Ecuador. miércoles 13 de diciembre de 2017
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1 de enero de 1959

Juan Carlos Díaz-Granados Martínez
Guayaquil, Ecuador

El que Cuba y Estados Unidos hayan acordado un proceso de regularización de las relaciones diplomáticas obliga a reflexionar sobre el sistema socialista.

Juan Carlos Díaz-Granados Martínez
Guayaquil, Ecuador


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El que Cuba y Estados Unidos hayan acordado un proceso de regularización de las relaciones diplomáticas obliga a reflexionar sobre el sistema socialista. Tal vez la principal diferencia entre el socialismo y el capitalismo es que cuando un empresario se equivoca, sigue gozando de los bienes remanentes; pero cuando un dirigente comunista cae en desgracia, es despojado de las cosas que el Estado le permitió usar y que en el caso cubano, son aquellas que la familia Castro usurpó de sus verdaderos propietarios. El dinero representa libertad. Todos lo anhelan. Por eso, los dirigentes cubanos son partidarios del sistema por su interés económico personal.

De esa forma pueden participar de las grandes fiestas, congresos internacionales, viajes al exterior y de las mejores casas de los enemigos del pasado. Mientras tanto, millones de proletarios socialistas viven sumidos en una pobreza miserable, de la cual tienen prohibido hablar. En Cuba no existen sindicatos, protección al trabajador, ni libertad de expresión, porque podrían declarar que se mueren de hambre en la escasez cotidiana. Solamente hay reglamentación extrema en todos los órdenes de la vida y mensaje mesiánico de una dictadura sin oposición. El poder político decreta los recuerdos de los individuos sobre su propia existencia. Gabriel García Márquez decía que la vida de uno es lo que uno recuerda de ella. No lo que el gobierno dictamina.

La historia socialista ha borrado a ese Fidel que entró a La Habana con crucifijos colgando del cuello, proclamando el triunfo de la libertad y la democracia. Los mismos conceptos que evocaron ciertos líderes latinoamericanos que han traicionado a su país para mantenerse indefinidamente en el poder.

Fidel Castro jamás sufrió rasguño alguno en combate y en el único momento en se vio acorralado, durante el asalto al Cuartel Moncada, se entregó. Siempre envió a otros a morir por él, bajo el grito de ¡Comandante en jefe, ordene, para lo que sea, donde sea y cuando sea! Por la causa socialista. Su causa. La que le permitido perpetuarse en el poder durante cincuenta y seis años.

Los Castro han demostrado su habilidad para destruir a todos y a todo lo que se interpusiera en su paso. Antes de la revolución, los norteamericanos no iban solamente a gozar del sol, el ron y las mujeres de la Cuba, sino también a experimentar los adelantos tecnológicos que después pondrían en práctica en Estados Unidos. La isla fue el primer país latinoamericano que tuvo teléfono, radio, televisión, autopistas, tranvías y buses. Antes de Fidel, La Habana no era un lupanar ni Cuba un país misérrimo, como la revolución quiere convencernos; no, la isla exhibía entonces, los mejores índices socioculturales y alimentarios de la región.

El fracaso del sistema obligó a los Castro a contactar a Estados Unidos, traicionando a sus “hermanos” latinoamericanos, que tanto los han idolatrado. Les tocó el turno de ser engañados. Después de todo, el petróleo está a la baja y es mejor tener un socio comercial solvente, como los Estados Unidos de América.