la llamada “sociedad o economía del conocimiento”, durante la evocación exultante de la tecnología como garante del saber. Una de las consecuencias de plegar a una vocación académica consiste en la aceptación apresurada de sus protocolos. Uno de ellos, impulsado en el Ecuador por los organismos estatales de regulación de la educación superior, es la aceptación y difusión del manual de estilo de la propia APA. Se trata de una metodología para codificar las prácticas de escritura de una comunidad discursiva amplia. El manual, influenciado por el raciocinio industrial de la cultura fordista y taylorista de los años 20 en los EEUU, produjo un cúmulo de criterios rígidos similares a los de una línea de producción fabril. En 1904, sin embargo, una disputa ya hervía entre Edward Tichener, decano del laboratorio de psicología de la universidad de Cornell y el editor de una revista mensual de ciencia y psicología, James McKeen Cattel. Tichener escribe una carta a Cattel, quejándose de la condición mecánica de la escritura académica: “Este constante acoso sobre la estructura y la puntuación elimina todo el goce de la escritura como arte. ¿Cómo se espera que las personas escriban adecuadamente cuando pasan sus tesoros por un escurridor y este los convierte en productos maquinados?”

Hay una importante, y antigua discusión al respecto, que señala que la sujeción a APA (u a otros manuales similares) produce una pedagogía obsesionada por la citación y una escritura desencontrada con la expresión personal y la capacidad de dialogar con la información presentada. Hay quienes sostienen que la adopción acrítica de los criterios del manual convierte a las escritoras en autómatas, personas que simplemente registran requisitos en lugar de otorgarles una reflexión sostenida. A la vez, se da poca importancia a citas directas, se evitan las metáforas o analogías distintivas, la selección idiosincrática de palabras y se omiten los pronombres personales.

El resultado es una “retórica de la objetividad” que se asegura de que la ilusión de neutralidad e impersonalidad sea visible y evidente en la escritura. La realidad, sin embargo, en las disciplinas empíricas, es otra. Hay un contraste entre la representación racional e impersonal de un estudio impreso y formateado y la historia humana más compleja que tuvo lugar previa su elaboración. Lo que aparece impreso es entonces un recuento racionalizado y aséptico de una investigación que se somete al esquema de una historia lineal y estandarizada. ¿No es posible pensar que hay un vínculo entre la metodología de APA y la fea instrumentalización de su propia disciplina? ¿Entre la racionalización de la tortura y la asepsia de la escritura académica? Ante la desbocada búsqueda de lo nuevo y más actual, el conocimiento contemporáneo olvida lo ya conocido, o lo desatiende. He ahí una razón adicional para no desentenderse de las humanidades en esta época de cambio de paradigma que se nos anuncia.

En el siglo XIX, el hombre de ciencia británico Michael Faraday escribía: “¿Debemos instruirnos sobre lo ya conocido y después, desechando lo que hemos adquirido, buscar ayuda en la ignorancia para que nos ayude en nuestro viaje a lo desconocido?”